BLOGELEUSIS: FILOSOFÍA, y más allá...


Según Walter Burkert, los antiguos misterios "eran rituales de iniciación de carácter voluntario, personal y secreto que aspiraban a un cambio de mentalidad mediante la experiencia de lo sagrado." (Cultos mistéricos antiguos)

Con los decretos imperiales de 391/392, que prohibieron todos los cultos paganos, y con la destrucción de los santuarios por los godos al mando de Alarico en 394, los misterios súbitamente desaparecieron...

¿Desaparecieron? ¿O dejaron de ser algo meramente exterior, para madurar y convertirse en lo que siempre pretendieron ser: una experiencia interior, dirigida a enriquecer al sujeto, y al margen de cualquier formalismo abstracto, vacío?

Este blog -creado precisamente en Madrid, la ciudad situada en el centro, y presidida por la estatua de Cibeles, la Gran Madre- pretende recoger el espíritu de esos misterios, sean los de Eleusis, Dionisos, Méter, Isis o Mitra, y combinarlos con el saber filosófico, para estimular el avance espiritual de aquellos que quieran participar en su creación.

Igual que en las iniciaciones del pasado, habrá en él dos niveles: el preparatorio, en el que se incluirán materiales destinados a los estudiantes de Secundaria y Bachillerato, que acaban de iniciarse en el camino del conocimiento; y el especializado, en el que el autor incluirá temas filosóficos de nivel superior, o situados en los márgenes del pensamiento filosófico "oficial". También se incluirán referencias a sus publicaciones, a fin de que puedan ser localizadas, comentadas, y desde luego criticadas, por aquellos que se encuentren interesados por los problemas a los que dichas publicaciones se refieren.


En estos tiempos que corren, oscilantes entre el dogmatismo fanático de las religiones oficiales y el más burdo de los materialismos, los defensores del auténtico progreso espiritual no pueden desesperar, ni ceder un ápice de terreno. Hoy, como siempre, este ha de ser nuestro lema:

"Fortes viri adversa fortuna probabuntur"

martes, 4 de julio de 2017

"Rupertine del Fino": la novela filosófica de Mainländer, que anticipó la "Muerte en Venecia" de Thomas Mann


      En 1875, poco antes de suicidarse, el filósofo y poeta Philipp Mainländer había culminado la redacción del primer volumen de su obra más importante: La Filosofía de la redención (Xorki, 2014), en la que exponía los principios fundamentales de su pensamiento: la muerte de Dios, la pugna entre voluntad de vivir y voluntad de morir, como motor del devenir, y la liberación del sufrimiento vital a través de la virginidad y, en su caso, el suicidio. 
       Sin embargo, a finales de ese mismo año, Mainländer redactó, en tan solo diez dias, su primera y única novela filosófica: Rupertine del Fino, con un doble propósito: demostrarle a su hermana que era capaz de escribir una novela, y, por otro lado, transmitir de forma más accesible para el gran público sus ideas filosóficas, sobre todo, su pensamiento nihilista de que todos los caminos que recorre el hombre desembocan en "la pura nada absoluta, el nihil negativum" (PE, I, 342) Al hacerlo así, Mainländer era fiel a su tesis de que la literatura y la poesía no eran, para él, sino otra manera de exponer su filosofía.
     La novela no fue publicada hasta 1899, y además no en su versión original, sino en la trascripción que hizo de ella el Dr. F. Sommerlad, que vio la luz en el Allgemeine Zeitung (números 101-122), a lo largo de varias entregas, durante los meses de abril y mayo de 1899. (en el enlace: https://www.mainlanderespana.com/textos-de-mainlaender puede encontrarse también mi traducción de las dos versiones de la novela: la original de Mainländer, que aquí transcribo, y la versión revisada por Sommerlad).
     En la trama del relato aparecen tres personajes: Wolfgang Karenner, un "filósofo práctico y ecléctico", que sigue los dictados de la corriente pesimista, y que constituye un trasunto del propio Mainländer; su amigo, Otto von Dühsfeld, prototipo del artista romántico, y Rupertine, joven inteligente, pero muy impulsiva y apasionada, que se debate entre ambos amigos, símbolos, por así decirlo, del "amor sagrado" y del "amor profano" (siempre que despojemos al primero de cualquier connotación religiosa y lo identifiquemos con el "amor al conocimiento"). 
      La fría "voluntad de verdad" que rige las acciones de Karenner contrasta con la alocada y pujante "voluntad de vivir" de Rupertine y la "voluntad de poder", creadora, que representa Otto. Mainländer utiliza las relaciones entre los tres personajes para demostrar su tesis de que, detrás de la vida y del amor, existe una "voluntad de morir", que puede manifestarse de dos maneras: una reflexiva, que lleva a renunciar a la vida (Karenner), y otra instintiva, que se manifiesta como vitalidad desenfrenada y exuberante alegría de vivir (Otto y Rupertine), y que conduce a desgastar más rápidamente las fuerzas vitales. El final de todos esos caminos es, en cualquier caso e invariablemente, la muerte; y no podía ser de otra manera, porque ése fue, precisamente, el objetivo que se propuso Dios cuando decidió "suicidarse" y caer en el devenir, es decir, ingresar en el no-ser, para dejar de sufrir.
       El dualismo vida-muerte/voluntad de vivir-voluntad de morir que hemos expuesto, se expresa en la novela a través de la contraposición entre el mundo filosófico de Wolfgang (Alemania, Grecia, Egipto) y el mundo artístico de Otto (Italia, Naṕoles y, muy especialmente, Venecia, donde el joven artista celebrará, junto con Rupertine, la fiesta de la vida y experimentará la embriaguez creadora, que precipitarán su muerte). El propósito de Mainländer es convencernos de que la redención se alcanza tanto por la negación como por la afirmación de la voluntad de vivir.
      En este sentido, Joachim Hoell ha señalado que, en esta novela "los dos personajes masculinos representan las dos posiciones fundamentales, que conducen inevitablemente a la Nada, a la redención: Wolfgang es la negación; Otto, la afirmación de la voluntad de vivir. (...) El relato, que Mainländer escribe entre la conclusión del primer tomo y el comienzo del segundo tomo de la Filosofía de la redención, cambia de registro, en relación con la pregunta de cómo ha de concluirse la vida de la forma más rápida. Si en el primer tomo, Mainländer aún veía en la negación de la voluntad de vivir "un movimiento más rápido" (I, 347) que el "largo camino" de la afirmación, "cuyo fin no puede verse" (I, 346), en el segundo tomo plantea la tesis de que lo que importa es "que se reconozca la carencia de valor de la vida, y esto sólo es posible si se han degustado todos los placeres" (II, 504)", por lo que quemarse rápidamente puede ser un camino tan practicable hacia la nada, y quizás mas rápido, que el ascetismo filosófico (Joachim Hoell, "El deseo de la nada. La nouvelle Rupertine del Fino" de Philipp Mainländer, en: Was Philipp Mainländer ausmacht. Offenbacher Mainländer-Symposium 2001. Hrsg. von W. H. Müller-Seyfahrt, Königsmann & Neumann, Würzburg, 2002, pp. 73-78). 
       Para Mainländer, pues, "la negación de la voluntad de vivir no está en contradicción con su afirmación" (I, 346), en lo que se refiere a la redención final que aguarda a todos los seres en el seno de la muerte. Por eso describe con gran simpatía el arrebato vitalista que acomete a los dos amantes, Otto y Rupertine en Venecia, que les lleva a hundirse; pues "cuanto más vehementemente se quiere la vida, tanto más pronto se desgasta la fuerza y se alcanza la nada" (II, 212). Eros y Arte se convierten en los instrumentos que utiliza Thanatos para acabar más rápidamente con aquellos que dicen sí a la vida, con todas sus fuerzas. De hecho, Otto y Rupertine alcanzan la redención antes que el sesudo Wolfgang; en este sentido, Hoell los describe como verdaderos "héroes dionisíacos del hundimiento".
       Es curioso cómo Mainländer parece anticiparse críticamente, con estos planteamientos, a muchas de las reflexiones de Nietzsche, en torno a la voluntad de vivir y la voluntad de poder; mas, aunque Nietzsche leyó la Filosofía de la redención (obra que saqueó, literalmente,  en muchos puntos, a pesar de sus sarcásticas diatribas contra Mainländer), no pudo, en cambio, tener acceso a esta novelita, pues en 1899, cuando apareció la versión de Sommerlad, Nietzsche había perdido por completo sus facultades mentales desde hacía una década.
      Sin embargo, Thomas Mann tenía ya 24 años cuando apareció Rupertine en el Allgemeine Zeitung de Múnich y era redactor de la revista literaria Simplicissimus, además de un lector asiduo del Allgemeine Zeitung. No tenemos constancia de que leyese Rupertine, pero, como señala J. Hoell, "los paralelismos entre la novela de Mainländer y la obra temprana de Mann resultan asombrosos", por lo que no cabe excluir la influencia de la misma sobre Muerte en Venecia, publicada en 1912: En ambas obras encontramos la misma "polaridad de espíritu y vida, artista y burgués, norte y sur, variaciones de la distinción, acuñada por NIetzsche, entre "apolíneo" y "dionisíaco". Este motivo fundamental de Mann ya se encuentra claramente en la Rupertine de Mainländer, con la contraposición entre el artista y vividor Otto y el filósofo burgués Wolfgang. Y Mann elige como lugar donde se produce la decadencia del músico Gustav von Aschenbach precisamente Venecia, donde Mainländer hace gozar, treinta y siete años antes, a Otto von Dühsfeld de todos los placeres, para dejarlo morir allí. Rupertine -concluye Hoell- contiene ya todos los ingredientes de la narración más famosa de Mann, modelo para la literatura decadentista del cambio de siglo"; por eso, no resulta imposible que el futuro Premio Nobel se inspirase en algunos aspectos de la trama, que combinó con lo que en ese momento eran sus tres "faros" intelectuales: Schopenhauer, Nietzsche y Wagner.
     Consciente, pues, del interés que puede revestir este relato corto de Mainländer, me he decidido a traducirlo por primera vez al castellano, y publicarlo por partida doble: en la Página Web de la Sección Española de la Sociedad Internacional Philipp Mainländer, y en este blog. Espero que contribuya a aumentar el interés creciente que la obra de Mainländer está encontrando en nuestro país. He añadido al texto un par de vídeos, con interpretaciones de las composiciones musicales que cita Mainländer a lo largo de la trama. Espero que disfrutéis leyéndola tanto como he disfrutado yo al traducirla.


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Hans Makart, Caroline Gomperz, 1870

Philipp Mainländer


RUPERTINE DEL FINO


Novela filosófica




"Era impetuosa en el dolor, y no estaba acostumbrada a sufrir."
(Violenta luctu et mescia tolerandi)
Tácito, Anales, III, 1.




1.


            A la salida de una pequeña localidad, situada en la Bergstraβe –denominación que reciben las estribaciones occidentales de Odenwald-, se encuentra una casita rural de un solo piso, oculta casi por completo entre una espesa vegetación. Sobre el tupido jardín delantero, separado por una verja de hierro de la carretera nacional, se eleva en la época veraniega una sombría bóveda arbolada, que recuerda al interior de una catedral gótica, y que garantiza, igual que esta, una temperatura muy agradable. En ella se entremezclan, con agraciada variedad, las ramas de castaños centenarios, con las de plátanos de sombra, acacias y tilos, que, al entrelazarse, garantizan la más deliciosa frescura, cuando el calor estival golpea la soleada calle de afuera, blanquecina y polvorienta. Tan solo en algunos trechos cae un rutilante y danzarín rayo de luz, a través del ramaje sobre el fresco tapiz de verde césped, que se extiende, resplandeciente, ante la casa. Cargada de misterio, asoma entre la verdura la blanca y sencilla casita, profundamente tranquila y aislada del mundo, como un enigma para cualquier espíritu que quisiese dar rienda suelta a su imaginación. De hecho, solo deja indiferente a quien pasa ante ella en invierno, pues en la época más bella del año, cuando la naturaleza despierta, hasta los días en que el viento arranca las hojas moribundas, tachonadas de los colores del otoño, su vista atrapa a todo aquel que la ve, y tanto el turista como el campesino la contemplan con agrado, pensando que debe ser el hogar de alguien feliz. Sí, de alguien feliz: esta es la palabra que se les escapa a todos. Quien vive aquí, aquel que puede llamar suya a esta casita, situada en un enclave tan cómodo y cogedor, no puede menos que ser dichoso. Y muchos siguen su camino, con su lógica eudemonista, diciendo:“Su dueño debe ser alguien feliz” — ¡Pobre corazón humano! ¿De verdad crees que, si se cumpliesen tus anhelos y poseyeras esa casa, estarías satisfecho?
No se había alzado aún el cálido sol de junio sobre las alturas ornadas de bosques, a cuyos pies se alza la casita, cuando apareció un hombre de aproximadamente treinta años, vestido de negro, que atravesó el jardín, a lomos de una joven y vivaz yegua baya. Al llegar al camino, se alzó sobre la silla de montar, tranquilizó al impaciente corcel, con una dulce y prolongada caricia sobre su soberbia crin, y cabalgó luego al paso hacia la carretera local de Heidelberg.
Aquella mañana de verano se presentaba soberbia, despejada y cargada de rocío. El jinete lanzó una mirada reposada, contemplativa y llena de paz, sobre el entorno, que encerraba en sí todo aquello que puede trasladar a un ánimo reflexivo a ese estado de carencia de dolor que, según describe Epicuro, caracteriza a los dioses. Inmerso en su contemplación, no advirtió que le llamaban. Sólo cuando una mano hábil hizo detenerse al caballo, salió de su ensoñación y vio ante él, con alegre sorpresa, a un bello joven, que, riendo, le estrechó alegremente la mano.
—Buenos días, Wolfgang. ¡Otra vez sumergido en tus felices ensoñaciones! ¡Si no supiera que lo que inflama tu corazón es el amor a la Humanidad, hubiera pensado que estás enamorado! Te he llamado con gritos tan estridentes como las que lanzaría un prisionero de guerra bajo el ardiente tormento del sangriento rey de Dahomey, y gesticulando como esos telegrafistas napolitanos que anuncia buenas noticias; pero tú no ves ni oyes nada.
—Discúlpame, Otto —respondió el jinete, al tiempo que estrechaba cordialmente la mano de su amigo; y riendo añadió—:Pero, ¿soñar con los ojos abiertos, es señal segura de que uno está enamorado? ¡Tú lo estás, y ya andas bien despierto por la mañana temprano por los bosques y prados! ¿Eh, qué me respondes a esto?
       Otto se quitó el ligero sombrero de paja que llevaba, al tiempo que se alisaba, con su mano fina y cuidada, sus rubios cabellos. Una sombra cruzó sus grandes ojos azules, en los que se reflejó una profunda excitación interna.
—Querido amigo, este enigma se puede resolver sin dificultad. La flor de mayo del primer amor ha desaparecido, y el segundo acto de la tragedia, ¡mas qué digo! —se corrigió rápidamente— del drama, acaba de empezar…No sabes lo caprichosa que es Rupertine.
—¿Rupertine? -dijo Wolfgang, asombrado.
—Quizás -respondió rápidamente el joven—“caprichosa” no es la expresión correcta. Sería mejor calificar así nuestra mutua relación, más que sólo su comportamiento. Ella quiere poseerme absolutamente y por entero, y su deseo es atarme por completo: lo único que puede ser libre es el amor hacia ella. Su pasión es ardiente, dominante, demoníaca, salvaje. Y el hombre que hay en mí se rebela contra esto, con todas sus fuerzas... Yo no me dejo someter por nada. Tengo una idea muy clara de lo que es la libertad, y no puedo perder ese placer de vivir [Lust am Leben], al que tienden mis labios sedientos. Y, sin embargo —prosiguió, tras breve pausa, al ver que Wolfgang le miraba, preocupado—, todo esto suena demasiado serio. Ven, desmonta, y caminemos juntos un rato... ¡Ah, Rupertine es la criatura más hermosa de esta tierra! Como suele decirse:"¡Dios la crió y rompió el molde!" ¡Y ella es mía, sólo mía! Sólo es feliz el alma que ama –exclamó, con júbilo, al tiempo que agarraba el brazo de Wolf, y hacía oscilar alegremente su sombrero.
    Wolfgang le miró, risueño.
—Ya suponía —le dijo, afectuosamente— que no tenía que preocuparme por ti ni por mi prima. No hay fuerza interna ni externa que pueda separar a dos personas como vosotros, que estáis hechos uno para el otro. Todas esas aristas se irán puliendo, y entonces nada impedirá una feliz unión.
—Muy bien —opinó Otto, sonriente—. Vosotros, los filósofos sabéis cómo arreglarlo todo. Una simple contradicción se resuelve en una unidad superior; ésta, a su vez, junto con su contradicción, en otra más alta, y así proseguís, con gracia, in infinitum.1 ¡Ojalá pudiera arrastrar a un frío solterón como tú, aunque fuese una sola vez, a la escena, y colocarte en medio del ardor y del hielo que agita a los corazones humanos. ¡Cómo me frotaría las manos!
¿Quién sabe? —respondió Wolfgang, alegre—. Desde luego, una cosa es cierta: no es fácil hacerme abandonar mi cómodo butacón. Me encuentro extraordinariamente bien en él. Y te lo digo francamente: la carencia de envidia con la que veo tu relación hacia mi prima, es para mí una segura garantía de que siempre peregrinaré libre por la vida, hasta esa meta que nos es común a todos; pues estoy de acuerdo contigo en que “Dios la creo y rompió el molde”. No lo lamento, pero sí siento cierto dolor, cuando pienso en que debí negar a mi madre el cumplimiento de un ardiente deseo que ella tenía; pues habría muerto contenta, si hubiese sabido que Rupertine se uniría a mí. Pero yo he de ser completamente libre, si quiero alcanzar la meta que me he propuesto. Además, no quiero comprar la satisfacción de un deseo breve y pasajero, o mejor dicho, las alegrías y comodidades de la vida conyugal, pagando el precio de la angustia y los sufrimientos de un pobre ser que pueda traer yo a la existencia. En relación con este asunto, tengo un punto de vista muy preciso, fruto de la más firme convicción, erigida por la más reciente filosofía alemana, a partir de las ruinas de la religión2, y no dejaré que nada me desaloje de él.
          Mientras decía estas últimas palabras, su rostro—que no era bello, pero sí poseía rasgos nobles, y revelaba una elevada vida espiritual— había adquirido una expresión sería, casi solemne. Otto, que era mucho más movido, se sintió cohibido, y exclamó, sin poder contenerse:
—No eres más que un egoísta, un gran egoísta, y lo único que haces es disimular tu flaqueza con brillantes velos artificiales. ¡Qué pena que nuestra época haya tomado esta dirección! ¡Y qué pena que vosotros, todos los que estáis saturados de erudición [Überstudirten], dejéis escapar de las manos, a cambio de esa supuesta sabiduría, lo más bello de esta tierra: el bendito beso otorgado por los frescos labios de una muchacha!
         Y, tras decir esto, con voz fresca y alegre, entonó esta canción:
"En la nada he puesto mi negocio.
Juchhe!
Por eso en el mundo me va tan bien.
Juchhe!
Y el mundo entero me ha llegado a pertenecer.
                            Juchhe!"3
       Wolfgang miró con ternura casi paternal al cantante, aunque era sólo pocos años más joven que él. Apretó con espontáneo arrebato su brazo. y cuando Otto le miró con ojos interrogantes, le dijo:
—No me extraña que Rupertine quiera atrapar y asegurarse la posesión de una mariposa tan bella. Una posesión tan preciosa haría perder la cabeza incluso al entendimiento más frío. ¿Habéis fijado ya el día de vuestra boda?
—¡Ah, no; ni siquiera hemos anunciado nuestro compromiso! Pero todo llegará, incluso demasiado pronto. Rupertine tiembla al pensar en el día en que deberá dejar a su anciano y bondadoso padre en la más vacía soledad... Y yo, por mi parte ,no quisiera que llegase el día en que un párroco cerrase la cadena a mi alrededor... Mas es inevitable: ¡Soportaré mi destino con dignidad!—añadió, sonriéndole con socarronería a Wolf, al tiempo que sus labios se contraían dolorosamente.
Y dime, amigo mío —prosiguió—, ¿a que no adivinas por qué te he llamado?
Supongo que querías charlar conmigo.
Eso podría haberlo hecho con menos esfuerzo. No; lo que quería era despedirme de ti por unos días.
          - ¿Quieres dejarnos?
— Sí; pero sólo por tres días. He quedado con un amigo en Baden-Baden. Parto en una hora, y antes quería verte una vez más. Estaré en el Englischen Hof, por si tenéis que comunicarme algo urgente. Adieu, Wolf.
        Los amigos se abrazaron. Wolf montó y prosiguió su camino, mientras que Otto, silbando una cancioncilla, volvió al pueblo.
       Otto von Dühsfeld era el único vástago de una familia renana de rancia nobleza, pero pobre. Sus padres y sus dos hermanas habían muerto. Era un artista de renombre, y suscitaba admiración como pintor y escultor. La mayoría de sus obras eran admiradas por todos, aunque pocos las alababan incondicionalmente: La falta que se les achacaba era una apresurada búsqueda de efecto, y que su musa no era en absoluto casta. En cambio, sus cuadros de paisaje, que mostraban con maravillosa transparencia la naturaleza del sur, eran aplaudidos con unanimidad.
       Había conocido a Wolfgang Karenner en Berlín, donde éste había acabado sus estudios de ciencias naturales, y estaba cumpliendo su servicio militar como ulano. Otto, que era de baja estatura y constitución más débil, servía como dragón. La fuerte y alta figura del uno, y la cabeza, de rasgos clásicos, y los refinados movimientos del otro les llevó a ambos a complacerse mutuamente, hasta que llegó a establecerse entre ellos una íntima y firme amistad.
      Otto había conocido a Rupertine en el curso de una estancia veraniega en casa de su amigo. Rupertine vivía retirada desde hacía varios años en aquella pequeña ciudad con su padre, un filólogo competente, pero algo misántropo y extravagante. Había perdido pronto a su madre, pero, gracias a los cuidados ajenos, había llegado a convertirse en una joven que encantaba a todos aquellos que se aproximaban a ella. Su padre dependía de su única hija, la idolatraba y le concedía todo lo que ella deseaba. Tenía completa libertad para hacer lo que le antojase, y esta criatura dotada, bella, pero apasionada, asumió con semejante independencia, un desarrollo que permitió el pleno despliegue de todas sus disposiciones, tanto buenas como peligrosas.
      Hacía aproximadamente medio año que Otto había fijado su residencia en aquella pequeña ciudad, disponiendo en ella su atelier.
     En cuanto Rupertine y él intercambiaron la primera mirada, la suerte de ambos estuvo decidida. Desde el primer momento, y para siempre, supieron que se pertenecían el uno al otro. Sabían que habrían de vivir y morir, o arruinarse, juntos. Conmovidos en lo más íntimo de sus almas, entrelazaron sus manos, y uno arrastró al otro por ese camino desastroso, iluminado por el más día más diáfano, pero cuya noche es también la más oscura y falta de estrellas.


