BLOGELEUSIS: FILOSOFÍA, y más allá...


Según Walter Burkert, los antiguos misterios "eran rituales de iniciación de carácter voluntario, personal y secreto que aspiraban a un cambio de mentalidad mediante la experiencia de lo sagrado." (Cultos mistéricos antiguos)

Con los decretos imperiales de 391/392, que prohibieron todos los cultos paganos, y con la destrucción de los santuarios por los godos al mando de Alarico en 394, los misterios súbitamente desaparecieron...

¿Desaparecieron? ¿O dejaron de ser algo meramente exterior, para madurar y convertirse en lo que siempre pretendieron ser: una experiencia interior, dirigida a enriquecer al sujeto, y al margen de cualquier formalismo abstracto, vacío?

Este blog -creado precisamente en Madrid, la ciudad situada en el centro, y presidida por la estatua de Cibeles, la Gran Madre- pretende recoger el espíritu de esos misterios, sean los de Eleusis, Dionisos, Méter, Isis o Mitra, y combinarlos con el saber filosófico, para estimular el avance espiritual de aquellos que quieran participar en su creación.

Igual que en las iniciaciones del pasado, habrá en él dos niveles: el preparatorio, en el que se incluirán materiales destinados a los estudiantes de Secundaria y Bachillerato, que acaban de iniciarse en el camino del conocimiento; y el especializado, en el que el autor incluirá temas filosóficos de nivel superior, o situados en los márgenes del pensamiento filosófico "oficial". También se incluirán referencias a sus publicaciones, a fin de que puedan ser localizadas, comentadas, y desde luego criticadas, por aquellos que se encuentren interesados por los problemas a los que dichas publicaciones se refieren.


En estos tiempos que corren, oscilantes entre el dogmatismo fanático de las religiones oficiales y el más burdo de los materialismos, los defensores del auténtico progreso espiritual no pueden desesperar, ni ceder un ápice de terreno. Hoy, como siempre, este ha de ser nuestro lema:

"Fortes viri adversa fortuna probabuntur"

domingo, 24 de noviembre de 2013

1º de Bachillerato: Napoleón y Hegel

     En la tarde del 13 de octubre de 1806, el ejército francés llegó a Jena, comandado por el Mariscal Lannes. Allí se le unieron, posteriormente, las fuerzas del Emperador, formando así un ejército de más de 100.000 hombres. Frente a ellos, los prusianos consiguieron reunir unos 70.000 hombres, al mando del Príncipe Friedrich Hohenloe.
   Al día siguiente, tenía lugar la batalla de Jena, en la que los prusianos sufrieron una desastrosa derrota, que significó su salida de las Guerras Napoleónicas hasta 1813.
   El inicio de la batalla lo desencadenó una carga incontrolada del Mariscal Ney, quien se lanzó contra los prusianos, habiendo de ser rescatado por la caballería francesa, que evitó su completa aniquilación. El posterior avance del grueso del ejército francés, con la caballería al mando de Murat, puso en retirada al ejército prusiano, que al mismo tiempo estaba siendo fuertemente acosado por el Mariscal Davout en Auesstädt. Tras el combate principal, en el que perecieron aproximadamente 50.000 hombres, el ejército francés avanzó, ya prácticamente sin resistencia, tomando primero Erfurt, y luego Berlín, forzando el exilio de la familia real prusiana.

Charles Meynier, Napoleón entrando en Berlín, 27 de octubre de 1806











   El mismo día 13, Georg W. F. Hegel, entonces profesor de Filosofía en la Universidad de Jena, escribía una carta a su amigo Friedrich Niethammer, en la que le decía:
   "Usted mismo puede hacerse una idea de la urgencia con la que le envié el manuscrito el miércoles y el viernes pasados. Ayer, con la puesta del sol, veía el fuego de los disparos de las tropas francesas desde Gempenbachtal y Winzerla.(...). Hoy, entre las ocho y las nueve de la tarde, las primeras unidades francesas se han abierto paso en la ciudad, seguidos por las tropas regulares una hora después".
   El manuscrito al que Hegel se refiere era el texto de la famosa Fenomenología del Espíritu, su obra más importante y difícil, que vería la luz en 1807, y en la que Hegel reconstruía la "odisea del espíritu", desde la simple experiencia sensible, hasta llegar a la plena conciencia de sí mismo, en el "Saber Absoluto", la Filosofía. Por esas mismas fechas, entre 1805 y 1808, Beethoven, el "Hegel de la música", componía sus Sinfonías números 3, 4 y 5.

   Lo cierto es que Hegel, en vez de sentir la derrota de su país, vio en ella, y en Napoleón, un signo de los nuevos tiempos, caracterizados por la victoria del Espíritu Universal infinito, encarnado en los ideales de libertad de la Revolución Francesa (la "Aurora de la razón sobre la tierra", celebrada en su juventud, junto a sus amigos Hölderlin y Schelling).
  Refiriéndose a Napoleón, decía Hegel: "He visto al emperador -esta alma del mundo- saliendo de la ciudad en tareas de reconocimiento. Qué maravillosa sensación ver a este hombre, que, concentrado en este punto concreto y a caballo, se extiende por el mundo y lo domina. En cuanto a la suerte de los prusianos, no podría haber pronóstico mejor".
El supuesto encuentro entre Hegel y Napoleón, en las calles de Jena
    El Emperador, un hombre hecho a sí mismo, y que parecía capaz de liberar Europa entera del despotismo aristocrático, representaba, a ojos del filósofo, el nuevo mundo, idealista y racional, que estaba naciendo sobre las ruinas del Ancien Régime.  "Hegel pensaba en Napoleón como el "conquistador" que, por la fuerza-y contra sus propias intenciones particulares- iba a convertir a Alemania en un Estado moderno", resume Félix Duque en su Historia de la Filosofía Moderna.
   La amarga realidad fue que las tropas napoleónicas acabaron saqueando su casa, y él tuvo que escapar, sorteando este capricho de la "astucia de la razón". Año y medio después, y gracias también a su amigo Niethammer -flamante ministro de Educación y Cultura del nuevo Estado de Baviera, creado por Napoleón-, Hegel consiguió un trabajo como periodista en el Bamberger Zeitung, diario en el colaboró unos pocos meses, lo justo para informar el inicio de la campaña napoleónica en España. Goya, el tercer genio de este triunvirato, (si exceptuamos, claro está Goethe), retrataría con toda su crudeza en Los desastres de la guerra (1808-1814) la "desgraciada guerra" de la Independencia, que, como el mismo Napoleón confesaba, "le perdió", limitando el vuelo altivo del "alma del mundo", haciéndole terminar sus días en el islote de Santa Elena. Un destino tan duro como el que experimentaría años más tarde la propia filosofía idealista del filósofo teutón, después del fallecimiento, víctima del cólera, en 1831. Sic transit gloria mundi.

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