2.


       Pasaron varios días desde el encuentro entre ambos amigos que hemos descrito. Innumerables espíritus luminosos jugueteaban sobre los rayos del sol poniente sobre las hojas del viejo árbol situado a la entrada del jardín, tratando de penetrar en el sombrío patio, donde Wolfgang Karenner paseaba meditabundo, dando vueltas. De repente, se abrió la puerta, y una joven corrió apresuradamente hacia él, le echó los brazos al cuello. y le besó.
—Wolfgang —exclamó ella, en tono de reproche—, querido primo, ¿por qué ya no te vemos? Cuando Mahoma vio que la montaña no iba hacia él, fue él hacia la montaña. ¡Qué malo eres! ¡Ahora, por tu culpa, he tenido que acicalarme aún más! Pero, como castigo, me tienes que dar otro beso.
       Y le abrazó y le besó otra vez. Wolf, amable, la dejó hacer, e incluso soportó que le despeinara y le tirase de las orejas.
      La verdad es que poseía una apariencia agraciada. y de rara belleza. Una magnífica cabellera rubia dorada cubría su cráneo, redondo y extraordinariamente proporcionado. La frente era alta, y mostraba una expresión de significativa fuerza espiritual. Los grandes ojos negros —unos ojos que lanzaban "llamas"—ofrecían un extraño contraste con su alabastrina piel y el pelo rubio. La nariz era muy fina, y los labios, carnosos, parecían lanzarse anhelantes en pos de la vida y de la embriaguez del placer.
     Llevaba envuelta su delgada figura en un vestido blanco de batista, al que iba firmemente sujeta por detrás una amplia y larga echarpe de seda azul. Del cabello pendía una cinta del mismo material, prendida con un gran medallón de oro mate. Ningún anillo cubría sus pequeñas manos, propias de una niña.
—Estaba ocupado, Rupa —respondió Wolfgang, disculpándose—;pero tenía bien anotado en mi lista que tenía que visitaros.
—Y aquí estoy yo —dijo ella, con viveza—;pero sólo por unos instantes. He de hacerte una pregunta, que me tiene muy angustiada.
Wolfgang la miró, y se estremeció al observar la aflicción que reflejaba su rostro.
- ¿Dónde está Otto?
Partió de viaje, y debe regresar hoy o mañana, como muy tarde. Iba a visitar a un amigo suyo, que vive en Baden-Baden. Pero ya debes saber todo lo que te estoy diciendo...
— Yo no sé nada, Wolf—dijo ella, con voz que sonaba rabiosa y a la vez angustiada, mientras se sentaba—. ¡Se ha ido sin despedirse de mí!
       Se agarró estrechamente a Wolfgang; su brazo temblaba visiblemente.
— ¿Habéis tenido alguna disputa?
—La tarde en que lo vi por última vez no nos separamos muy amigablemente, que digamos -dijo, con los párpados bajos, como cansados, y mirando fijamente frente a sí-. ¡Él quiere someterme, y esto es algo que no soporto!
      Wolfgang no pudo evitar sonreír, al pensar en la queja que le había expresado Otto sobre ella.
—Puedes estar tranquila, Rupa —dijo, estrechándole la mano—. Via Otto la mañana en que partió, y habló de ti con un arrobo ilimitado. Le tienes bien sujeto.
Pero no se ha despedido de mí —interrumpió, enojada, y apretando convulsamente las manos.
Eso, puede haberse debido a mil motivos, y no tienes por qué pensar en nada malo.
Podría haberme mandado al menos una carta, con dos palabras, para aclararse.
Sí; habría podido hacerlo… Pero no te angusties, querida niña. Te lo repito: cuando se despidió de mí, deliraba, embelesado con su preciosa novia, diciendo que era suya y de nadie más; incluso habló de la boda; de manera que pronto tendrá lugar.
      Las mejillas de Rupertine se ruborizaron. Visiblemente turbada, sólo alcanzó a decir en voz baja para sí:
— ¡Pobre padre mío! ¡Es tan bueno y le quiero tanto!
—¿Por qué le compadeces, si aún no pensáis en dejarnos?
—Este fue, precisamente, el motivo que me llevó a discutir con Otto. Él quiere asentarse de forma permanente en Sorrento, pues dice que debería volver a ver el golfo de Nápoles, y tener bajo de sus pies el suelo volcánico; dice que allí hasta las campesinas son más agraciadas que las princesas alemanas; que aquí el ojo se le embota, mientras que allí reacciona sin cesar, ante la cadena ininterrumpida de formas ideales, de gracia fascinante, de movimientos armónicos y colores seductores que le ofrece el entorno. Piensa que aquí sólo encuentra una tumba vacía, un aire pesado, fantasmas. Como si no me tuviese… a mí…
Seguro que se lo dijiste –dijo Wolfgang, con sorna.
          - ¡Naturalmente! 
          - ¿Y...?
Se arrojó a mis pies y exclamó, entusiasmado: “¡Italia y tú! Así, sí que crearé algo grande”. Pero yo no le oculté que no veía la necesidad de todo aquello. Pues el pensamiento de dejar a mi padre tan lejos, y abandonado, arrojaría una suerte de oscura sombra sobre mi felicidad. Se puso hecho una furia salvaje; yo me mostré rencorosa, enfurruñada e indomable… No debería haberme comportado así —dijo, poco después casi en un susurro—: Ahora me pesa en el corazón, y veo una nube en el horizonte, que se va acercando, haciéndose cada vez más grande.
Tu fantasía es el regalo más grande, pero también el más terrible, que te ha otorgado la naturaleza —le respondió Wolf, con dulzura—. ¡Allí donde una persona sensata no puede ver otra cosa que un prosaico encadenamiento de simples casualidades y eventuales circunstancias, tú te imaginas la cúpula celeste en llamas, y ves los relámpagos golpear la tierra!
Wolf, soy infeliz hasta lo indecible —y, tras decir esto, perdió la compostura, sus ojos se cubrieron de lágrimas, y sollozando inclinó su cabecita sobre el pecho. Él la llevó hasta un banco, hizo que se sentase en él, y riéndose le dijo:
—¿Ves, Rupa? Te comportas como una chiquilla.
        Pero ella no podía tranquilizarse, y sus sollozos se hicieron más violentos. Wolfgang se puso serio, y, casi con severidad, le dijo:
— Rupa, sé razonable: ¿cómo te vas a comportar cuando estés delante de una verdadera desgracia, y no de algo que no pasa de ser una mera suposición? Créeme: en este camino de la vida que vais a recorrer Otto y tú, no faltarán demonios, que te traerán, desde luego, regalos maravillosos, pero también cosas temibles. En tu desconcierto ante el más pequeño mal, veo una verdadera desgracia; y esto me llena de tristeza; pues eres igual que la antigua Agripina, de la que dijo Tácito que era "impetuosa en el dolor e incapaz de padecer". ¿A qué viene esto? A menudo hablé con mi madre, que te quería muchísimo, sobre este defecto de tu carácter, que te hace exagerar las relaciones especiales de tu vida, en vez de tratar de suavizarlas, y ambos nos dimos cuenta de que supone un peligro serio para ti. Por eso, debí prometerle, en su lecho de muerte, cuidar de ti y vigilarte a todas horas, y mantendré mi palabra hasta que llegue mi última hora. No tienes un amigo más fiel en este mundo que yo. Por eso, hazme caso, Rupa, y muéstrate razonable.
         Las palabras de Wolfgang, produjeron un maravilloso efecto en Rupertine, que se tranquilizó por completo. Alzó los ojos, mirándole sonriente a través de las lágrimas, aunque su mirada revelaba aún una gran angustia.
— ¡Ah, Wolfgang! —dijo, suspirando— Te estoy muy agradecida. Me mantendré a la espera, y estaré preparada.
—Ahora, Rupa, esperaremos hasta mañana, tranquilos y firmes, dejando de lado lo simples presentimientos y las visiones. Luego, regresará Otto, y entonces te pediré permiso para reírme de ti.
Ella no permitió que él la acompañase más allá de la puerta, y los ojos de Wolfgang vieron como aquella encantadora criatura se perdía en la suave luminosidad del sol poniente.


3.


       Mas el día siguiente pasó, sin que Otto volviese. Pasó otro día, y otro más, y el joven siguió sin aparecer. Transcurrida una semana, Otto no daba señales de vida, ni se tenía noticias de él… Nada.
       Entretanto, Wolfgang había escrito a Baden-Baden, pero la carta le había sido devuelta, con una nota adjunta, en la que se decía que el destinatario había partido de viaje. Enseguida, pidió al dueño del Englischen Hof información sobre el camino que había seguido Otto, y se enteró de que el señor von Dühsfeld había partido hacia Stuttgart. Las dos semanas siguientes no aportaron ninguna nueva noticia, y esto hizo que el desconcierto de Wolfgang aumentase.
       Había empleado todas sus fuerzas en tranquilizar a Rupertine; pero a pesar de sus palabras, Rupertine se veía acometida por una excitación desmedida, entrando en un estado de lacerante angustia, en la que se mezclaban una cólera impotente y la más completa desesperación, al que le sucedía una profunda serenidad.
Una tarde de calor sofocante, en la que se habían sucedido varias tormentas, que habían descargado una tras otra, se presentó de nuevo ante Wolfgang, que estaba sentado junto a la ventana abierta de su biblioteca, buscando refrescarse en el aire cargado de perfumes que había dejado tras de sí la lluvia. Parecía sufrir y estar muy preocupada. Aquel hombre fuerte se había visto acometido por extraños y ponzoñosos pensamientos, en los que se mezclaban la compasión por Rupertine y la preocupación que angustiaba su corazón por la suerte de su amigo, pues su vida estaba unida a la de ambos. Vio a Rupertine atravesar el jardín, y salió apresuradamente a su encuentro. Ella trató de sonreír, pero no pudo, aunque su rostro no revelaba preocupación alguna, sino más bien una estremecedora tranquilidad, que le daba visos de máscara mortuoria.
Puso la mano sobre el brazo de Wolfgang y le dijo con voz firme:
—Disculpa que te moleste otra vez, querido primo; pero eres tan bueno, y, además mi mejor amigo. Sé que me perdonarás que te robe tu precioso tiempo; pero es lo último que te pido, y seguramente lo último que pediré a hombre alguno: ¡Tráeme noticias de Otto!
— Ya me había decidido a hacerlo, antes de que vinieses. Y no me des las gracias —dijo Karenner, al ver que ella le cogía las manos, decidida a hablar—, pues al tomar esta decisión me prestó un servicio más grande a mí que a ti. Lo encontraré.
— ¿Y me prometes no ocultarme nada?
— ¡Nada! Te lo prometo.
     Cogió el sombrero y el bastón y la acompañó hasta su casa, donde se despidió de ella y de su padre. Cuando la besó, ella perdió la compostura por un momento; pero se contuvo, y le dijo con firmeza:
— Wolf, si él ha muerto, ¿me traerás su cadáver, verdad?
     Él no dijo nada. Volvió a besarla, y se marchó precipitadamente.

4.


Karenner no estuvo ausente más de una semana. Llegó ya entrada la noche, pero, a pesar de ello, se encaminó a la casa de Rupertine. Cuando entró en el salón, Rupertine, que aún estaba leyendo, sufrió un violento sobresalto, y no pudo levantarse del sillón, pero sus ojos se fijaron en los suyos; y ya antes de que él hubiese pronunciado una palabra, adivinó las nuevas que traía. Lanzó un grito desgarrador, y se desplomó sobre el asiento, cubriéndose el rostro con las manos.
         Wolfgang se sentó ante ella, apartó suavemente as manos de su rostro, manteniéndolas entre las suyas, y le dijo, con voz oprimida:
— Rupa, te prometí no ocultarte nada. ¡Veo que sabes lo principal! Otto no puede contarse ya entre los vivos. Sólo me queda contarte cómo he llegado a esta certeza: Fui a Baden-Baden, donde me enteré de que Otto había estado en contacto con un pintor de Stuttgart, llamado Köhler. Le busqué, y me dijo que Otto había estado con él un día, y luego se había ido a Lucerna, donde pensaba pasar unos días. Allí no supe nada concreto, pero tuve noticias que casi no dejan dudas sobre el destino de Otto: el mismo día en que, según mis cálculos, debía haber llegado Otto a Lucerna, un hombre joven, dotado de un ligero equipaje, había partido en un barco hacia Wäggis; por el camino, había caído sobre él una de aquellas tormentas repentinas que agitan aquel traicionero lago, haciendo zozobrar la barca con sus tripulantes. El terrible accidente apareció en todos los periódicos de la comarca, y yo ya la había leído aquí, pero, ¿quién iba a pensar que Otto se encontraba ente esos desgraciados? La descripción que hacía el propietario del Schweizerhof se ajustaba perfectamente a Otto; y además se había encontrado un sombrero, que reconocí ser el que Otto solía llevaba. Es verdad que se trata de un sombrerito de paja, con una cinta negra, que está de moda, y miles de personas llevan uno parecido, pero a mí me parece que es suyo. Me lo han dado, y aquí está.
Rupertine miró fijamente un momento el sombrero; luego, agotada, cerró los ojos.
        En la habitación reinaba un silencio mortal. Wolfgang miró, profundamente entristecido, a la muchacha, que parecía destrozada. El recuerdo de su amigo muerto pesaba tanto sobre él, que no pudo reprimir por más tiempo las lágrimas. Aquel hombre lloró, a pesar de su reciedumbre, y creyó que se le rompía el corazón. Pero sus labios no habían apurado aún las heces del cáliz.
        Fue Rupertine la que habló primero. Al tiempo que acariciaba con su mano el cabello de Wolfgang, dijo, casi con dureza:
— ¡No llores! ¡Otto no ha muerto!
        Wolfgang se levantó, asombrado; pero su asombro se transformó en espanto, cuando vio el rostro de Rupertine, que se había levantado; sus labios estaban lívidos; toda su vida parecía haberse reconcentrado en el corazón, y sus candentes ojos negros brillaban en su rostro, pálido como el mármol, mirando al vacío.
— ¿No le ves? -exclamó-: ¡Allí, allí está él! ¡Me ha abandonado, y yo debo morir!
        Wolfgang cogió a la excitada joven, cuyas fuerzas parecían agotarse, y con el corazón desgarrado, exclamó:
— ¡Rupertine, Rupa, por el amor de Dios, álzate y mantente firme!
        Mas ella ya se había recuperado. Se desprendió suavemente de sus brazos, se sentó en el sofá, y le rogó que la dejase un instante a solas con sus pensamientos. "Tengo que decirte algo", añadió.
        Karenner se asomó a la ventana, que estaba abierta, y miró fijamente al jardín, que reposaba encantador, bajo la luna llena de aquella noche de verano. ¡Cuán apaciguada se muestra ahí fuera la naturaleza —pensó—, y, sin embargo, tras esa aparente calma, hasta su más bella flor lucha con la muerte!”
        Volvió a entrar, y miró a Rupertine. Rupertine lo advirtió, y le hizo una señal para que se acercase. Lo arrastró a su lado, y comenzó a decirle, con voz firme:
— ¡Otto vive! - Cuando Wolfgang intentó interrumpirla, le puso una mano en la boca, y prosiguió- No hable; digas lo que digas, él vive. ¡No me engaño! Tú no conoces el corazón femenino, y su capacidad visionaria, esa fuerza que revela lo oculto. Vive, pero me ha abandonado, y ninguna fuerza del cielo o de la tierra puede detener la mano de la muerte, que se extiende hacia mí.
        Calló un momento. Wolfgang no se atrevía a hablar.
— Ya ves, Wolfgang—dijo, a continuación—; este conocimiento, que yo recabé en vano estos últimos días por todas partes, llevada por la locura de pensar que podía escapar de él de algún modo; esta certeza del inevitable hundimiento, de una inalterable fatalidad, me ha elevado por encima de mí misma al éter, libre y diáfano, de la eternidad, desde el cual puedo ver lo que yo era y hacía, y actuar como si fuese un ser ajeno. La muerte ha imprimido su sello sobre mi frente; le estoy consagrada, y me ha purificado. Ya no pertenezco a este mundo. Y al producirse en mí esta transformación, he de legarte, orgullosa y sin prejuicios, una confesión, que una ardiente vergüenza habría impedido aún mañana pasar a mis labios: Si me hubieses traído aquí su cadáver, hubiese podido derrumbarme ante el ataúd de mi prometido, y mi secreto había quedado enterrado conmigo; pero ahora todo es distinto. Debo hablar, para no parecerte una niña malhumorada, caprichosa y carente de corazón, que empuja a su padre al abandono más miserable, porque no le ha salido todo como quería. ¡Y, ciertamente, es un consuelo que me resulte fácil hablar!
        Se detuvo, y le hizo a Wolfgang una señal para que él también permaneciese en silencio. Cruzó las manos, mirándolas a ratos, y fijando otros su mirada en una indefinida lejanía. Luego, se reclinó en el sofá, como si las fuerzas la hubiesen abandonado, y a Wolfgang le pareció que la vida entera se había retirado de su bello cuerpo, para encontrar un último y breve reposo en sus ojos.
— Es asombroso —prosiguió, tras una breve pausa— hasta qué punto me ha hecho madurar el infierno que he vivido en estas últimas semanas. Soy todavía tan joven, casi aún una niña; y ahora, cuando miro al pasado, me siento como una vieja matrona, que cuenta historias a sus nietos. Es lo que hace mirar fijamente a la tumba, cuando esta aparece como segura.
"Me he alzado a una vida espiritual maravillosa, que nunca habría presentido. No es que haya alcanzado un saber amplio ni erudito, pues odio la pedantería y ese laborioso y momificado dar vueltas, como un gusano, en torno al moho acumulado a lo largo de siglos, sobre miserables pequeñeces. Mi vida espiritual era un goce refinado, la plena actividad de un órgano sano y poderoso, la dichosa conciencia de mi fuerza espiritual. Si observaba una flor, o daba un paseo solitario en las tranquilas noches de verano, bajo el cielo tachonado de rutilantes estrellas, siempre tenía el sentimiento de una incansable conquista, el placer de recoger la cosecha sin haber sembrado. ¿Que el contenido de un libro estaba sellado para mí? Antes de que lo abriese, ya tenía la certeza de que las agitaciones del corazón me llevarían tan alto como al creador de la obra. Me trataba con los individuos geniales de todas las épocas, como si fuesen mis iguales. ¡Nada me impedía volar, igual que lo habían hecho ellos!
        "Pero, ¿habría sido todo ello posible, sin una sangre ardiente, y una vitalidad llena de tempestuoso impulso [ohne ein heiβes Leben voll Sturm und Drangs]? Mis dotes se espoleaban mutuamente, crecían desarrollándose al unísono, y mi sangre bullía desenfrenada, porque yo gozaba de entera libertad. Me faltaba el trato diario con mi madre, y la dulce coerción que hubiese ejercido un corazón femenino, querido y dotado de suaves sentimientos."
        Calló un instante, y luego prosiguió, mostrando el mismo reposo de antes:
— Entonces, llegó la hora en que, trémula, fui besada por él.
Paró de nuevo; y luego afirmó, con firmeza: "¡Tuve un estigma; pero ya no lo tengo!"
         Y, dirigiendo sus ojos a Wolfgang, que seguía, casi sin aliento y angustiado, pendiente de sus palabras, dijo:
— Pero basta, por hoy; no sigamos con esto. He caído; pero ya me he levantado, y sobre mi vestido de fiesta no hay ni una mota de polvo: ¡el viento que sopla desde ese lugar, “en el que no hay angustia ni lamento”4, lo ha purificado! ¡Adiós, Wolfgang, no nos veremos más!
        Karenner no pudo decir ni una palabra. Se sentía como paralizado, y su pensamiento estaba confuso. Un gemido ahogado, un estertor de muerte se escapó de su pecho. Pero el aturdimiento no pudo detener por mucho tiempo a un hombre tan firme y reflexivo. Procuró apartar el acontecimiento de su vida sentimental con mano firme, y trató de afrontarlo con la mayor objetividad posible, aunque sólo pudo hacerlo haciendo un enorme esfuerzo. Se puso en pie súbitamente, y cogiendo entre sus manos las de Rupertine, le dijo:
— ¡No te apresures, Rupa; esto es lo que te ruego, ante todo!
        Ella sonrió débilmente, y respondió:
— No, Wolfgang; así debe ser; no me estorbes en mi decisión, y no preguntes nada más; ¡así ha de ser!
       Y, como para ganar tiempo, dijo una vez más, de forma lenta y mecánica: "Mira, Wolfgang, así es como ha de ser."
Luego, elevó la voz, y prosiguió:
— Desprecio todo lo pequeño y miserable. Ha vivido de un modo magnífico; he alimentado en fuentes rebosantes todos esos menguados órganos que hacen humano al hombre. Mi amor ardió y vivió en una noche, como esas flores espléndidas del cactus, cuyo aroma arrebata los sentidos. No quiero poner fin a tal vida de un modo mezquino. Pido la única expiación de mi culpa, y, créeme Wolfgang, la corriente de este anhelo ya no puede contenerse.
— ¿Me has querido alguna vez, Rupa? -preguntó Wolfgang, con voz medio ahogada.
       Ella le miró con dulzura, y le contestó reposadamente:
— Tú eres mi noble amigo, a quien venero como a nada en el mundo.
— Entonces no me negarás un último favor, Rupa: ¿Podríamos vernos una vez más?
       Tras reflexionar un poco, ella dijo:
— ¡Pero debe ser pronto!
       Él la besó en sus lívidos labios, y se marchó.


4.


       Cuando Karenner volvió a su casa, se derrumbó, sin fuerzas. Sus miembros temblaban, febriles, mientras su cerebro trabajaba con tremenda rapidez. Todo le parecía tan extraño, tan increíble, tan fuera de quicio, que se creía presa de un mal sueño, y deseó, desde lo más profundo de su alma, despertar cuanto antes de ese sueño.
       Poco a poco, se fue calmando. Cuando vio claro que todo era real, y que tanto lo que le movía como el profundo dolor que atravesaba su pecho era hechos inalterables, la razón volvió por sus fueros, y comenzó a relacionar con calma los acontecimientos. Lleno de dolor, reflexionó acerca de la alegría y la luminosidad solar que tenía hacía escasas semanas, y ponderó el derrumbamiento provocado por una breve tormenta, hasta que una potente voz interna le dijo: "Repórtate; debe haber una salida para este enredo; has de intervenir, para poder deshacerlo, y evitar lo más terrible: Rupertine no puede morir".
      Se encontraba inmerso en esta lucha interna, que no le daba tregua, cuando le vino de repente una idea. Pero se trataba de un pensamiento que debía herirlo en lo más profundo de su ser, a juzgar por el espasmo que agitó su cuerpo, lo turbio de su mirada y lo dolorosamente que se contrajeron sus labios.
      Pero el pensamiento le había atrapado, y ya no podía abandonarlo.
      Se levantó de un salto, abrió la ventana, y dejó que el aire fresco de la noche refrescase su cabeza, que estaba ardiendo.
      Se separó de la ventana, y se paró frente al retrato de su madre. Miró durante un buen rato con ojos interrogantes a esa mujer de cabellos grises, que le miraba desde arriba, con su dulce mirada. La anciana debió responderle con toda claridad, porque, después de lanzar una larga mirada sobre la copia que poesía del Velo de la Verónica del Correggio5, murmuró para sí mismo: "Así lo haré", mientras dos gruesas lágrimas resbalaban por sus pálidas mejillas.


6.


      Karenner se levantó a la mañana siguiente, maravillosamente fortalecido por un profundo sueño reparador. Reunió rápidamente los fragmentos de su conciencia, que la noche había dispersado, repasó la situación una vez más, y lo vio todo claro. En él revivía, de nuevo, la dulce y serena luz de antes.
     Tras desayunar, miró el reloj: eran las nueve. Tras coger su sombrero y el bastón, salió lentamente de casa. En la puerta del jardín, se volvió una vez más, y dirigió una cálida y dulce mirada a su apacible y verde hogar, que parecía dirigirse a él, y sus labios se contrajeron melancólicamente. Pero no vaciló; atravesó con paso firme la puerta, y se dirigió a la vivienda de Rupertine.
     Tal como había esperado, encontró allí al anciano del Fino desayunando con su hija.
      El viejo, un hombre pequeño, delgado y cuidadosamente afeitado, con un pelo largo, blanco como la nieve y de rostro afable, recibió a Wolf cordialmente.
— ¡Aquí tenemos a nuestro físico, nuestro filósofo! —dijo, estrechándole con fuerza la mano, después de tomar una pizca de tabaco— ¿Cómo te va, querido? —le dijo, acercándole una silla.
— Gracias, querido tío; estoy bien, como siempre -respondió Wolfgang.
— Siempre serás el mismo -dijo del Fino, mientras examinaba complacido la fuerte figura de su sobrino, y tamborileaba con los dedos sobre la mesa—; siempre la misma tranquilidad del ánimo [frohen Gleichmuth], que es el fruto más apreciable de la filosofía. ¿Qué dijo Horacio?
Aequam memento rebus in arduis
Servare mentem; non secus in boni
Ab insolenti temperantam
Laetitia!6
¿Verdad que eran unos tipos fuertes esos antiguos estoicos?
— Tienes una opinión demasiado buena de mí, tío—dijo Wolfgang—, cuando dices que tengo el ánimo sereno. La verdad es que debería reírme, si pienso en el motivo que me trae aquí.
       Rupertine le lanzó una mirada.
— ¡Eh, eh! ¿Qué pasa, Wolfgang? —preguntó el anciano, asombrado. Y añadió, amablemente—: Me encantaría poder ayudarte; sería el primer servicio que yo te prestase, y ya te debo muchos. ¡Vaya alegría que volviste a darme recientemente con el antiguo vaso etrusco! ¡Algo único, te lo aseguro, único e inapreciable! Me ha proporcionado no horas, sino días, semanas, meses de trabajo, y una satisfacción inenarrable. Aún estoy estudiando el significado de las figuras y la relación adecuada entre ellas. Este vaso es un hueso duro de roer, incluso para los arqueólogos más avezados; pero nosotros, los filólogos, tenemos paciencia, y buenos dientes... ¡Y yo lograré descifrarlo! ¡Y ya te digo que será un acontecimiento que marcará un hito en el mundo de la arqueología!
       Dicho esto, se frotó satisfecho las manos, y aspiró rapé con fruición.
      Wolfgang miró a Rupertine. Sus miradas se encontraron. La suya apuntaba a su padre, y ella entendió lo que quería decir. Cansada, cerró los ojos.
—Pues bien, querido tío -dijo Wolfgang, dirigiéndose al erudito-; en realidad, lo que quiero pedirte es un gran favor. ¡Vengo a pedirte la mano de tu hija!
      El más profundo silencio siguió a estas palabras. Del Fino miraba fijamente a Wolf, como si hubiese descubierto una inscripción antigua, cuyo significado aún no podía comprender. Rupertine, en cambio, quiso levantarse, pero volvió a desplomarse sobre el sofá, lanzando un grito ahogado.
      Karenner se apresuró a sentarse a su lado, y abrazándola, le susurró con viveza: "¡Te ha desviado del camino hacia la tumba! ¡Sin hacer ningún sacrificio, me oyes, ninguno! Eres la que has de hacerlo; debes vivir, por tu padre... ¡No digas ni una palabra, ni ofrezcas resistencia! ¡Tienes que hacerlo, Rupa!" Y, con sinceridad, añadió: "Nos soportaremos mutuamente".
      El viejo se había levantado y se acercó.
— Pero niños míos —dijo—, ¿es esto posible? ¡Pícara, taimada, traidora! ¿Esto es lo que tramabas, a espaldas de tu confiado padre? A mí me parecía que Otto von Dühsfeld era tu amado Adonis, tu bello Antínoo... Wolfgang: ¿no es verdad que tiene la misma cabeza que el amante de Adriano? ¡Por Júpiter y Apolo, que así es! Pero, ¿qué iba yo a decir? ¡Ah, sí! A mí me parecía que ese Dühsfeld no te era indiferente... Mas, ¿quién puede escrutar el corazón de una mujer? ¿Y tú, Wolf? ¿El filosofo? ¿El misógino? ¿Qué he de pensar? ¿Qué debo decir? La verdad es que aquí pueden muy bien venir en nuestra ayuda otra vez los antiguos:
Tu, deorum hominumque
tyranne, Amor!7
Sí, es verdad—dijo Wolfgang, procurando sonreír alegremente—; y lo repito, contigo: "Tu deorum hominumque tyranne, Amor!"; es Cupido, ese niño loco, el que nos ha cogido a Rupertine y a mí, y me ha ayudado a expulsar a mi amigo Otto del campo. Danos, pues, tu bendición, padre.
—¡Pues ya tenéis mi bendición, traidores! ¡Bendigo la hora en que me ha sido dado experimentar tanta felicidad! —exclamó el anciano— ¡Ah, qué alegría, y a mi edad! Y qué bueno es pensar que ahora Rupa se queda aquí, sin que me la arrebate ni la lleve lejos ningún moderno Jasón. ¡Así te podré ver todos los días, Rupa, y alegrarme diariamente de que estés aquí, mi querida y excelente niña, mi fragante rosa, mi perla! Se precipitó sobre ella, y la besó en la frente.
— ¡Oh, Wolfgang -dijo, dándole de nuevo la mano-, que tu venerable madre no haya vivido para poder ver este día! ¡Yo te digo que ella habría disfrutado de esta unión, que ella anhelaba tanto como anhela el ciervo el agua fresca!
       Wolfgang se volvió hacia ella, y le susurró, solícito: "¡Ánimo, Rupa, así ha de ser! Y cobra animo, porque
"Si se pierde el ánimo, está todo perdido;
Sería entonces mejor no haber nacido."8
      El anticuario estaba ahora sólo atento al comportamiento de Rupertine. Se acercó a ella, y le preguntó preocupado:
— Pero, ¿qué es esto, niña? ¿Qué tienes? ¿Lloras? ¿Qué significa esto, mi dulce e infantil jovencita? —y, acariciando sus mejillas, prosiguió diciendo alegremente—: ¡Así ha sido siempre mi pequeña: in tristitia hilaris, in hilaritate tristis!9 ¡Igual que su madre! ¡Basta de lágrimas! ¡Ven, que te estreche contra mi corazón!
Quos ego!10concluyó, rozando con el pie el suelo, y con una sonrisa socarrona en sus finos labios.
         Rupertine se levantó, y sollozando fuertemente, ocultó su rostro, mortalmente pálido, en el seno paterno.
—Déjala —dijo Karenner a del Fino, cuando éste se disponía a despotricar de nuevo—,déjala, padre querido. El tránsito al matrimonio es duro y trastorna a cualquier joven. Pero tras la lluvia, sale el sol. Adieu, querido tío. Adieu, Rupa.
        Besó su mano, que parecía inerte cuando se la tendió; saludó amablemente al anciano, inclinando su cabeza, y abandonó de puntillas la estancia. Ya fuera, pareció por un momento que iban a abandonarle las fuerzas. Cerró los ojos, y tuvo que sujetarse con fuerza al pasamano de la escalera. Pero una dulce voz le decía en su fuero interno:
Con tal sacrificio, distribuyen
Incluso los mismos dioses el soplo iniciador”.11
       Tales palabras levantaron de nuevo su ánimo...


7.


       El sol del atardecer, había atraído a la mayor parte de los extranjeros a la terraza del Hotel Rispoli de Sorrento, situada sobre un acantilado que se alza sobre el mar. Allí, hacía un tiempo cálido y suave, equiparable al que hace en mayo en el norte, aunque la nieve de enero cubría todavía la cima del Vesubio, y en las sombrías hendeduras de las montañas sorrentinas aún quedaba rocío de la pasada noche. El cielo estaba completamente despejado, y ni una ola recorría el mar azul, que parecía terso, como un espejo.
        Muy cerca de las barandas de la terraza se hallaba recostada en una cómoda butaca Rupertine. Estaba pálida, y parecía sufrir. Su fina piel parecía casi transparente, y mostraba el entramado de sus venas. Cubría sus bellas formas un vestido negro mate; un velo de encaje negro tapaba su nuca, rodeando como un pañuelo el pecho, movido por una suave respiración. Su ensoñadora mirada se paseaba por el golfo de Nápoles, y sólo en algunos momentos, cuando creía haber descubierto un barco mercante en la lejanía, un fulgor pasajero iluminaba sus ojos.
        Los extranjeros se mantenían a respetuosa distancia de ella, pues sabían que se trataba de una madre entristecida por una grave pérdida, y no querían molestarla. Había visto partir a su marido aquella mañana en el transbordador, con un pequeño ataúd, que encerraba el cadáver de su primer hijito, tras lanzar un leve gemido, aunque sin haber llorado. Tenía que enterrarlo en el cementerio protestante de Nápoles. Ahora, esperaba el regreso de Karenner.
        Un camarero se le aproximó, circunspecto, y le dejó dos cartas en la mesilla que estaba al lado del canapé. Ella las cogió mecánicamente, las depositó en su regazo y siguió sumergida en sus ensoñaciones. Pero, pasado cierto tiempo, las miró. Nada más posar su mirada en la letra del sobre de la primera, su cuerpo se estremeció, como si la hubiese tocado un rayo; cuando miró el sobre otra vez, y comprobó de quién se trataba, su rostro enrojeció, y el corazón martilleó en su pecho; sus manos temblaban, pues aquellos rasgos pertenecían a la escritura de Otto. Se oscureció su pensamiento, y casi perdió el conocimiento.
Cuando logró recuperarse, cogió la carta de Otto y la guardó rápidamente en el bolsillo. Mordiéndose los labios, asió la otra: ¡reconoció la mano de su buen padre! Rompió el sobre apresuradamente, y echó un vistazo al contenido. Era una carta lastimera y triste, en la que su padre le decía sentirse sumamente infeliz por la larga ausencia de su amada hija. Tras una larga serie de citas clásicas, conjuraba a Rupertine para que volviese, “pues el dolor que lacera mi alma ha hecho que comience a padecer también el cuerpo; y esto me hace temer que no pueda concluir mi brillante tratado sobre la corona de imágenes del vaso etrusco que me ha regalado Wolfgang, cuya clave creo haber encontrado".
          A Rupertine le acometió un gran temor, y la hoja se le cayó de las manos. Entretanto, Wolf había regresado, y estaba ya a su lado. Al recoger la carta, Rupertine se percató de su presencia; se abrazó con vehemencia a su cuello, y las lágrimas que habían tardado meses en salir, brotaron con abundancia, al agolparse ante ella los recuerdos de su padre, de Otto y del niño que había perdido.
Wolf la estrechó suavemente contra su pecho y leyó la carta de del Fino. Cuando hubo terminado, dijo:
—Si te parece bien, Rupa, podemos emprender mañana mismo el viaje de regreso a nuestra patria. Tu padre parece estar sufriendo, pero su estado no puede ser tan malo como parece desprenderse de esta carta. Tú le conoces mucho mejor que yo, y sabes qué no sabe hacer nada que se salga de su erudita parafernalia. Seguramente no será más que un simple enfriamiento. Tranquilízate, pues, Rupa. ¡Lo malo es que tendremos que renunciar a nuestra estancia en Roma! ¡Lástima! Me gustaría haberte conducido por esa ciudad, la más bella de las tumbas, que habría ejercido un magnífico efecto sobre tu espíritu, y habría proporcionado un excelente fundamento para la vida que pensaba llevar contigo en Alemania. ¡Mas está visto que no podrá ser!
         Besó su frente y acarició los mechones de su espléndido cabello, que se habían deshecho un poco.
— ¡Ah, eres el mejor y más excelente de los hombres —susurró ella—; pero, ¿no podríamos partir esta misma tarde? No puedo apartar de mí la ida de que no veré a mi padre más, si no nos apresuramos a marchar. Y no te preocupes por mí, te lo ruego. Viajaremos día y noche.
—Ante todo, tranquilízate, Rupa—respondió el con dulzura—. Estoy firmemente convencido de que tu fantasía te juega una mala pasada. Sin embargo, es mejor que no tengamos nada que reprocharnos. Disponlo todo; yo, por mi parte, me ocuparé de reservar asientos para el coche de las seis.
         Ella le estrechó la mano, y salió apresuradamente.
Karenner la siguió con mirada triste. Luego, se sentó en una butaca y apoyó, cansado, la cabeza sobre su mano. Había envejecido visiblemente, y en sus cabellos podían verse ya numerosos hilos de plata. Tenía las sienes completamente encanecidas, y su larga y espesa barba también daba aquí y allá testimonio de sus preocupaciones.
Tras reposar unos instantes, se levantó y empezó a preparar el viaje de regreso.


8.


Cuando Rupertine subió a su habitación, sacó la carta de Otto que tenía guardada, rompió el sobre con mano trémula y leyó lo siguiente:
           "Esta carta no contiene ningún reproche; me parecería indigno; y, además, aún me anima la esperanza. Mas, ¿cómo podré presentarme ante ti? Quiero revelarte, sin tapujos, la parte que me corresponde en la terrible desgracia que, con sus heladas manos, ha golpeado aniquiladoramente nuestras vidas, pues tengo por cierto que casi desaparecerá ante la terrible acción del poder enemigo que ha decidido nuestro destino.
          "La gran discrepancia entre nuestra opiniones, y el evidente salvajismo y vehemencia de nuestros respectivos caracteres, que se pusieron de manifiesto los últimos días que estuvimos juntos, me llenaron de una gran preocupación. Sirvieron para darme un conocimiento más completo de ti; y este conocimiento, unido con el que desde hace tiempo ya tenía sobre mí, me hacían presagiar un futuro sumamente tempestuoso. Ahora comprendo que exageraba; pero por entonces pasaba en vela las noches, y vagaba aturdido y sin rumbo. Al mismo tiempo que las preocupaciones, crecía en mí un irreprimible impulso de libertad, esa libertad que pertenece a mi existencia, y que es vital para mí. Pero te juro por lo más sagrado, y por el amor que siento por ti, Rupa, que nunca, ni por un momento pensé en romper nuestras relaciones. He cometido muchos errores, y he sido a menudo injusto, pero soy un hombre honesto.
"El estado febril en el que me hallaba exigía perentoriamente una tregua. Y el único modo de rebajar mi tensión era cambiar de atmósfera por un tiempo. La carta de un amigo, con el que pensaba encontrarme en Baden-Baden me hizo tomar una rápida decisión, y partí. Me reprocho ahora no haberte escrito, y me lo reprocharé siempre. Me sedujo la ilusión de que la lejanía y la falta de despedida te harían más sumisa a mi voluntad. ¿Ves? Te lo digo con toda franqueza, pues no quiero ocultarte ni una sola flaqueza de mi corazón. Estuve dos días con Köhler en Baden-Baden; luego me fui con él a Stuttgart, y de allí a Lucerna. Me había propuesto permanecer ausente, como mucho, ocho o diez días. Cuando estaba en Lucerna dudé qué dirección debía tomar, y me decidí por el Tirol.
"Por el camino que lleva de Bregenza a Feldkirch, me sentí atraído por una rara flor alpina, y quise cogerla. El infantil pensamiento de que el peligro que implicaba arrancarla debía prestarle mayor valor a esa flor para ti, me llevó a escalar la escabrosa pendiente. Aún no había alcanzado la flor, cuando resbalé y me caí por la pared de la montaña.
         "Lo que te cuento ahora, lo he sabido por otros. Un cazador me encontró, después de haber permanecido una noche y un día enteros en el valle. Me alzó con gran esfuerzo, y me llevó junto a su familia en Hohenems. En mi bolsa de viaje y en mis ropas no se encontró nada que pudiera dar alguna información sobre mí, pues, ¿qué cabía deducir de mis tarjetas de visita? Lo que sí encontraron fueron dos mil taleros en mis bolsillos (ya sabes que me gusta llevar dinero suficiente cuando viajo), y esta suma me garantizó los mejores cuidados por parte de estos hombres, que son excelentes, pero no dejan de pensar siempre en su beneficio. El doctor del lugar telegrafió enseguida desde Lindau y Sant Gallen para que viniese un colega, y en sus seguras manos sufrí varias operaciones de cuidado. Mi cráneo estaba fracturado, la piel de la cabeza tenía laceraciones, y había sufrido una peligrosa conmoción cerebral. Además, me había roto el brazo izquierdo. Estuve cuatro meses inconsciente, ora febril, ora en completa postración.
"Cuando recuperé el conocimiento de nuevo, todo se mezclaba confusamente en mi cerebro. Sólo poco a poco recuperé de nuevo el hilo de mis pensamientos. Lo maravilloso es que habían desparecido de mi pensamiento, sin dejar rastro, períodos enteros de mi vida. Sólo sentía que algo pugnaba angustiosamente por salir a la luz de la conciencia, pero en vano. Sólo cuando legó la Navidad pude hacerme dueño de mi pasado. El recuerdo de mi última Navidad contigo se presentó de repente, y allí te alzaste de nuevo ante mí, con toda tu magnífica y admirable belleza, hasta el punto que tu imagen me dejó sin fuerzas.
"Pero entonces empezó en el oculto taller del cuerpo a desplegarse con agilidad la vida. Igual que la llamada del maestro anima las manos de los aprendices, tu imagen espoleó todas las fuerzas que pugnaban por sanarme con redoblada actividad. Transcurridos ocho días, decidí regresar a nuestra patria, aunque el médico mostró vivamente su desacuerdo con tal decisión, al comprobar mi estado febril, y me recomendó que esperara a una época del año más favorable; pero nada pudo detenerme, y prácticamente envuelto en lana emprendí el viaje.
           "Durante el mismo, aunque se alzó en mí algún reparo aislado, el talante de fondo que había en mi alma era de alegría, pues me sostenía la esperanza de un feliz reencuentro; y con este luminoso éter, desapareció toda tristeza y preocupación.
             "En Weinheim subió a nuestro cupé el amigo Oehlmann. Cuando me vio, se quedó pálido, como si viese a un espectro, y no podré olvidar la impresión tan cómica que me produjo. Al principio, no podía hablar; pero finalmente, comenzó a hacerlo. Pasaré por alto la mayor parte de nuestra conversación, por irrelevante, y me quedaré sólo con lo esencial: supe que se me creía muerto y que se me lloraba, y todo esto pude oírlo con tranquilidad; pero cuando pregunté por ti, siguió la respuesta aniquiladora: ¡Eras la mujer de Wolfgang Karenner, y vivías en Italia!
             "No puedo describir lo que pasó por mí; quise abrir la portezuela y saltar del coche en marcha; pero me vi incapaz de realizar el menor movimiento.
            "Pero no estuve así mucho tiempo. La esperanza me reanimó de nuevo. Me imaginé rápidamente los acontecimientos que podían haber tenido lugar durante mi ausencia, y tuve esperanzas. Desde entonces le he dado a todo esto mil vueltas, pero siempre llego al mismo punto, y siempre me deleito, una y otra vez, en el refrigerio que supones para mi corazón, siempre sediento de ti.
              "Ahora no podía ir a nuestra ciudad, de manera que le pedí a Otto Oehlmann que me comprase un billete para Frankfurt, hacia donde proseguí mi viaje, y donde permanezco aún, con la familia de mi prima, sufriendo, y muy débil.
  "¡Oh, Rupa! ¿Qué más puedo decirte? Lo único que te pido es que le muestres esta carta a Wolf. ¡Él es quien puede decidir!
"Cuento los instantes, a la espera de tu respuesta. ¡Apiádate de mí!"
         Rupertine le dio la vuelta a la carta, y volvió a leerla otra vez. Cuando acabó, la dobló cuidadosamente y la guardó. Ningún rasgo de su rostro traicionó la menor emoción; sólo una pasajera y apagada sonrisa animó por un momento sus labios. Se pasó varias veces la mano por su pálida frente, y murmuró: “Así pues, me fuiste fiel, Otto”.
Y, ya serena, volvió a ocuparse de los preparativos del viaje.


9.


        Wolfgang y Rupertine se apresuraron en volver a su patria, a la que llegaron trascurridos cinco días, sin tomarse más reposo que el necesario para recuperarse de las fatigas del viaje. Allí, encontraron al padre de Rupertine en bastante buen estado, ya que su mal no había pasado de ser un enfriamiento, como había supuesto Karenner. El malestar corporal, unido a la nostalgia de su querida hija, habían suscitado en él presentimientos de muerte, que se habían mostrado infundados.
      Rupertine, profundamente satisfecha, ingresó en la amable vida doméstica de Karenner.
      Y esa misma tarde, le escribió a Otto:
      "Tienes razón, querido: la parte que te corresponde en nuestra fatalidad es mínima, frente a la que en ella ha tenido el destino. No tengo nada que perdonarte, e igual que tú, tampoco quiero reprocharte nada.
      "Tu carta me ha reportado una felicidad inexpresable: la certeza de que me fuiste fiel y de que me amas(que vivías ya lo presentía; mejor dicho: lo sabía). Esta espina hacía sangrar sin cesar mi corazón. Ahora, estoy libre de ella. Doy las gracias a Dios por este cambio; pero este es el único cambio que ha podido producir tu carta. ¡Mi unión con Wolfgang es indisoluble!
       "Él me ha salvado de la muerte; y no abandonaré su fiel y protectora mano nunca más. Mi matrimonio debe discurrir con una pureza inmaculada.
        "Pero te equivocarías si pensases que le amo a él y a ti ya no. Lo que siento por él y lo que siento por ti son sentimientos completamente diferentes, que no podrían confundirse nunca: todo está como antes de nuestro matrimonio; lo único que ha cambiado es el escenario. Aunque esto no es cierto del todo, pues mi amistad por Wolf ha aumentado, hasta el punto de que me gustaría arrodillarme ante un hombre tan noble; y, por otra parte, mi amor por ti se ha trasformado, porque el suelo sobre el que ha echado sus raíces es ahora distinto. Algo ha quedado ligado en mí, de lo que no puede extraer más alimento, y es esto lo que ha cambiado el color de la flor. Pero es amor aún, un amor que une a las almas a través del tiempo y la eternidad.
        "Todo esto ha alzado un muro impenetrable e insuperable entre nosotros. Ya te lo he dicho: el escenario ha cambiado totalmente, y estamos ligados por las cadenas del más tierno sentimiento, que no pueden romperse; pero tales cadenas no me oprimen; y espero que sigan sin hacerlo, pues confío en la misericordia de Dios.
         "Por otra parte, considerando la situación en todos sus aspectos, hay algo más: aunque ni Wolf ni yo tuviésemos reparo alguno, existe el impedimento externo que supone mi padre, y que hace imposible cambiar las cosas. Ya tuve que mentirle una vez, y no puedo volver a engañarle.
          "Le daré tu carta a Wolf. Y sólo cuando él haya decidido —conforme a tu deseo—, verá mi respuesta. Su decisión ya la sé de antemano, pero no quiero influir en ella."
        Cuando hubo terminado, fue a la cocina, donde el ama de llaves de Wolfgang, que servía desde hacía treinta años a la familia, la recibió con gran alegría. Ella le estrechó cordialmente la mano a la anciana, y le dijo:
—Mi buena Hanne, vamos a hacer que Wolf se sienta cómodo. Naturalmente, tú seguirás haciendo las tareas que siempre has desempeñado, y no te pondré restricción alguna. Únicamente me gustaría asumir una tarea: poner la mesa, porque no pretendo llevar en absoluto una vida de princesa, ni que Wolfgang me juzgue mal.
—¡Ah, señora! —respondió Hanna, secándoselas lágrimas con el delantal— ¡Cómo me alegro de que esté con nosotros! Le he dicho mil veces al joven señor que la vida solitaria no le conviene, pero se ríe de mí. ¡Ahora, con usted aquí, todo irá a las mil maravillas!
       Rupertine le dio otra vez la mano y la pidió que le acompañase en su paseo por la casa. Cuando se hubo orientado y conocido su disposición, fue al comedor, que estaba junto a la biblioteca, y dispuso con esmero el servicio del té. Cuando hubo terminado, lanzó una última mirada, viendo que todo estaba en su sitio. En ese momento, se abrió la puerta y entró Wolf. Como Rupertine estaba de espaldas a la puerta, no pudo verle. Su serio rostro se iluminó, y lanzó un profundo suspiro de alivio, pues sentía como si hubiese apartado de su corazón una pesada carga. Rupertine se volvió sorprendida, y le miró turbada, al tiempo que él se aproximaba y la estrechaba entre sus brazos.
—¡Oh, Rupertine! —dijo, con alegría—, eres una maga: aquí están los platos, las tazas y las cucharas de siempre, pero todo parece distinto.
—Sí —dijo ella, mientras daban la vuelta a la mesa, cogidos del brazo—; pero falta el ramo de flores, y el quinqué no estaba ahí...
       Mas él, con mirada ardiente, le dijo:
—Rupa, todo me parece de maravilla.
      También ella parecía distinta: un ligero soplo primaveral parecía haber retirado la rígida coraza que había construido la desgracia alrededor de su alma, y el calor interior coloreaba sus labios y mejillas. Sonreía feliz ante él, y cogió con fuerza su brazo con ambas manos.
      Se sentaron y conversaron con franqueza durante la comida, primero sobre su padre, y luego sobre sus vivencias durante el viaje, que repasaban entonces por vez primera.
      Tras levantarse de la mesa, entraron en la biblioteca, y Wolfgang desplegó ante Rupertine algunas bellas láminas artísticas sobre la gran mesa que estaba en medio de la habitación, que hojearon juntos.
      Transcurrido un rato, Rupertine se reclinó en su sillón, y dijo:
— Wolf, debo decirte algo. Discúlpame que haya esperado hasta hoy para hacerlo, pero no he podido encontrar otro momento.
       Y extrajo un sobre del bolsillo, del que sacó la carta de Otto.
— Otto vive. No me había equivocado.
— ¿Otto vive? ¡Gracias sean dadas al cielo! —exclamó Karenner, con júbilo. La inesperada noticia llenó por completo su conciencia, sin que surgiese en él ningún otro pensamiento. Cogió precipitadamente la carta, y se sumergió en su contenido.
         Mientras la leía, se fruncieron sus cejas y su rostro se ensombreció, reflejando una profunda tristeza. Dejó caer la carta, y miró pensativo al suelo.
Rupertine seguía sus movimientos muy tensa, pero sin romper el silencio. Finalmente, Karenner, dijo con tranquilidad, mientras devolvía la carta a Rupertine:
Eres la que debes decidir, Rupa. Tomar yo la decisión me resultaría, en más de un sentido, doloroso, muy doloroso; pero estas dolorosas consecuencias no cuentan apenas, si pienso en la infelicidad que un matrimonio como es, y debe seguir siendo, el nuestro —acentuó con mucha seriedad estas palabras— puede traerte tanto a ti como a . Y ahora lo que importa es tú felicidad. Ahora bien, cuando reflexiones sobre lo que has de hacer, quiero que consideres algo que me concierne, y es esto: ahora podría soportar una separación, pero más tarde quizás no, y casi podría decir: seguro que no.
        Ella le pasó, como respuesta, sin vacilar, su carta a Otto.
        Wolfgang la leyó atentamente. Cuando hubo concluido, ella se arrojó a su pecho y exclamó, enérgicamente:
— ¡Wolfgang, no puedo ni quiero decidir de otra manera!
       Wolf le cogió ambas manos, clavó una profunda mirada en sus bellos ojos, y repuso:
—Así pues, vamos a establecer una unión que ha de durar toda nuestra vida. Permanéceme fiel, como yo lo seré contigo.
        Ella no respondió, pero la presión de sus manos selló la unión.
        Unas horas más tarde, escribió Wolfgang a Otto las siguientes líneas bajo la carta de Rupertine:
        "La noticia de que vives me ha llenado de enorme alegría. Ahora, cuida tanto de tu felicidad como de la de Rupertine. He rechazado tomar una decisión, y le he dejado plena libertad de acción. Ella no quiere abandonarme. ¡Sé fuerte!"



10.


        ¿Fueron los espíritus protectores del amor, o fueron demonios, camuflados bajo un velo de gracia y encanto, los que flotaban ante la mente de Rupertine, cuando rechazó el camino luminoso del amor y tomó de nuevo la fiel mano de Karenner? Reposaba ella refugiada en su fuerte pecho, o fue arrebatada por el torbellino que la empujó hacia la noche y lo salvaje? ¿Escogió el sufrimiento o la felicidad?
        Todos nuestros caminos son oscuros, y lo único que sabemos, aunque raramente pensamos en ello, es que cada uno de esos caminos acaba en la tumba.
        Desde luego, gracias a su noble acto de sacrificio, Karenner había salvado a aquella preciosa joven de un despeñamiento seguro, pero ella ya había mirado a lo más hondo del abismo con la conciencia de que ella habría de despeñarse. Y por largo tiempo le había rondado, fijo e inmóvil, como un águila que se cerniese en los aires, el pensamiento de que ella tendría que caer. Su naturaleza se había transformado, en el sentido de que parecía como si su coraje se hubiese petrificado y la hubiese narcotizado al demonio que residía en su pecho. Había estado dispuesta a mirar fijamente a los insondables ojos de esfinge, purificadores y liberadores, del Ángel de la Muerte, y quien ha mirado una vez a esa fiera, que devora furiosa sus fuerzas, haciéndole caer inerme, y aún así desea abrazarla, ya no vuelve a ser el mismo cuando retorna a la luz del sol.
         Lo que le había dicho Wolf, en aquella hora terrible para ella, cuando retuvo su mano; esa palabra amable, pero cargada de un profundo sentido: “ eres la que haces el sacrificio”, había puesto ante ella con toda claridad lo que llenaba su alma apasionada. Había roto con la vida, y el ojo ebrio de su espíritu ahondó en la dorada lejanía, lleno de paz y beatitud. Con una profunda repugnancia, se vio arrastrada de nuevo por la corriente mundana, que no descansa. Pero debía hacerlo. La coacción que suponían esas relaciones la sintió como algo doloroso, y no se lo agradeció a su salvador. Si hubiese podido agradecer, su espíritu habría pensado con frialdad, mientras que el corazón hubiese temblado de cólera.
         Pero ella no necesitaba agradecer nada, y lo sabía. Había sido ese amplio y dulce sentimiento que caracterizaba su individualidad, casi desprendida por completo de los hombres y de las cosas, y a la que solamente enardecía su amor a la Humanidad, lo que le había llevado a Wolf a realizar por un individuo particular lo que representa el más duro sacrificio a los ojos de los hijos de este mundo (aunque después todo, la lucha había sido relativamente fácil), impulsándole a tomar entre sus brazos a su mujer y elevarla por encima de todos los escollos. De manera que no hubo ninguna explicación entre ellos, y las consecuencias de su unión con Rupertine transcurrieron tersas y regulares, siguiendo su orden cuidadosamente pensado y meditado.
          Rupertine se dejó guiar y conducir como un niño. Ella, que antes era tan inquieta, vivaz y apasionada, marchaba al lado de Wolf como una sonámbula. Y así la condujo, primero al altar, luego atravesó los Alpes con ella hacia Italia, y finalmente la llevó de regreso a casa, sin experimentar ni un arrebato, ni el más mínimo arranque de pasión.
         Así pues, habían renovado su unión, porque Rupertina tenía que hacerlo; pues como le había escrito muy justamente a Otto, algo había quedado ligado en ella, de lo que no podía ya extraer alimento su amor hacia él, y esto había cambiado el color de la flor. Por otra parte, ella quería reposo y sosiego, algo que no podía encontrar junto a Otto.
        Pero, ahora, la decisión había dado lugar a un nuevo proceso, pues la dulce morada de Karenner había lanzado un soplo, que había vuelto a caldear el corazón de Rupertine.
        La avalancha está virtualmente, por así decirlo, en manos de unos pocos de nieve que se funden. De igual manera, suavemente y con secreta insistencia, también se había anunciado una nueva vida en Rupertine. Pero no toda bola de nieve que producen los Alpes tiene necesariamente qué desencadenar una avalancha…


11.


Transcurrieron varios meses desde los sucesos que hemos descrito. Las bellas cimas de la Bergstraβe titilaban con los verdes brotes de las viñas y los árboles del bosque, y la superficie amplia y espléndida del Rin veíase caldeada por la dorada luz del sol. La oscuras sombras de las nubes se deslizaban sobre los campos, y traían ese atractivo y fugaz entrecruzarse de paisajes iluminados y oscuros, que suelen verse tan frecuentemente en primavera.
Rupertine estaba de pie, vestida con un vestido de seda azul violeta en la terraza que se encontraba en el límite de la cerca del jardín, mirando atentamente hacia el camino rural. Como no aparecía nadie, se impacientó, y dio golpes con el pie y la punta de la sombrilla en los muros laterales, mientras sus rasgos asumían una expresión de descontento. Finalmente, apareció a lo lejos quien estaba esperando. Bajó con rapidez de la terraza, y riendo alegremente, voló hacia Karenner, que venía fustigando su caballo, al trote corto.
Tras parar al bello animal, cubierto de sudor, Wolf le dio ceremoniosamente la mano a su mujer. Rupertine la estrechó apasionadamente, mientras acariciaba suavemente el cuello del caballo, y le decía, con un ligero todo de reproche:
           - ¡Cuánto has tardado en regresar, Wolfgang!

Te pido mil perdones, Rupa —respondió Karenner, inclinándose cortésmente—, pero no he podido remediarlo. No te haces idea de la incansable fuerza que se encierra en esta yegua. Parece tener el diablo en el cuerpo, y he necesitado estarme dos días en el patio para poder lograr que me obedezca. No sé si otro hubiese podido lograrlo.
La yegua resopló con fuerza y cabeceó impacientemente, mientras hincaba su pezuña derecha en el polvo de las calle. Sus ojos lanzaron un verdoso destello traicionero.
Sí, es verdad, sangra —dijo Rupertine, compasiva; y luego, amenazándola con el dedo añadió—. ¡Qué mala eres!
¡Oh, esto no quiere decir nada! –dijo Karenner—. La espuela ha debido herir alguna venilla. Tuve que utilizar incluso el hierro, porque era indomable y quería desmontarme. Pero yo creo que ni ella misma creía que lograría hacerlo.
Y, riéndose, le dio unas palmadas en el cuello, dejándola andar un poco hacia delante.
Rupertine se regodeó en la imagen de fuerza que ofrecía Wolfgang. Su corazón comenzó a latir intensamente, y disimuló el deseo que brillaba en sus ojos.
Vas a conseguir que me convierta pronto en una viuda joven —dijo con voz un tanto temblorosa; y, dando un ligero golpecito con la mano al caballo, prosiguió: Deshazte de este malvado animal; lo odio. ¿Por qué no quieres comprar un caballo blanco? Son mucho más bellos, y mejores animales que estos zorros.
Karenner se rió con ganas. Azuzó a la yegua y dio algunas vueltas alrededor de Rupertine. Luego tiró de repente de las riendas hacia atrás y se plantó firme sobre la silla, haciendo lanzar fuego por los ojos a la yegua, que se irguió en corveta ante ella. Rupertine lanzó un grito, y salió corriendo hacia la puerta del jardín.
Entretanto, había acudido apresuradamente el mozo de cuadras. Wolf bajó del corcel y se lo entregó, aproximándose luego a Rupertine, a la que abrazó por el talle.
Eres cruel, Wolf —dijo, con un gesto— ¡Me has dado un susto tremendo! No aguanto que te subas a la yegua. Te vas a romper el cuello.
Cálmate, Rupa —respondió él, tranquilizándola—. Si hay un arte que domino es el de cabalgar. Desde luego, esto no significa que no pueda caerme, pero es bastante improbable. Por lo demás, no es tan fácil romperse el cuello. Ves, Rupa —prosiguió, después de una breve pausa—, no hay ningún movimiento más bello que el que proporciona un vivaz corcel. Si he de serte franco, mi época de soldado constituye mi más bello recuerdo: era un placer volar, cabalgando solitario por una amplia llanura, igual que una veleta al viento. Sólo puede equipararse al estremecimiento que te acomete cuando formas parte de un regimiento que se lanza al ataque con sus lanzas, bajo el sonido de las cornetas. ¡Cómo sentía bullir mi sangre, y cuán anhelante se volvía mi respiración, oprimida por la presión del aire! Mirando a izquierda y derecha los rostros de mis compañeros, esos jóvenes campesinos alemanes que eran mis camaradas, comprobé cómo aumenta el placer cuando crece el peligro. Raramente se produce una desgracia, pero es verdad que la mortaja puede estarle reservada a cualquiera.
Rupertine había seguido su descripción conteniendo la respiración. Parecía sorber las palabras de sus labios, y apretaba excitada su brazo. Wolf la miró, y sintió una punzada en su corazón.
¿Qué había en los ojos de Rupertine?
Wolfgang pudo verlos consumidos por la llama del deseo, tras caer todos los velos que lo disimulaban. Le costó trabajo recuperar su compostura, y dijo con voz baja, y en tono indiferente:
Fueron buenos tiempos; pero, gracias a Dios, todo esto pasó. Mientras no se conoce la ley que se cumple en cada movimiento que hay en el mundo, se sigue siendo un niño; pero, en cuanto se conoce, desaparece toda ilusión [so schwindet jede Illusion], y lo único que se anhela es la meta de todo movimiento, la inmovilidad [Bewegunslosigkeit], es decir: la paz [dem Frieden].
Los labios de Rupertine se contrajeron en una dolorosa mueca, y sus párpados bajaron pesadamente.
¡Sin embargo —exclamó tras una breve pausa, con un ligero deje burlón—, incluso usted, sobrio señor filósofo, ha sentido el placer del movimiento! ¿No dijiste antes que es un placer maravilloso cabalgar por una llanura?
¡Cierto! —respondió Wolfgang—; pero renuncio a ese placer. Y, riendo, añadió: “Te seré franco, Rupa: renuncio a darme esta alegría, menos por temor ante la excitación que por economía. ¡Ja, ja, sí, por economía! —repitió—; no me mires así de incrédula y socarrona. Suena raro, pero es completamente cierto: existe una gran diferencia, incluso para alguien derrochador, si se tiene bajo las piernas un caballo propio o un caballo que está al servicio del Rey. En la caballería existe un dicho: “En el establo un caballo vale millones, pero al raso muy poco”. Y por eso puedes ver cómo cualquier jinete, que tiene el corazón en su sitio, se inclina mil veces, con conmovedora asiduidad, para que su caballo paste y se alimente, mientras que, cuando está en campo abierto exige el máximo rendimiento de su caballo. Aún resuenen en mis oídos las palabras del sargento mayor Buchholz, que no se cansaba de decirnos en la clase de equitación: “Cuando cabalgamos, cabalgamos. Si la bestia no obedece, hincadle las espuelas hasta que muera, que ya se os dará otra en el establo.” Y así ha de ser, si la caballería ha de ser un instrumento eficaz de disciplina, y no un simple artificio de parada. Pagamos impuestos para la tragedia, y no para comedias que se exhiben ante príncipes y princesas que bostezan. En cambio, para un propietario privado es otra cosa: mi fusta me ha costado 180 luises de oro.
Rupertine se rio, lanzando una alegre carcajada.
Por eso —prosiguió Wolfgang—, me disculparás, si te dejo ahora. Friedrich es un buen muchacho, pero ya sabes que “sobre lo bueno está lo mejor”. Hay que secarle el sudor a este animal tan valioso, no sea que se enfríe, y quiero hacerlo yo mismo.
Se fue, y Rupertine le siguió con la mirada, extrañamente excitada, hasta que desapareció tras la puerta del establo.


12.


Desde que tuvo lugar esta conversación, fue deslizándose un mal espíritu por aquella recogida y pacífica villa, como si se hubiese colado por el hueco de la cerradura, aunque no se puso de manifiesto aún abiertamente; pero el ambiente fue haciéndose cada vez más opresivo y sofocante.
El apasionamiento que había percibido estremecido Karenner en los ojos de Rupertine, le perseguía durante día y noche, incluso en sueños. Al principio, pensó que se trataba de una ilusión suya, y que se había equivocado; pero Rupertine rompió rápidamente la ilusión. Cada vez se ponía más de manifiesto, y sin rebozo, que, con el trascurrir del tiempo, debido a la halagadora costumbre, la tranquilidad y gran seguridad de su existencia. Su demonio había despertado del letargo, y sus labios, antes pálidos y cetrinos, ahora parecían turgentes y apegados a la vida. La última prueba del camino infernal que estaba atravesando fue el serio esfuerzo que hizo para adueñarse de su pasión. Luchaba duramente con su demonio, y padecía lo indecible. Pero tras cada victoria del espíritu, volvía a alzar orgulloso su cabeza, y se plantaba descarado ante ella, al tiempo que iban faltándole las fuerzas y su angustia aumentaba.
Karenner no hacía más que pensar en cómo podría conjurar la tormenta, que preveía cada vez más próxima. Ya en Italia, como hombre experimentado e inteligente que era, había sopesado con cuidado la manera de vivir que debían seguir con su mujer, para que no se viesen alterados los fundamentos de su matrimonio, que le eran necesarios, y que pertenecían a su existencia. Se había dado cuenta, muy acertadamente, de que debía activar el resorte del cultivado espíritu de esta mujer temperamental. Y desde que habían vuelto, había procurado introducirla en el casto círculo de su estricto trabajo intelectual, no como colaboradora, sino, de momento prudentemente. como un huésped, en el que quería despertar el placer por la resolución de difíciles problemas científicos y el entusiasmo por la creatividad. Además, había estimulado su gran talento musical, y con el pretexto de su gran preferencia por la música antigua, había hecho que profundizase en el estudio de la música eclesiástica italiana antigua y en las obras saludables, claras y potentes de Bach. Sus cálculos no se engañaban. Aquel diamante en bruto se fue puliendo, y Wolfgang se alegró al verlo resplandecer con todos los matices que pueden caracterizar a la humanidad. El precioso alimento que se daban mutuamente permanecía puro y sin verse mancillado por lo apetitos, porque el demonio de Rupertine estaba adormecido.
Pero ahora era como si la pasión hubiese entrado por la noche en el tranquilo círculo de su actividad, trastornándolo todo. Karenner veía la lucha de Rupertine consigo misma, y observaba con dolor la represión que tenía que ejercer esta criatura tan digna de amor sobre las apetencias instintivas que se alzaban en su interior. No hacía más que plantearse cómo podría espantar tan peligroso e incómodo intruso, y después de haber rechazado todos los medios, incluso el de mantener un trato más frío y espaciado con ella —algo que rechazaba con todas sus fuerzas un hombre sensible como él—, se decidió a cultivar con más ahínco su parte más pura, actuando sobre su entendimiento. Si hasta entonces se había esforzado por hacer que Rupertine se familiarizase con multitud de hechos encantadores y cautivadores del amplio campo de la moderna ciencia de la naturaleza, se centró ahora en lo particular, poniéndola en la cumbre de la ciencia, desde donde incluso el arte y sus puras alegrías sólo se muestran como un peldaño para el espíritu que tiende más lejos. No se disimulaba que quizás este medio fuese ineficaz, y que probablemente no ayudaría mucho, pero no encontró otra salida, y se abandonó resignado a lo que trajesen los próximos días.
Lo maravilloso es que esa confianza en el factor del destino humano, que se encuentra fuera de nuestro poder, y cuya intervención cabe remitir a un plan sumamente sabio, no se mostró ilusoria. Todavía estaba meditando Wolfgang cómo podría exponer su decisión de la mejor manera, cuando la crisis fue decida desde fuera, y su eclosión se vio impedida, provisionalmente.
El viejo Del Fino se puso muy enfermo. Contrajo una fiebre, que muy pronto se reveló como tifus. Rupertine, completamente desencajada, y en un estado digno de lástima, se trasladó a la casa paterna. y veló día y noche al lado de la cama de su padre, al que le ataba desde niña un intenso cariño. No tenía madera en absoluto de cuidadora de enfermos, pero no quiso salir por nada del mundo de la habitación de su padre. Wolfgang se dio cuenta de que no podría conseguirse nada de ella, ni por las buenas ni por las malas, y la dejó hacer, no sin haberse ocupado de que el cuidado del enfermo quedase en manos seguras, pues las disposiciones de la hija, aunque eran bienintencionadas, no contribuían mucho a mejorar su estado.
Pero ni los cuidados, ni el arte médico pudieron impedir la muerte del erudito. No habían pasado once días desde que se había visto obligado a guardar cama, cuando Karenner le cerró los ojos.
Rupertine se comportó como si se hubiese vuelto loca, mostrado a las claras y de una manera terrible, la exaltación de su carácter y su incapacidad para sufrir. Lo único que puso límite a su explosivas muestras de dolor era el agotamiento físico. Los arrebatos se sucedían, y cualquier intento de consolarla le resbalaba, e imprecaba al destino, lanzándole palabras salvajes y deshilvanadas.
Karenner sentía profunda compasión por ella, a la vez que luchaba contra el disgusto que le producía su falta de contención. Para aquel hombre reflexivo, todos esos aspavientos le resultaban muy desagradables. Estuvo tanto tiempo como le fue posible junto a ella, y se esforzó por apartar de su camino todo aquello que pudiese alimentar su dolor.
Dadas las circunstancias, fue casi una suerte que Rupertine fuese acometida por una leve fiebre nerviosa. Entonces pudo dedicar su atención sin obstáculos al caos que le rodeaba, para restaurar el orden, con incansable energía.
Encontró que los fondos del fallecido estaban casi agotados. Había sido el típico erudito, al que le angustiaba cualquier trato directo con el mundo, huyendo de él, y como sustituto de su aislamiento, había puesto el dedo justo en el centro donde convergen todos los hilos que rigen los sucesos humanos, y se hace sentir de inmediato la enfermedad del cuerpo social; dicho llanamente: había especulado sin cesar en la Bolsa, y como podía verse ahora, sin la más mínima suerte. Wolfgang se apresuró a equilibrar las cuentas y pagar todas las deudas, pero los cheques bancarios y la casa de del Fino, cuyo alto valor apenas podía satisfacer el resto del débito, lo dejó intacto Karenner, pues era su mujer la que debía decidir qué hacer con todo aquello.
Rupertine se recuperó, aunque lentamente, y al principio pareció casi como si su cuerpo ya no pudiese volver a tener la fuerza que antes poseía. Estaba muy apaciguada y su rostro, pálido y demacrado, reflejaba una profunda y conmovedora melancolía.
Pero, poco a poco, se repuso por completo, y comenzó a participar en todo lo que le rodeaba.
Entretanto, había llegado el verano, y los bosques se llenaron del adorno de sus hojas, y los cálidos rayos solares hicieron que las vides creciesen con exuberancia.
La primera salida que hizo Rupertine fue a la tumba de su padre, que encontró cuidada con esmero, cubierta con bonitas plantas exóticas, que causaron en ella muy agradable impresión. Rupertine estrechó agradecida la mano de Wolfgang, que la había acompañado, y sollozó amargamente, pero en voz baja y a hurtadillas.
Mientras regresaban a casa, Wolfgang sacó a colación la herencia de del Fino, y le pidió a Rupertine su opinión acerca de qué hacer con ella. Aunque no entendió bien todo lo que le dijo, la joven comprendió lo suficiente como para causarle una intensa agitación. Siempre se había considerado rica, porque sabía que su padre venía de una familia bastante acaudalada, y ahora se encontraba sin apenas nada. Este pensamiento la avergonzó, y su confusión aumentó, cuando vio que Karenner no le estaba diciendo todo. Le pidió, con lágrimas en los ojos, y sin ser apenas dueña de sí, que lo vendiese todo, incluso los muebles, de los que sólo quería tener algunos, como recuerdo de sus padres.


13.


Karenner aprovechó el estado de ánimo reposado que atravesaba Rupertine, para poner en marcha su plan. No era un filósofo genial, capaz de abrir nuevos caminos, pero sí un filósofo práctico. Había estudiado en profundidad las obras de todos los pensadores más señalados, y se había construido una cosmovisión a partir de materiales tomados en sus puntos más importantes del sistema de Schopenhauer. Spinoza representaba su ideal, como ser humano, y a menudo decía que, si tuviese poder, haría que todos los muchachos de más de doce años estudiasen una vez por semana en las escuelas la vida de este sabio.
Tan pronto como tuvo clara su cosmovisión (que en lo esencial era un eclecticismo pesimista [ein pessimistischer Eklekticismus]), lo asumió con toda la energía de su carácter, e hizo de él la ley inalterable de su vida. Era una de aquellos raros hombres que en su trato cotidiano son de trato amable, asequible y dócil, hasta el punto de que se les tiene por débiles, pero que permanecen siempre firmes sobre sus principios. Si se les pone a prueba, muestran una obstinación de hierro, que nada puede doblegar; y si han de doblarse, y no encuentran ninguna salida, terminan por quebrarse.
Poseía, en grado sumo el señalado talento de exponer la filosofía de un modo agradable y cautivador. Prescindiendo del dulce timbre de su voz, que atraía a cualquiera que la escuchara, esta cualidad se debía en parte a la clara y precisa disposición de los pensamientos, y en parte a la cuidada elección del tema. Como profesor académico hubiese llegado a ser famoso.
Como no podía ser de otra manera, Rupertine pronto cayó presa del encanto de este nuevo dominio que le abría Wolf, considerándolo conveniente para su carácter. Él había escogido la cultura de la antigua India como tema, pues esta podía servir a sus fines como ninguna otra, ya que le permitía exponer las verdades más antiguas, dulcificadas a través de la poesía.
Pero había algo que había olvidado y con lo que no había contado: él mismo; pues estaba atrapado en los encantos de esta tierra maravillosa, y cuando hablaba de sus tesoros, lo hacía con arrebatadora elocuencia: sus ojos fulguraban, y su pálida frente e pensador parecía anunciar por anticipado los pensamientos.
Wolfgang logró hacer que la razón de Rupertine apreciase la cosmovisión hindú, pero, al mismo tiempo, inflamó su corazón más que nunca. De manera que rechazó esta doctrina, que le resultaba antipática, y abrazó al maestro. Karenner se dio cuenta, estremecido, que su intención había fracasado.


14.


       El ambiente de aquella bonita casa se fue haciendo cada vez más sofocante.
       La crisis resultaba inevitable, y se aproximaba a marchas forzadas.
       Era una tranquila noche de julio. No soplaba brisa alguna, y la luna llena iluminaba el diáfano éter. Su luz besaba las flores del alegre jardín, que temblaban, ensoñadoras, lanzando un perfume embriagador. Aquella noche veraniega se presentaba espléndida.
       Las ventanas de la biblioteca que daban al jardín estaban abiertas de par en par. Rupertine estaba sentada junto a una de ellas, y miraba, pensativa, el sereno paisaje, mientras Wolfgang, desde la otra, apuntaba un magnífico telescopio Fraunhofer hacia la luna. Cuando se hubo convencido de que el telescopio estaba bien dispuesto, llamó a Rupertine, y la invitó a mirar. Ella contempló, por largo espacio, la imagen, ahora cercana, del satélite, y volvió a sentarse, meditabunda, sobre un canapé.
       Wolfgang rompió el silencio.
—¡Mírala! ¡Una calma mortal; frialdad, rigidez por doquier; ni aire, ni agua, ni un solo organismo, ni una brizna de hierba! Y este vacío desierto danza desde incontables siglos por el éter, sin otra meta que transformarse en un futuro lejano otra vez en un pequeño mundo en llamas, sin que haya nadie allí para contemplarlo. ¡Si al menos hubiese un ojo humano, que pudiese contemplar, extasiado, el espectáculo!
—La verdad, me resulta inconcebible —dijo Rupertine—; me basta con la representación, y la impresión que causa sobre mi ánimo. Además, me es completamente indiferente, si la luna es un desierto, o un jardín floreciente: Ella nos proporciona noches luminosas y dulces, y asó consigue producir en nosotros un estado de ánimo muy especial, y eso es lo principal.
—¡Tienes razón! —respondió Karenner—, y este punto de vista tuyo me encanta. A partir de él llegamos, a la postre, a la impresión principal que el entramado entero del universo debe producir en el ánimo del investigador, y que nada describe más adecuadamente que esos versos hindúes, que tú ya conoces:
"Una gota, que tiembla en la hoja del loto:
así de rápido transcurre nuestra lábil vida.
Esas grandes cordilleras, y también los siete mares,
el sol, y los sublimes dioses mismos,
tú yo, el mundo: todo el tiempo lo destruirá.
Nada, pues, nos debe preocupar."
       También aquí hay otro punto de vista filosófico específico, que aún nos debe hacer más indiferentes. Vistos desde allí, no sólo se reducen todas las estrellas y nuestra tierra a la nada, sino que tú misma eres nada. Eres un ser insustancial. Yo, me limito a vivir. Y si eres realmente un ser que buscas, algo que yo no puedo saber con total certeza, yo debo ser en tus ojos, desde aquel punto de vista, una mera apariencia, la sombra de una sombra: obra tuya.
        Los ojos de Rupertine se iluminaron, y contestó con acaloramiento:
—Bueno; mas si el entendimiento me dice que el tiempo nos destruirá a ti, al mundo y a mí, también me dice que ahora estamos vivos, y esto es una certeza que siento con alegría; y cuando me pongo en ese último punto de vista enloquecido que has expuesto, creo en mi obra y pienso en su reflejo, aunque solo sea el reflejo de un reflejo. Como dije antes: mi estado de ánimo se atiene a lo principal, o, como dice Goethe:
"El sentimiento lo es todo.
El nombre es ruido y humo,
Que ofusca el esplendor del cielo."12
        ¡Oh,un cielo brillante y despejado! ¡Que dicha más profunda sería morir diariamente entre las llamas, y celebrar a diario satisfecho nuestro renacimiento!
        Karenner acudió presto a ocuparse de su catalejo, para ocultar su emoción. Otra vez se le había escapado. Sus esfuerzos sólo servían para fortalecer aquello que intentaba asfixiar: el tormentoso amor que ella profesaba a la vida. Se deprimió desesperanzado, y se puso mortalmente triste.
        Pasados unos instantes, se dirigió a Rupertine y, serio, le dijo:
—Es ya tarde, Rupa. Buenas noches; estoy muy cansado.
        Ella se levantó con presteza, abrió el estante que contenía los clásicos antiguos, y dijo con voz vibrante:
—Yo también voy a retirarme, querido Wolf; mas quiero antes elegir alguna lectura.
        Y cogió un libro, poniéndose a hojearlo un rato. Luego, cogió un pedazo de papel, y lo puso en él, a manera de señal.
        Le dio la mano a Wolf, que él besó, evitando su mirada, mientras decía: "Que tengas felices sueños, Rupa".
         Ella abandonó la habitación, con paso un tanto vacilante y la cabeza baja.
         Cuando Karenner se vio solo, paseó inquieto de un lado a otro. Miraba triste al suelo, lanzando profundos suspiros. Daba la sensación de estar roto. Entonces, de repente, vio el libro que Rupertine había elegido, encima de una silla, y lo cogió para llevárselo, porque creía que lo había olvidado. Cuando se encaminaba hacia la puerta, sin saber muy bien lo que hacía, abrió el libro por la página donde estaba la señal, se sentó, y leyó ambas páginas. Se trataba de los Anales de Tácito. Cuando acabó, dejó caer el libro, pero entonces un relámpago cruzó por su cabeza: volvió a coger el libro, y leyó el siguiente pasaje: "Mas Agripina, tenaz en su enojo, enfermando y siendo visitada de César, prorrumpió luego en lágrimas, y estuvo un rato sin poder hablar palabra. Después, haciendo una mezcla de quejas, de enojo y de ruegos, comenzó a anteponerle: Que remediase su soledad, dándole marido; que se hallaba todavía en edad conveniente para ello, y con sólo el consuelo de las buenas, que es el matrimonio."13 Estas palabras le parecieron impresas a fuego, y le pareció claro como el día que Rupertine había dejado allí los Anales a propósito.
        Se levantó de un salto, muy enojado. Había tenido lugar la descarga que había temido, y se vio lanzado hacia un abismo. "Pues caigamos juntos —exclamó—. La muerte os salvará, a ti y a ella, de los peligros de la vida, de su arrebatada naturaleza y de su sangre ardiente."
       Pero la reflexión se impuso, sobreponiéndose al torbellino, y emergiendo a la superficie. Se dio cuenta de que estaba siendo injusto con ella, pues Rupertine no podía ser medida con sus patrones, sino que poseía su propia medida; de manera que se puso en su lugar, porque sólo desde allí era posible juzgarla correctamente.
        La había visto luchar durante meses, y había visto la temible ferocidad de su carácter. Lo había reprimido, porque aquella criatura, joven, en flor y amante de la vida, debió hacerlo, ¡y cuán atado había estado este ánimo apasionado y salvaje con las ligaduras de la razón, la discreción y la vergüenza! Pero desde lejos, la veía arrodillarse, y anunciarle su corazón, por boca ajena, utilizando aquel texto.
       ¿Habría de lamentarse de que el destino le hubiese negado la felicidad de una comunidad pura, basada solamente en el espíritu, con aquella mujer genial, a la que amaba como una hermana desde que la conocía? Tal felicidad no era de este mundo: algo así habría supuesto romper con todas las leyes que en él rigen, y habría sido un milagro.
       A pesar de ello, pensó por un instante en renunciar a todo. Ya no le era posible separarse, pues el trato con el espíritu de Rupertine, el estímulo que recibía de ella, las ráfagas de luz que arrojaba sobre él aquella piedra preciosa, el alimento que recibía su pensamiento a través del suyo, habían llegado a ser para él una verdadera necesidad.
       Desesperado, se preguntó: "¿Qué hacer ahora?" Sintió vacilar bajo sus pies el seguro suelo de sus principios, y sintió temblar el fundamento de su existencia.
       En esta terrible vacilación, se alzó de nuevo ante él la imagen de su madre; pero esta vez el rostro de aquella mujer anciana de cabellos grises calló, y le pareció como si le mirase con ojos extremadamente tristes.
       En cambio, la Faz de Cristo del Correggio le habló de manera mucho más clara y distinta.
       ¡La lucha se había decidido! Las olas fueron calmándose y su alma volvió a ser un terso espejo.
       Se sentó a la mesa, y escribió, con mano firme:
      "No te enfades, Rupa. Igual que debiste tomar mi mano, cuando tuviste que elegir entre Otto y yo, ahora has debido sentar tu mano sobre el fundamento de nuestro matrimonio.
      "No sé lo que sucederá; pero tengo confianza en la mano invisible que dirige el destino de los hombres.
       "Estaré fuera unos catorce días. Cuando regrese, desearía emprender contigo un viaje por Grecia y Egipto. Vivimos demasiado aislados, y debemos distraernos. Prepárate, pues, para una larga ausencia."
        Fue a su dormitorio, organizó un pequeño bolso de viaje, y abandonó la casa sin hacer ruido.


15.


         Rupertine pasó una noche angustiosa, en la que se mezclaban sueños horribles con otros alegres y amables, de los que fue consciente en todo momento, porque se despertaba muy a menudo.
          Se levantó cansada y agotada, se vistió, y se encaminó a la habitación de Karenner. Temblaba, cuando puso la mano en el pestillo de la puerta. Hubiese ofrecido cualquier cosa, a cambio de que no haber dado el paso que desató los sucesos de la última tarde. Tenía la esperanza de que Wolfgang no hubiese advertido el libro. Rápidamente, retiró la mano, y fue a la biblioteca, para ver si era cierto. Allí vio sobre la mesa el libro abierto, y junto a él la carta de Wolfgang.
         La leyó, y cayó de rodillas, superada por la melancolía. Reclinó la cabeza sobre la mesa y rompió a llorar convulsivamente.
         Poco a poco se fue calmando. Contaba con la solidez de su relación, y eso, unido a las palabras de Wolf, le hizo cobrar de nuevo ánimos. Se dijo a sí misma que debía aguantar, y poner su corazón en luchar con todo su empeño para poder vencer al demonio que la agitaba.
         Pero en el fondo más profundo de su alma se encerraba un feo sentimiento, que se reflejaba confusamente en su espíritu y aún no podía conocer: la vanidad herida. No hubiera sido una mujer, sino un ángel, si ese sentimiento no se hubiese removido. Sentía, aunque sólo oscuramente, que algo, que antes era una mera sombra, se había interpuesto entre ella y Karenner, y tembló.


16.


        Rupertine se puso a disponer los preparativos del viaje. Vio que había que hacer varias compras, y se fue a Frankfurt, para adquirir lo necesario.
        Cuando hubo comprado, o encargado, los objetos de aseo y vestidos, y se disponía a dirigirse a la estación, se dio cuenta de que les faltaba una guía de viaje. No quería anticiparse a Karenner, pero pensó que le agradaría poner en su conocimiento qué libros había en relación con el periplo que querían realizar.
       Fue, pues, a la librería Jügel, para ver qué había disponible. Se sentó, y leyó atentamente los títulos de los libros. El establecimiento estaba lleno, y constantemente llegaban y se iban clientes. De pronto, sintió que una mano helada cogía la suya y la apretaba; se volvió sorprendida, ¡y vio el rosto de Otto, recubierto de una palidez mortal!
       Sintió que toda la sangre se le agolpaba en el corazón, y quedó tan sofocada, que apenas podía respirar. Próxima a desvanecerse, tuvo que apoyarse, para no caer; pero rápidamente recobró la compostura. Sus mejillas enrojecieron, y un ardiente color bronceado recubrió su pecho y el cuello.
        Miró a Otto, y vio cómo sus grandes ojos azules reposaban sobre los suyos, lanzándole una penetrante mirada. Sus labios temblaban, como si quisiesen hablar; pero no pronunció ni una palabra.
       Rupertine se levantó, mientras murmuraba: "¡Oh, Dios! ¿Por qué ha tenido que producirse este reencuentro?"
— Rupertine —respondió él, con el ceño sombrío y las cejas fruncidas-, ¡concédeme un instante! Lo he estado deseando, con el corazón ardiente, durante los largos y dolorosos meses transcurridos desde que recibí tu carta. No quería turbar tu paz; si no hubiese sido así, hace tiempo que habría venido; pero hete aquí que el azar te pone en mi camino... ¡Y por Dios —murmuró, con salvaje porfía—, no te volveré a dejar!
       Y luego, dirigiendo los ojos hacia el cielo, añadió más suavemente: "¡Señor, a pesar de todo, eres misericordioso!"
— Vámonos, Otto —dijo ella en voz baja—; estamos llamando la atención.
       Él retiró rápidamente su mano. Rupertine se despidió del librero, al que conocía; cogió una guía Murray, para echarle un vistazo, y ambos abandonaron el establecimiento.
        Cuando estaban en la calle, Otto puso su brazo sobre el de ella, y dijo:
— No puedes dejar de concederme una cosa: déjame acompañarte hasta la estación. Quizás sea la última vez que nos veamos en esta vida; más, ¡qué digo! —se interrumpió, con presteza—: Seguramente, no nos volveremos a ver.
        Al decir esto una extraña sombra pasó por sus ojos, haciendo que su iris de color azul oscuro se pusiese casi negro, al tiempo que su frente expresaba una sombría determinación.
       Rupertine temblaba. Él no aguardó a que le contestase, e hizo señas al cochero de un coche cubierto. Ni se le pasó por la cabeza que ella pudiera oponerse, y, además, si se hubiese negado a subir, él la habría obligado. Sólo veía ante sí dos horas de esplendorosa felicidad con ella: más allá de esto, no había más que la noche, la nada.
        La ayudó a subir al coche, y tras sentarse junto a ella, y poner el sombrero sobre sus rodillas, ordenó al cochero: "Dé dos vueltas a la ciudad, parando en la Schöne Aussicht, en Mainzer Thor y luego en la Estación, salida Main-Neckar".
        Luego, cogió la mano de Rupertine y permaneció largo rato en silencio. Solo de cuando en cuando le apretaba su pequeña y querida mano, llevándosela a los labios, aunque sin mirarla.
        Bruscamente, se volvió hacia ella y dijo, mirándola fijamente:
—¿Qué vamos a decirnos? Es mejor estar tranquilos, callar, y no decir nada. Sólo déjame tu mano, Rupa. —y, tras esto, añadió con tono amargo—: No temas nada. Eres suya, y no un pájaro libre; de modo que prometo atenerme al mandamiento: "No desearás la mujer de tu prójimo."
        Rupertine ocultó su rostro en el pañuelo, y le rogó con voz ahogada por el llanto: "Otto, por el amor de Dios..."
—Tú mandas. Estaré quieto. No quiero perturbar tu paz; ya te lo he dicho. Eso fue lo que me llevó a detenerme cuando, impulsado por mi corazón, quise irme contigo. Pero —prosiguió tras una breve pausa—respóndeme a una pregunta, antes de que nos separemos para siempre; debo saber la respuesta, antes de que yo... bueno, no importa...: ¿Eres feliz?
        Sintió palpitar su mano. Ella no respondió enseguida; pero, al cabo, dijo:
—Wolf es el hombre más bueno y noble que hay sobre esta tierra.
—No es esto lo que quiero saber de ti —dijo furioso. Y, con sarcasmo, añadió: Ya conozco su sublime y orgullosa virtud... ¿Pero eres feliz, Rupa? —repitió, con insistencia, con una voz en la que resonaba una angustiosa súplica.
        Ella tardó de nuevo en responder; finalmente, susurró con voz apagada: "¿Qué es la felicidad?... Sí, soy feliz."
—¡Mientes, Rupa! —exclamó él con pasión, mientras le apartaba, con dulce violencia, las manos del rostro— ¡Dímelo otra vez, mirándome a la cara! Lo ves, Rupa: No eres capaz de repetirlo.
—¡Otto! —profirió ella, con profundo reproche, tratando de mirarle con enfado; pero, al ver su bello rostro, franco y apasionado, no pudo hacerlo. Sus cabellos rubios pendían sobre la pálida frente, y en sus ojos se veía la tristeza más profunda.
         Ocultó de nuevo el rostro, con un sollozo contenido. Otto callaba. Y así completaron su primera vuelta. Rupertine oyó ruido, y miró en torno suyo. Cuando vio que se encontraba en la estación, le dijo a Otto: "Por favor, déjame bajar." Pero él le rogó con tanta ternura que se quedase, que ella cedió. Pasados unos instantes, dijo él, con sosiego:
—Óyeme, Rupa, lo que he de decirte aún, y no me interrumpas, por favor. Sé que va a sonar algo extravagante, pero he de sopesar cada una de mis palabras, porque se trata de nuestra vida y de nuestra felicidad. La situación en la que estamos es tremendamente seria. Tú no eres feliz. No quiero que me digas por qué, me basta con saber que es así. Por lo demás, todo me parece muy claro, pues os conozco a Wolfgang y a ti. Tú me enviaste aquella carta cruel, porque el destino te había destrozado; pero ayer, no la habrías escrito.
         Ella quiso hablar, pero Otto respondió con rapidez:
—Tranquila, Rupa, tranquila. No podemos engañarnos; esto no puede ser real. Tú me amas, y yo merezco tu amor. Me has sido vilmente arrebatada. Te adoro, y eres todo para mí.
        Se detuvo un momento, y luego prosiguió:
No eres feliz; pero por eso mismo Wolf debe ser infeliz. Cuando profundizo en su carácter, siento que debe sentirse terriblemente constreñido por ti. Sí, lo siento, aún más: lo sé: ha hecho un sacrificio sobrehumano, cuando te condujo a su casa como esposa, un sacrificio que yo, en circunstancias parecidas, no habría sido capaz de hacer. Le debes inmarcesible agradecimiento, hasta el umbral de la eternidad, y también yo, porque te ha conservado para mí. Lo que ha hecho podría llevarme a mí, un hombre que ama la libertad por encima de todo, a servirle durante años, como un verdadero esclavo. Pero, precisamente porque le estoy agradecido desde lo más profundo del corazón, te pido ahora que seas agradecida con él, pues representas para él una carga tremenda...
         Un grito contenido de Rupertine, le hizo callar; pero, después de una pequeña pausa, repitió, sin miramientos:
—Sí, Rupa, eres una tremenda carga para él; y sobre este punto no tengo la menor duda. Quizás no te hayas hecho cargo aún de esta verdad, y la oyes ahora por vez primera de mis labios. Las mujeres juzgáis todo de manera demasiado subjetiva. Y también te conmino a que no te dejes engañar por el comportamiento de Wolfgang. Alguien que puede hacer tamaño sacrificio, también puede soportar todas las consecuencias que éste acarrea, forzando su espíritu... Cada día que pasas junto a él es un crimen, cada minuto que le concedes es, por contra, una gracia divina.
          Rupertine parecía asfixiarse; estaba horrorizada.
—Bueno —empezó de nuevo Otto—, basta de hablar de vosotros dos. Hablemos ahora de nosotros, y, primero, de . Antes de decir lo que ahora voy a decirte, he de admitir, honradamente, que actué como un cobarde. Pero, ¿le dice el náufrago a sus compañeros, que quieren subirse a la plancha en la que solo cabe uno: "Por favor, subid vosotros, que yo renuncio a ello"? Se trata de mi vida y de la tuya: aquello que me es más querido está en juego..., y debo apostarlo todo para salvarlo.
       "Cuando recibí tu carta, quedé aturdido, y mis facultades quedaron como paralizadas. Lo había perdido todo, y con ello se esfumó mi gusto por el arte. Cuando supe que debería renunciar a todo, decidí suicidarme lentamente [beschloß ich langsamen Selbstmord]. Pues uno puede matarse, Rupa, sin utilizar soga ni pistola, puñal ni veneno. Y —prosiguió, con una cortante amargura— uno se siente bien al hacerlo. Es sencillo morir, como oí una vez en cierto drama, pues la vida misma puede matarnos [durch das Leben selbst]. Nuestra energía no es infinita, y se deja mortificar, por así decirlo, a plazos, pudiendo casi contarse el día en que se apaga su chispa postrera.
       "Pero yo no he de acabar así. El destino no lo quiere. Hoy, te ha puesto de nuevo en mi camino, y todo es distinto. Y por eso te digo —sé que es realmente cobarde, pero no puedo evitarlo—que, si me abandonases hoy, dejándome sin esperanzas, mañana estaré muerto."
       Rupertine se reclinó en el coche, como inerte. Ya no podía siquiera llorar, pues lo desmedido de su dolor había embotado sus sentidos por completo. Miraba fijamente a Otto, y sus ojos mostraban un fulgor próximo a la locura. Otto prosiguió:
—No te hagas ilusiones, Rupa. No estoy amenazando, sino que simplemente hablo de un hecho, que has de sopesar, y que he de comunicarte, para que no me hagas ningún reproche tras mi muerte. Soy cruel, lo sé; y también sé que soy un miserable; pero tampoco han tenido piedad conmigo. Si creyeses que sólo estoy amenazando...; ¡Pero no! —se interrumpió— ¡no y no! No puedes creerlo, y mi juramento solo sería un ultraje para ti. Mírame —y al decir esto, se dio golpes en el pecho—: las huellas del suicidio lento son ya evidentes, y ellas pueden sustituir cualquier juramento...
         "Y ahora, concluyamos. Pongamos otra imagen, la última: la de nosotros dos.
        Se detuvo un instante, y ocultó el rostro entre sus manos. Cuando las retiró, sus mejillas estaban húmedas, y las lágrimas empañaban sus ojos. Le costó trabajo contenerse, y dijo:
—No, Rupa; no es posible que permanezcamos separados. Debemos estar juntos, sin piedad, aunque se interpusiera el mundo entero, aunque solo pudiese unirnos un crimen sangriento, y tuviésemos pasar por encima de un cadáver. Pero no se trata de nada de todo esto; pues, en realidad, haremos más bien feliz a Wolfgang, si nos unimos... ¿Pues no sientes, Rupa, que hemos de estar unidos para siempre, por toda la eternidad? ¡Por Dios todopoderoso —exclamó él, con demoníaco salvajismo—; tú eres mía, y no voy a dejar que te vayas!
        La estrechó, con brazos fuertes como el acero, y la besó mil veces, apasionadamente, en sus pálidos labios. Luego, dijo:
—Como, dice el Rey Lear:
"¿No estamos juntos?
Quien pretenda separarnos, ha de robar una celeste antorcha,
Y, como a zorros, cazarnos con su llamarada. ¡Seca tus ojos!
¡Mala peste les coma el cuerpo y el alma,
Primero que nos vean llorar! ¡Antes,
Veremos su destrucción! ¡Vamos!"14
         Y volvió a abrazarla y a besarla, con pasión, en la boca. Ella yacía inerte en su pecho, sólo su seno se alzaba, atormentado. Sus ojos estaban cerrados. Otto posó sus labios sobre su rubio cabello dorado, y no dijo nada más.
          Llegaron por segunda vez a la estación. El cochero guió el carruaje hasta la escalera, y se paró ante ella. Otto reclinó, con suavidad, a Rupertine en el coche, se bajó, y le dio al cochero un billete de cinco gulden. Luego, ayudó a Rupertine a bajarse del coche. Se informó de la partida del siguiente tren, que salía en media hora. Se lo dijo, y ambos fueron a la Sala de Espera, donde apenas había unos pocos viajeros.
          Permanecieron largo tiempo sentados, uno junto al otro, callados. Él había cogido su mano de nuevo, y la mantenía entre las suyas. Luego dijo, con voz débil:
—Rupa, no te vayas, quédate conmigo.
          Ella retiró rápidamente la mano, y un profundo rubor cubrió sus mejillas. Había vuelto a ser dueña de sí misma, y le miraba con tanta altivez, que él debió bajar sus ojos... Pero él prosiguió diciendo, con serenidad:
—Me has entendido mal, Rupa; —y añadió, suplicante: No me interrumpas ahora. Debo decírtelo todo lo que guardo en mi corazón y en mi mente; quiero arrojar luz sobre todas las relaciones y no puedo contenerme. Pues soy el defensor de una causa de cuya solución depende la felicidad o la desgracia de tres seres humanos, y tú eres la que has de juzgar. Decidirás tú, tú sola...
          "Te he dicho que Wolf vive en una horrible constricción por ti; que tú eres una carga para él, una carga que solo podría llevar una persona entre millones. Y él la lleva (estoy seguro de que no me equivoco, no sé por qué, pero sé que no me equivoco) ante ti como si se tratase de una bolita de corcho. Él nunca reconocerá que tú le afliges y atormentas, y antes se iría solo al extranjero que echarte a ti de su protectora morada, aunque te convirtieras para él en un infierno insoportable (lo que es imposible, desde luego, y has de tomarlo sólo como una forma de expresarme). Por eso, te falta la mejor arma para mantener una buena relación con él, pues el mejor punto de vista te ha sido arrebatado por la dulzura, casi divina, de su sentimiento. Hay que obligarle a ser feliz... Lo único que queda, como arma, es tu explicación de que te sientes infeliz junto a él y de que me amas, hasta el punto de que no puedes vivir más tiempo apartada de mí. No olvides —advirtió rápidamente— que yo ahora estoy ejerciendo de abogado de una causa ajena, y planteo un caso posible de pasada, como si fuese real; pues tú aún no has decidido; pero habrás de decidir. —Y luego, prosiguió diciendo: ¿Habría podido dispensarte de esta explicación? De la primera parte, no sé; de la segunda, quizás podría no haberla hecho ahora, sino más tarde, y no de viva voz, sino por escrito; pero esto habría supuesto un impedimento insuperable. Yo aclararé todo ahora, para que puedas ver que soy justo y honrado, y no oculto nada que me pudiese perjudicar.
            "Es curioso, y ha sido algo que siempre me ha llenado de asombro, que Wolfgang, que ha sido siempre un hombre independiente y libre frente a todas las cosas mundanas, dependa tanto, sin embargo, de la opinión de los hombres. Ha cuidado de su fama y honor, con el celo que concede una madre a su hijo; y tengo por cierto que, aunque adquiriese con su separación la libertad que tanto aprecia, renunciaría a ella, por no suscitar las blasfemias de las malas lenguas, y por temor a que lamiesen su inmaculada reputación.
          Rupertine se llevó el pañuelo a los ojos, y se acordó de las palabras de Wolf, cuando dijo que "más tarde no podría soportar las consecuencias de una separación."
—Aquel fantasma entre fantasmas: la opinión que tienen otros de nosotros, le ha envuelto como la red de una araña venenosa envuelve a una pobre mosca. ¡Oh! —prosiguió él con voz temblorosa y sombría—, su corazón nunca se ha visto movido por una gran pasión; si hubiese sido así, habría despreciado sin dudarlo la opinión de los demás. En cambio, yo podría llegar a cometer un crimen por ti; no temería el patíbulo ni la horca, con tal de saber que eres feliz. Dejaría que me escupiesen y me pisoteasen, y no huiría de las maldiciones de las turbas rabiosas, sabiendo que eras dichosa. De esto es capaz mi amor por ti, la gran pasión que atraviesa mi alma, el brillo del sol que me calienta el pecho, que nadie puede robarme, y que llevo conmigo día y noche. ¿Te tengo? Entonces, el mundo puede hundirse, pues lo único que me importa es poseerte y poder ver tus ojos.
         Tras una corta pausa, añadió, con serenidad:
—Por las buenas, no puede conseguirse nada de Wolfgang: Hay que obligarlo, y esto sólo puede lograrse con una política de hechos consumados. Si te decides por mí, no queda otro camino que una ruptura completa e inmediata. Seguramente, le harás daño, mucho daño —creo que es mi deber subrayar esto—; pero el tiempo también curará esta herida, cada uno de nosotros será feliz, y saldremos de un camino que, si no lo abandonamos —¡no te engañes, Rupa, sobre ti misma!—, terminará trágicamente para todos nosotros. Pues no somos personas normales, y hemos de pagar caro comer en la mesa de los dioses. Por eso, te digo, desde este momento, que tienes que quedarte conmigo.
         Rupertine se estremeció.
—Pero no junto a mí —añadió Otto con presteza—, sino separada de mí, hasta que podamos casarnos. Juro por Dios Todopoderoso que, hasta entonces, no me atreveré a tocar ni el borde de tu vestido. Pero —dijo, con un murmullo—, Wolf debe creer que ya estás conmigo.
—¡Nunca, nunca! —dijo ella, con voz casi ininteligible— ¡Nunca!
—Así debe ser, Rupa. Yo he de estar entre tú y él; si no estamos perdidos. He terminado. Ya lo sabes todo. ¡Ahora, decide!
        Se levantó, y abandonó la Sala de Espera, para comprarle un billete a Rupertine.
        Cuando volvió, ella dijo, agotada:
—Wolfgang se ha ido de viaje. Volverá dentro de ocho días. Luego, quiere que hagamos hacer un viaje por Grecia y Egipto. Hoy no estoy en condiciones de decidir, Otto; pero en este plazo, te escribiré. Hasta entonces, adiós.
        Él no contestó. La campanilla sonó, y acompañó a Rupertine al vagón. Besó su mano —sobre la que ella sintió caer una lágrima abrasadora—, y se marchó.


17.


        Transcurridos cuatro días desde este encuentro, Rupertine se puso a escribirle a Wolfgang, pues las sombras que se habían alzado entre ella y Karenner se habían ido haciendo cada vez más densas, debido al indeleble efecto de lo vivido, al tiempo que su amor por Otto se había ido inflamando, hasta adquirir un imperio incontenible sobre ella. La misiva decía así:
        "Cuando hube leído tu carta, le di gracias a Dios por tu bondad y tu lealtad, y quise atenerme a los mejores principios. Al volver, me habrías encontrado tranquila, e incluso alegre, y quizás hubiese llegado con el tiempo a ser digna de ti, y logrado ser dueña de toda esa oscura impulsividad que hay en mí, si el destino no hubiese querido que Otto se cruzase en mi camino.
        "Me lo encontré, por casualidad, en Frankfurt, donde había ido para preparar nuestro viaje. La hoja adjunta contiene mi conversación con él, palabra por palabra. La redacté la tarde del mismo día en que le encontré, para tomarla como base de mi decisión.
         "Te dejo, Wolfgang; no puedo quedarme. Otto me ha convencido de que te ves terriblemente constreñido, por mi causa. Además, si me quedo contigo, Otto morirá sin remedio, y también yo misma, tras encontrarme con él, me hundiría, aunque él no se diera muerte, bajo la carga del irresistible amor hacia él que siento despertarse en mí, y cuya tremenda fuerza me siento incapaz de resistir.
          "Cumplo un sombrío destino. Sé que caerá un breve, luminoso y cálido rayo de felicidad sobre mi camino, y luego reposaré. Lo presiento; lo sé, incluso; pero no puedo consentirme la menor vacilación: la sangre de Otto no puede añadirse a mis otras cargas.
          "Sólo una cosa más me queda por decirte: has de saber que, hasta que nos separemos totalmente, yo viviré separada de Otto. Pero cualquier intento de cambiar mi decisión —es una ingenuidad por mi parte que me atreva a pensar en esta posibilidad—, me haría arrojarme en brazos de Otto.
           "Besaré el umbral de tu casa, cuando la deje, con dolor en el corazón. Perdóname, Wolfgang, y que Dios te bendiga."
         Luego, le escribió a Otto un billete, en el que le decía:
         "Llegaré mañana a Frankfurt, en el tren de las diez."


18.


Amaneció la mañana del día siguiente. A medianoche se había desencadenado una terrible tormenta sobre la Bergstraße. El cielo estaba en llamas, y cayeron sendos rayos muy cerca de la casa de Karenner, tras los cuales se sucedieron relámpagos y restallaron truenos, que conmovieron la casa hasta sus cimientos.
Rupertine era uno de esos seres agraciados, que se pueden entregar por completo al sublime espectáculo de una tormenta en las montañas: también su alma estaba atormentada, y por eso saludó la violencia desencadenada de los elementos. Había permanecido toda la noche ante la ventana abierta, mirando con sus ojos grandes y contemplativos, la gran lucha entre las traicioneras potencias, desde sus inicios, hasta su rumorosa despedida, que resonaba en la lejanía, con los cabellos despeinados por el viento y las manos convulsamente cerradas.
No se acostó, sino que se sentó en el diván, y leyó La batalla de Arminio de Klopstock, un drama, que actualmente pocos leen, pero que ella tenía por una gran obra, y admiraba mucho.
Al llegar la mañana, se vistió y recorrió la casa de arriba abajo, sin olvidarse de ninguna pieza. Luego, volvió a su habitación, donde había dos maletas grandes y una pequeña. Guardó en ella la tierra que le había traído Wolfgang de la tumba de su hijo en Nápoles, una rama del roble que había en la tumba de su padre, y luego, en el bolsillo, la carta para Wolf. Una vez dispuesta a partir, llamó a Hanna.
Le estrechó la mano, y le dijo:
Me voy cuatro o cinco días a Frankfurt, a casa de mi amiga Wilhelmine von Berg. Dile a Friedrich que me lleve la maleta pequeña a la estación. Adiós, Hanna.
Buen viaje, señora —respondió Hanna, con candidez—. Rupertine sintió que las lágrimas se le agolpaban en los ojos, y quiso abrazar a la anciana, pero se contuvo.
En el jardín, su alma perdió el aplomo. Apoyó la frente en la casa, extendió los brazos, y la besó, sin poder contener el torrente de lágrimas.
Le costó mucho volver a recuperar su apostura, y sin lanzar ni una mirada atrás, se apresuró a dirigirse a la estación.


19.


Cuando Karenner volvió, Hanna la comunicó que Rupertine había ido a visitar a la señora von Berg, y le pasó la carta que, entretanto, había llegado por correo. Un poco desconcertado, pero sin albergar ningún mal presentimiento, la cogió y la abrió en la biblioteca.
Mientras la leía, sus rodillas comenzaron a temblar. Cuando hubo terminado, permaneció un par de instantes con los ojos fijos en la hoja, y luego cayó inconsciente al suelo: la saeta envenenada le había acertado en mitad del corazón.
Paso largo tiempo hasta que volvió en sí. Poco a poco, recuperó el completo dominio sobre sí mismo. Volvió a coger la carta, la leyó varias veces con atención, y luego leyó por vez primera el anexo.
Pero también ahora, como siempre, se mostró como un gran carácter, y como un auténtico filósofo práctico. Fijó sus anhelantes ojos en la muerte, que se le presentaba, allá a lo lejos, como dulce redentora; pero le volvió el rostro, resignadamente, porque precisamente ahora no podía morir. Este hombre, dotado de un corazón tan bondadoso, que había sido herido con alevosía cuando entraba confiado en su casa, y que sufría bajo una herida candente, que confundía sus pensamientos, había de pensar en la felicidad de Rupertine, y en la promesa que le había dado a su moribunda madre. Debía vivir, para que el cálido y luminoso rayo de la felicidad, como había escrito ella, pudiese caer sobre su oscura senda. Su muerte habría sepultado ese rayo bajo las nubes.
Exteriormente tranquilo y frío, y con un plan bien meditado, ingresó en el camino, lleno de espinas, que conducía a la separación. Primeramente, comunicó a Hanna que Rupertine ya no volvería más, y que él se encontraría con ella en Frankfurt, para emprender el viaje. Luego, envió sus maletas a la señora von Berg, y partió hacia Darmstadt, donde permaneció hasta que estuvo ultimado el asunto de la separación. Gracias al gran respeto que le tenían ciertas personalidades del mundo jurídico, pudo prescindir de numerosas formalidades, y el curso del proceso se aceleró. Por doquier se le trataba como a un hombre reconocido por su nobleza y gusto exquisito. Rupertine quería, ciertamente, que Karenner levantase sin miramientos el velo de sus relaciones, pues estaba por completo bajo el círculo encantador de la manera de pensar de Otto, y veía en el desvelamiento algo así como una suerte de expiación ante lo que Goethe llamaba los "poderes oscuros", pero Karenner impuso con dulce violencia su voluntad, y le obligó a admitir como fundamento de su separación una "insuperable aversión hacia él".
Y así llegó el día en el curso de las cosas terrenales, donde se desataron los últimos nudos del vínculo matrimonial que había unido a Karenner y Rupertine.
Ella era libre... y temblando, se hundió en los brazos de Otto. Karenner, por el contrario, emprendió la tarde de ese mismo día, sólo y dolorosamente conmovido, el viaje hacia Grecia.


20.


¡Oh, admirable Venecia! ¡Dulce hija de los mares, con tu negro velo y tus ojos melancólicos! ¡Oh, reina orgullosa, caía del trono, envuelta en harapientos vestidos y descoloridos mantos de púrpura, pero llena de irreprochable belleza, yo te saludo!
Así hablaba un joven, con patetismo, situado en el ático del Palazzo Corradin, mientras sujetaba con el brazo izquierdo una exuberante mujer rubia, y extendía su mano derecha hacia la iglesia frontera de Santa Maria della Salute y el Canale Grande.
Era Otto. Sus ojos resplandecían, y el rubor teñía sus mejillas.
¿No es Venecia indescriptible y maravillosamente bella, Rupa? —preguntó, mientras la cogía y comenzaba a bailar un vals con ella.
¡Es maravillosa, indescriptible! –dijo la muchacha, mirando embelesada el arrebatador panorama que se extendía ante ella, al tiempo que se sumergían ambos en el goce de la imponente imagen—. Pero tú eres más bello que Venecia y que todo el mundo, Otto. Y selló su respuesta con un beso.
Agotados, pararon de moverse, y se miraron como dos niños traviesos. De pronto, Otto cogió a su mujer y la elevó por encima del balcón, sosteniéndola en el aire, sobre las ondas del Canal. Su brazo era fuerte como el acero, pero aun así, temblaba visiblemente.
¿Te tiro? —preguntó, riéndose.
¡Otto! —chilló ella, angustiada.
¿Te tiro? —dijo, otra vez: y añadió: ¿Prometes ser siempre mi amada, buena, pequeña y obediente Rupa, o no?
¡Sí, te lo prometo; pero, por el amor de Dios, retírame de la barandilla!
No, maliciosa Melusina, hasta que me lo deletrees, palabra por palabra...
Y con voz temblorosa, casi rabiosa, ella repitió: "Seré para siempre tu amada, buena, pequeña y obediente Rupa."
Así está bien —gritó Otto, triunfante, y la depositó cuidadosamente en suelo de azulejos del balcón.
Rupertine le miró, encolerizada, mientras huía al extremo de la balconada, encogiéndose de hombros. Pero la cosa no duró mucho, y volvió a arrojarse en sus brazos, mientras le desordenaba los cabellos y le increpaba, diciéndole: "¡Eres un demonio y un traidor! ¡Un tirano despiadado! ¡Espera, que me las vas a pagar!”
Pero él ya la había agarrado de nuevo y elevado en alto, al tiempo que exclamaba, con rostro terrible: "¿Cómo has dicho? ¿Que soy un tirano y un demonio?", y hacía un movimiento como si quisiese volver a lanzarla al Canal.
¡No! —chilló ella—: Eres el más dulce de los ángeles, un cajón lleno de alegrías, un dragón prusiano caído de los cielos...
¡Hurra! —exclamó Otto, haciéndola girar— ¡Hurra! Un guardia de dragones prusiano y su bonita amada. Y, con su voz, clara y armoniosa, le cantó, meciéndola entre sus brazos, como si fuese un niño de pecho, esta canción:
"Soy prusiano, ¿conoces mis colores?
Ante mí ondea la bandera blanca y negra,
Por cuya libertad murieron mis padres:
Eso dicen mis colores.
No he sido educado para tener miedo,
Sino para ser atrevido, como ellos;
Ya sea un día triste, o brille como el sol,
Prusiano quiero ser."15
Y añadió la primera estrofa de una canción de caballería, compuesta sin orden ni concierto:
"Coracero, cabalga duro,
Y ten el ánimo alegre;
Canta canciones frívolas,
Y sé bueno con las mujeres."
Entonces, una profunda voz de bajo respondió desde una góndola que pasaba:
"Nuestra agua está bruñida, como un espejo,
Y blanco es el paño de cuero;
Si podemos besar a una chica,
Somos los Señores del Reino.”
Otto se rió con fuerza, y salto sobre la barandilla.
¡Buenos días, estimados señores y queridos paisanos! —dijo, mientras hacía una profunda reverencia.
Entretanto, Rupertine se había apresurado a ponerse a su lado. Se abrazó a su cuello, y dijo, a su vez, con inmejorable humor:"¡Buenos días! ¡Bienvenidos a Venecia!"
En la góndola, que iba abierta, se sentaban dos jóvenes y sus damas. Todos se saludaron alegremente y riendo, y se entrecruzaron todo tipo de festivas apelaciones y respuestas: "¡Querido camarada!" -"¡Respetable paisano!" - "Bella dama" - "¡Agraciada ninfa!" - "¡Yo serví en la caballería ligera!" - "¡Y yo en la pesada!" –“¡Arriba Prusia! ¡Viva Italia! ¡Viva Alemania!" - "¡Que vivan todas las mujeres del mundo, y la milicia también!"; y los pañuelos se agitaron vivazmente, hasta que la góndola desapareció.
Otto se abalanzó de nuevo sobre Rupertine, quien no preveía nada bueno, y huyó al Salón. Pero él la persiguió, la agarró con mano firme, y bailó con ella un brioso galopp, hasta que los dos quedaron sin aliento, y cayeron, dando tumbos, en un sofá.
Otto… —dijo Rupertine, tras una larga pausa.
¿Qué ordena usted, mi dulce media naranja? —preguntó Otto, levantándose con dignidad— ¿Qué quiere su gracia: limonada, chocolate, café, té, gelato, granito, crema? ¿O quiere ostras, langostas, mejillones, erizos o estrellas de mar, en suma, frutti di mare con zumo de limón? ¿Prefiere resoli, curaçao, anisete, malaga, jerez, marsala, o por mejor decir: un vasito de licor? ¿O desea leche de vaca, asna, cabra, para conservar tersa su piel? ¿Queréis reservar algo más substancial, como el jamón, salami, salmón, ternera, parmiggiano, para reanimar ese precioso jugo que recorre vuestras venitas? ¿O quiere usted fruta y champaña, para poder soñar a gusto? Ordene usted…
Te lo agradezco, insufrible cabeza de chorlito —le interrumpió Rupa, con un gracioso movimiento de manos—, pero no deseo nada. Lo que quiero, ante todo, es que seas razonable, Otto.
Deseáis lo imposible, señora.
Entonces, me gustaría ir a San Salvatore.
A la orden, señora. ¡Ajá! Al Mausoleo de la Reina de Chipre. Pero me permito advertirle, de pasada, a la señora, que es usted mucho más bella que Catalina Cornaro. ¿Ordena algo más, mi Capitana? —dijo, mientras se inclinaba profundamente.
Antes te he pedido que fueses razonable; ahora te lo ordeno.
Voy volando, adorable Rupa.
Corrió ligero hacia el balcón, y dio una palmada. Hizo una señal al gondolero más próximo, y volvió a entrar por Rupertine. Le cogió la mano, se arrodilló y exclamó como un consumado héroe teatral:
¡Oh, criatura celestial! Déjame decirte
Que todo mi corazón late por ti.”
Mi abanico, mi mantilla, mi Itinéraire de l’Italia, querido paje… —mandó ella con graciosa inclinación.
Otto dio un salto, y se apresuró a correr cómicamente al Salón.
Ella le miró con indescriptible ternura, y posó ambas manos sobre el corazón, pues creía que iba a saltársele de alegría, felicidad y dicha. Sólo en su fantasía había visto su vida tal como era ahora; pero lo que estaba viviendo era mucho más luminoso, la realidad era más bella que el sueño. Vivía tan solo el encanto del presente, olvidando todo lo que quedaba tras ella, y no tenía el menor deseo de desvelar el futuro. Se dejaba llevar alegremente por las olas del tiempo hacia la desconocida lejanía; y en ello se revelaba como una verdadera criatura de este mundo: sedienta de vivir y embriagada por la vida. No se había equivocado, cuando con espíritu profético había anunciado el futuro; el brillo solar claro y cálido, iluminaba su camino; ante ella se abría el día más luminoso del que puede participar un mortal.
Entretanto, Otto había vuelto, y se ocupaba en fijar el largo velo negro sobre el moño de su exuberante cabello. Luego lo dispuso, plegado sobre sus hombros, y le puso el abanico en la mano. La condujo hasta un lugar en el que la iluminación era favorable, le echó un poco hacia atrás, y la examinó con mirada de artista. Retiró un bucle de su frente, puso un mechón de sus cabellos aquí y otro allá, dobló y desdobló mil veces los pliegues del velo: no paraba; y a la vez, la cubría con un torrente de expresiones dulces, haciéndola girar mil veces, con impaciencia.
Bueno, basta ya de este jueguecito cruel —le reconvino ella, divertida—; ¡basta!
Ya he terminado —dijo Otto—. Pero todo esto es necesario, maravillosa Rupa, y no puedo ahorrártelo. Todas las venecianas y todos los nobili veneziani deben reventar de envidiando e inclinarse ante nosotros, cuando aparezcamos, hasta tocar la tierra.
La cogió del brazo, y la condujo orgulloso, como si hubiesen vuelto aquellos tiempos en lo que el Dogo descendía por la amplia escalera de mármol de la rica, saggia e signorile Venezia.
Cuando hubieron llegado abajo, Rupertine exclamó, de repente:
¡Distraído paje! ¿Qué has hecho? ¡Has olvidado mi Itinéraire!
¡Ah, qué itinerario! —repuso Otto— ¿No soy yo un itinerario viviente? ¡Pero si soy una perla valiosísima, de cuyo valor todavía no eres consciente! En una palabra: soy una mina de oro, un campo de diamantes. Ya te darás cuenta de ello, Rupa, y te llenarás de asombro.
¡Ya me estás dando miedo! —replicó ella, alegremente, y entró de un salto en la góndola.
Desde San Salvatore fueron al Palacio Ducal, y luego a San Marcos, concluyendo su periplo en la Accademia delle belle arti.
En todo momento se mostró Otto como el excelente artista que era, y, lo que es más raro, como un esteta genial [als genialer Ästhetiker]. Cuando se encontraron frente a la Asunción del Tiziano, le dijo a Rupertine, que se encontraba absorta ante la imagen:
¿Ves, Rupa? Nosotros vemos lo que quiso pintar Tiziano, y lo que realmente llegó a ejecutar, gracias a que el sello ha sido apartado de nuestros ojos. ¿Pero lo ven los demás? No, no lo ven, porque una venda les cubre los ojos. Y no llegarían a verlo, aunque un profesor de historia del arte les hiciese advertir algo de lo que, quizás, él también ha entrevisto. Pero todo esto es algo que no se deja describir ni decir, sino que uno debe encontrarlo y verlo por sí mismo. Ellos se sientan, como los prisioneros de la caverna platónica, y confunden las sombras que se proyectan en la pared por lo que pasa tras ellos; pero nosotros las miramos y penetramos en el luminoso éter, yendo más allá de ellas. En verdad, deberíamos ir cada mañana al Lido, arrodillarnos allí, y entonar con los brazos abierto un himno de gracias al Sol naciente, por haber sido dignos de recibir tamaña gracia.
Rupertine le estrechó ambas manos, profundamente conmovida. Pensaba en Wolfgang y sus lecciones filosóficas. También él había provocado un arrebato en su espíritu, pero nunca tanto como para hacer que se familiarizase con aquellos estudios que le ocupaban; en cambio, en el ámbito lleno de encantos del arte, que abría ante sus ojos la mano de Otto, encontraban deleite su cuerpo y su espíritu, en deliciosa armonía.


21.


         Así, extasiados y alejados de todo lo terrenal, pasaban los días como si fuesen horas. La luna de miel duraba ya meses, y parecía que los cálidos y luminosos rayos de la felicidad cubrían el camino de Rupertine.
        Otto, por su parte, se mostraba inagotable a la hora de idear todo tipo de ocurrencias, a cual más loca y chispeante. Cada mañana trazaba el plan para ese día, cuya realización se veía jalonada por las relampagueantes inspiraciones que iban surgiendo en su mente a cada instante, haciendo de cada jornada una estimulante fiesta, que sucedía a otras fiestas semejantes, haciendo que el corazón de la joven pareja nadase en un mar de felicidad. Otto había conseguido unir en su persona las figuras de amante y marido, y era como si tuviese que ganarse a Rupertine cada día, renovando sus esfuerzos para solicitarla. Estrechamente abrazados, se burlaban del mundo entero, y para ellos la tierra no era más que el suelo firme, sobre el que se elevaban las puntas de sus pies. Sin ese sustento, habrían tenido que volar en la pura nada; pero ellos no querían volar, sino danzar y bailar. Y creían que los demás seres humanos solo existían para que sus asombrados ojos reflejasen su demoníaca belleza. [ihrer dämonischen Schönheit]. Se bastaban por completo a sí mismos, y todo lo demás, incluidos los seres humanos, solo era un mero escenario, una tramoya construida para ellos: ¡tan solo unas pobres marionetas!
Al atravesar los Alpes con Rupertine, Otto había traído consigo una gran suma de dinero, todo del que disponía. No pensaba que entre sus manos derrochadoras, ese dinero habría de acabarse pronto. Mas, ¿no le había otorgado la gracia divina unas manos y una fantasía que eran una verdadera “mina de oro”?
En cierta ocasión, le dijo a Rupertine, que se mostraba sorprendida por su inactividad artística: “Me bastan catorce días de trabajo intenso para ganar dinero suficiente como para pasar un año entero dándonos la buena vida.” Y con risueño optimismo, declamó, parodiando:
Puedo sacar ducados de la tierra;
Y me crece un campo de trigo en la palma de la mano.”16
Y tenía razón. Sus cuadros eran siempre aceptados, y a muy alto precio. Los marchantes de arte se disputaban sus favores, y le quitaban de las manos todo lo que les enviaba. Y cuanto más ociosas estaban sus manos, tanto más activo se mostraba su espíritu. No necesitaba más que un pequeño impulso, y aparecían las formas más esclarecidas, como por arte de ensalmo, y sin esfuerzo alguno.
De hecho, el arte era, inevitablemente, el elemento en el que ambos se movían y respiraban. Aquellos cuatro ojos no podían ver nada que no pasase por las lentes encantadas de lo bello, y aquellas cuatro manos no podían actuar y disponer las cosas de otra manera que siguiendo las leyes necesarias de la belleza y de la gracia. Otto y Rupertine no eran ya, incluso, otra cosa que una encarnación de la ley de lo bello.
Otto había comprado un estudio vacío, disponiendo en él los más preciosos trajes de tiempos pasados. Ahora no se limitaba a esculpir el mármol o pintar sobre el lienzo, sino que creaba sobre el material viviente. A menudo, arrastraba un tropel de venecianos de ambos sexos, jóvenes y viejos a la amplia y elevada sala de su espléndida vivienda, y allí, con infatigable celo, propio de un mariscal de campo, organizaba la dócil turba, entregándose al placer de crear [Schaffenlust] ante sus brillantes ojos azules, disfrazándolos de santos, caballeros, senadores, señores de la nobleza y gondoleros, cuidadosamente dispuestos en graciosos y coloridos grupos.
         Rupertine era el punto central en el que todo aquello convergía: unas veces debía representar la Reina del Cielo, sentada en un elevado trono, con el Niño Jesús en sus brazos, y rodeada de pastores y Reyes en adoración; otras, era la desdichada esposa de Marino Faliero, que con los cabellos desechos, reposaba en el pecho del Dux, y se despedía de él, en medio de senadores y alabarderos; otras, en, fin, había de disponer un esplendoroso banquete veneciano antiguo, en el que el vino corría a raudales, y Otto, como feliz dueño de la casa, para mayor esparcimiento de Rupertine, hacía de huésped, y en entrecortado dialecto veneciano, hablaba con indescriptible dignidad del saqueo de Candía, de las victorias sobre los genoveses, como si se tratase de nuevas recién llegadas a la ciudad. Con ello, invocaba las antiguas estirpes de la nobleza, ya extinguidas, dirigiéndose a ellos con expresiones como: “Queridos Foscari”, o “querido tío Dandolo”. A veces, se inclinaba ante una veneciana de ojos negros, y le susurraba: “Celestial Gaspara Stampa”; y conjuraba ante sus ojos una escena de improvisada, pero intensa veracidad y belleza.
¡Con qué placer desplegaba y ejercitaba todas las ricas fuerzas que habitaban en él! Tal era la vida que necesitaban Rupertine y él para sentirse bien.
Y de todos estos soberbios grupos, no hacía ni siquiera un esbozo. Cuando Rupertine se refería a ellos, señalaba con el dedo su frente, sonriendo, mientras decía: “Todo está aquí, impreso de forma inalterable e indeleble”.


22.


          Esta preciosa y dulce embriaguez duró seis meses enteros, sin que nada la empañase: La primera parte del tratado que habían firmado los espíritus buenos y malos que rigen la vida de los hombres sobre las cabezas de estos elegidos, se había mantenido firmemente. Pero entonces tomaron el cetro los poderes malignos, y los buenos huyeron, tapándose los ojos.
El carácter verdaderamente aniquilador de su actividad se mostró pronto, y se acentuó cada día más.
Era un amable día de febrero. Los canales y lagunas centelleaban, resplandecientes, bajo la suave luz solar, y los soberbios Alpes, cubiertos de nieve, reposaban en la vaporosa lejanía.
Otto había salido inmediatamente después de comer para, como había dejado dicho, hacer compras en la ciudad; pero lo que tramaba, en realidad, era ejecutar una loca broma, que inquietaba su mente desde hacía tiempo y que se había propuesto ejecutar ese mismo día.
Rupertine estaba sentada, como hacía siempre que Otto estaba ausente, en su espléndido canapé, sumergida en las embriagadoras ondas de la música. Habría tocado dos horas, aproximadamente, cuando se levantó, abrió las ventanas del balcón, y salió fuera. Apoyó la cabeza en su brazo, y dejó vagar su pensativa mirada sobre el embelesador cuadro que se extendía ante ella: el Canal de San Marcos, los jardines públicos, la Punta della Mota y el mar, azulado y terso como un espejo.
Entonces, escuchó de repente el sonido de una mandolina. Miró hacia abajo, y vió una góndola principesca. La felce17estaba bajada, y sobre la mitad se extendía una preciosa cubierta de terciopelo, dorada y roja, cuyos extremos colgaban hasta casi rozar el agua del Canal. En cada banco se sentaba un joven enmascarado, y entre ellos estaba un tercer joven, que tocaba la mandolina, con noble actitud. Sus largos rizos negros sobresalían bajo una gorra de terciopelo, que adornaba una pluma alta y blanca de águila, cayendo sobre sus hombros y espaldas. Iba vestido como un joven distinguido de la época de Carlos V, con un corto y ceñido jubón verde oscuro, que le envolvía la cintura; las medias y mangas estaban acuchilladas, y volutas de seda blanca salían de ellas. Sobre las caderas lucía un cinturón dorado, del que colgaba una daga, con la vaina finamente labrada.
El porte del cantante era delgado y delicado, aunque musculoso, y portaba en su rostro una máscara. Cuando vio que Rupertine le prestaba toda su atención, pulsó las cuerdas del instrumento, y cantó esta bella gondoliera veneciana:
Coi pensieri malinconini
No te star a tormentar:
Vien con mi, montemo in gondola,
Andremo in mezo al mar. (…)
Ti xe bella, ti xe zovene,
Ti see fresca come un fior;
Vien, per tutti le so lagreme
Ridi adeso e fa l’amor.”18






Y luego, con brillante transición, añadió dos estrofas de la bella barcarola napolitana Santa Lucia:
Sul mare il lucido
Disco d’argento
Infonde all’anima
Dolce contrato
E nuova e solida
La barca mia
Santa Lucia!
Santa Lucia! (…)
O bella Napoli
Suolo incantato,
Luce piú vivida
Del cielo stellato.
Sei tu l’emporio
Dell’allegria.
Santa Lucia!
Santa Lucia!19


Cuando hubo acabado, se quitó la gorra y saludó a Rupertine, quien se lo agradeció con una profunda reverencia, y como recompensa por la bella canción, se desprendió del ramillete de violetas que llevaba en el pecho, arrojándoselo luego con un hábil movimiento del brazo a la góndola. Tras recogerlo, el joven, que hablaba un italiano muy puro, en el que sonaba el deje del dialecto veneciano, le preguntó si podía subir, y, siguiendo una antigua costumbre veneciana, vaciar vaso a su salud.
Rupertine respondió, sonriendo:
¡Pues no, bello joven; no he leído nada sobre esa costumbre, y eso que leo mucho!
Clemente diva –respondió el cantante-, os equivocáis: esta era la manera que tenían de deleitarse mis nobles antepasados. Me gustaría traeros los anales de nuestras casas, para que pudieseis informaros sobre ella. Yo desciendo de la estirpe de los Loredano.
Pues ahora sí que no atenderé vuestra demanda —exclamó Rupertine, divertida—; vuestras manos están manchadas de la sangre inocente del noble Giacomo Foscari, mi favorito, al que vuestro antepasado consagró todo su odio. ¡Idos, marchaos fuera de mi vista, infausto nieto! ¡Os aborrezco!
El interlocutor se volvió, con un gesto majestuoso, hacia sus acompañantes, y les dijo:
¿Habéis oído? Ella odia nuestra noble casa. ¡Vosotros juzgaréis! ¿Qué destino debe sufrir nuestra bella enemiga? —Y les susurró, sin que ella pudiera oírle: “¡Levantaos, alzad los brazos hacia ella, y decid con solemnidad: Un beso!”
Ellos hicieron lo que se les había ordenado, y gritaron, solemnemente:“Un bacio!”20
Rupertine lanzó una carcajada; pero observó, con temor, que el gondolero, con un golpe certero, había acostado la góndola al embarcadero, y los tres hombres bajaban, para asaltar el palacio. Corrió apresuradamente a la sala, y cerró todas las puertas, poniendo detrás de ellas, angustiada, una gran mesa.
Oyó cómo los hombres subían con alboroto las escaleras, y alcanzada la puerta, sacudían el picaporte con violencia. Su corazón palpitaba con tal fuerza, que casi podía oírsele, y se sintió próxima a desmayarse. Huyó, con paso vacilante, hacia el balcón, por si se veía precisada de pedir ayuda.
Aterrorizada, vio desde allí cómo la puerta empezaba a ceder, y aparecía la hoja de la daga por la rendija, que hacía palanca, hasta que la cerradura y los pestillos saltaron.
Desesperada, clamó, con todas su fuerzas, y en alemán: “¡Ayuda” ¡Auxilio!”
Pero el gondolero que estaba abajo, se valió de su hábil mímica italiana para tranquilizar a los pocos vecinos que acudieron a sus ventanas, atraídos por la llamada.
Entretanto, los hombres habían irrumpido en la sala, y el cantante se arrodilló ante Rupertine, diciendo con audacia:
No tratéis de escapar de lo inevitable, bella culpable. Ninguna gracia os podrá liberar del castigo que os merecéis.
¡Sinvergüenza! —alcanzó a balbucear Rupertine—; ¡Atrás! Estoy casada; mi marido es alemán, y puede venir en cualquier momento. Si regresa, puede sucederos una terrible desgracia. — Y ocultó el rostro tras sus manos, temblando al imaginar lo que podría pasar si Otto encontrara aquellos hombres junto a ella.
Pero nada contenía al intruso.
Me río de vuestro marido… ¡Seguro que será una especie de oso alemán!
¡Ha servido en Berlín, en la Guardia —profirió Rupertine—; y es audaz, como un león joven…!
Nada importa —respondió el extranjero—; ¡que venga! El refinamiento italiano triunfará sobre la tosquedad germánica.
Salió corriendo, y de un salto, la agarró, alzándola entre sus fuertes brazos, llevándola a la mitad del Salón.
Rupertine, mortalmente angustiada, con su puño derecho cerrado, asestó un fuerte golpe en el pecho de aquel descarado, al tiempo que le arrancaba con la mano izquierda la máscara de su rostro.
Entonces vio el rostro mortalmente pálido de Otto. Sus ojos estaban cerrados, y un torrente de sangre manó de su boca. A continuación, sus brazos se relajaron, dejando libre a Rupertine, y se desplomó, inconsciente,en el suelo.
Rupertine quedó petrificada por el horror. Estaba como paralizada; pero la necesidad de auxiliar a su amigo le hizo volver pronto en sí. Entre grandes muestras de dolor, y ayudada por los atónitos acompañantes de Otto, que al principio estaban perplejos y no sabían qué hacer, cogieron al pobre joven y lo llevaron al diván. Allí, abrió los ojos, y quiso hablar; pero un segundo y más violento ataque le acometió, haciéndole caer de nuevo inconsciente.
Rupertine estaba terriblemente desesperada. Se acusaba de haber matado a su esposo, a su bello y querido Otto, y se mesaba los cabellos.
Afortunadamente, tenía una cocinera muy serena y competente, y una inteligente ama de llaves. Ambas se habían apresurado a acudir, y dispusieron todo lo necesario, pues Rupertine estaba completamente enajenada.
Llevaron a Otto a su lecho, y se llamó a un médico famoso, que tras auscultar brevemente el pecho del enfermo, encontró que su estado no ofrecía esperanza alguna. Naturalmente, no se lo dijo a Rupertine, a la que más bien le dio esperanzas, y trató de convencerla de los reproches que se hacía a sí misma eran infundados: La verdad era que aquel golpe no había sino más que la ocasión para que se manifestase en su marido una enfermedad del pecho, que venía incubando desde hacía meses. Las palabras de aquel amable y cortés italiano, cayeron como un bálsamo sobre el dolor de Rupertine, y cuando la dejó, estaba prácticamente tranquila del todo.


23.


          La larga enfermedad que había padecido Otto, tas su caída en el Tirol, y luego, aquella especie de “suicidio lento” que aquel hombre frívolo, arrastrado por su desesperación, se había propuesto consumar, habían envenenado y minado su organismo, que, aunque era fuerte, adolecía de cierta delicadeza. En Frankfurt había llevado adelante con satisfacción y alegría su loca carrera cuesta abajo, hacia los brazos de la muerte. Cuando Rupertina volvió a lanzarse en sus brazos y le contuvo, se asustó del grado de desorganización en que había caído su organismo, y se lamentó de la salud que había perdido; pero sólo por breve tiempo. La esperanza y la alegría que invadieron su alma, le sumergieron en el deleite, y le llevaron a mecerse en los brazos de una feliz confianza en su estrella, que extraía su principal alimento del inmediato bienestar corporal que sentía:¡El pobre iluso tomó el reverdecimiento de los últimos restos de su fuerza vital por una señal de que gozaba de una salud indestructible!
         Había sido detenido demasiado tarde: la muerte ya lo había marcado.
Sin embargo, por el momento, aún se vio animado por la esperanza. Su ágil intelecto y su buen natural le llevaban a figurarse un futuro dorado, y le hacían deleitarse con las luminosas imágenes que forjaba su fantasía. La propia Rupertine, fortalecida por el mismo Otto, consideró por algún tiempo que su enfermedad no era otra cosa que una desagradable interrupción de su vida alegre, y contaba los minutos que le faltaban para poder sumergir sus sedientos labios de nuevo en el espumoso cáliz de la alegría.
— ¡Mira, mi dulce Rupa —le había dicho Otto ya en los primeros días, cuando ella se sentaba cabizbaja al lado de su lecho, y le miraba profundamente entristecida y melancólica—, esto no significa nada en absoluto! Goethe, como sabes, tuvo también un violento vómito de sangre, ¡y a pesar de ello, y del aburrido Klettenberg, llegó a la edad de ochenta y tres años! ¿Cómo no habría de curarme yo a los ochenta y cuatro, que cuento con tus cuidados y tu conversación, y tengo el sol de tus maravillosos ojos? Pero nosotros no queremos llegar tan lejos, ¿verdad Rupa? Pienso que nosotros podemos ir tirando aún por este jorobado mundo diez, o pongamos quince años, llevando el mismo tren de vida que hemos llevado hasta ahora. Por entonces, tú tendrás treinta y cinco y yo cuarenta y tres; y será suficiente. Luego, nuestra vida puede extinguirse, no sin que ante cojamos a la humanidad de la nariz, para reírnos de ella. Sobre nuestra lápida habrá que poner la siguiente leyenda: “Aquí reposan dos seres humanos, que fueron muy felices: ¡Un príncipe y una princesa, que murieron con el espíritu y el corazón abrasados por el amor!” Salomón lanzó a sus contemporáneos y a todo los que vendrían después su impertinente pregunta: “¿Quién ha comido y gozado más intensamente que yo?” Pues bien, yo le respondo a este tipo listo: ¡Yo, majestad oriental! Pues tenías solo una Sulamita, pero yo, en cambio, tengo a la Sulamita y una Dirtina (sic)21 en un único y encantador cuerpo.
          "Ves, Rupa, tengo demasiada sangre, como Su Excelencia, el Consejero Secreto de Weimar. Este excedente de ese “jugo tan especial” al que él se refería, se encontraba de la manera más natural en mi gran paisano, pues, como sabes —dijo, con orgullo— era un francón renano, y yo también lo soy; y ese exceso de sangre busca por naturaleza salir fuera. Esto es todo. Así que tranquila, dulce tortolita.
          Con esta alegre charla, la entretenía y consolaba. Y ella le devolvía luego el doble o el triple de lo que hacía recibido, hasta el punto de que llegaron a reconocer incluso, aunque sólo de pasada, que la enfermedad estaba representando una fase sumamente interesante de su existencia.
¡Pobres y gentiles soñadores! ¡Cuán pronto cayeron del cielo al que se habían remontado!

24.


El primer hálito frío que sopló sobre su dicha no fue la enfermedad, que consideraban algo sin gran importancia, sino la preocupación por el pan de cada día.
Una mañana, Rupertine se aproximó a Otto y le preguntó dónde tenía su dinero, pues la cocinera le había presentado una larga lista, y además habían llegado muchas facturas de numerosos proveedores, que habían reclamado amablemente su pago. Mientras decía todo esto, daba la sensación de que todo este asunto le aburría bastante.
Una sombra de desagrado y de mal humor cruzó por el rostro de Otto. Pidió las cuentas y su billetera. Cuanto tuvo todo en sus manos, sumó los cargos por encima y contó el resto de su patrimonio. El resultado de sus cálculos le hizo fruncir las cejas.
Pero rápidamente volvió a retozar en sus labios una traviesa sonrisa.
— Tendremos que economizar, Rupa—dijo, con gesto agridulce—, hasta que esté restablecido, algo que no puede tardar. Luego, transformaré en un solo día la habitación que da al balcón en un maravilloso atelier, y no me separaré del caballete hasta que el cuadro esté acabado. Para no perder tiempo, tendrás que alimentarme como si fuese un pajarito que ha caído de su nido. ¡Ah, será maravilloso, maravilloso!
        Y, más serio, añadió:
— Puedo soportar privaciones, pues soy hombre, y he sido, además, soldado. He dormido, a la buena de Dios, en pajares, establos, y bajo el cielo libre, en las frías noches de otoño, envuelto en mi manta de viaje. Y también he llegado a veces tarde al vivac, encontrándome que la cantina estaba saqueada, y yo y mis camaradas, aunque estábamos derrengados, nos hemos visto obligados a comer pan de munición y patatas hervidas. Pero tú, mi dulce princesa, que no estás acostumbrada, ¿cómo podrás habituarte a la necesidad, aunque sea por poco tiempo?
Ella le miró, con la vista empañada por las lágrimas, y suspiró profundamente, mientras decía: “Ya verás como todo irá bien, querido Otto; tendrá que irnos bien.”
Él quedó asombrado por esta respuesta, pues había creído, en lo más profundo de su alma, que Rupertine diría algo completamente distinto. Nunca se había interesado por la fortuna de Rupertine, ni siquiera cuando planeaba la separación, ni tampoco cuando esta se produjo, pues confiaba en su economía y su talento, de manera que el dinero de Rupertine no le importaba. “Un hombre honrado mantiene a su mujer y no toca su patrimonio”, era uno de sus principios; pero en caso de necesidad, como el que se estaba presentando, no habría puesto reparos a que su mujer hubiese ayudado con su peculio.
Por lo demás —observó de pasada—, aunque parezca una locura, me puedes prestar, por breve tiempo, dos mil miserables táleros.
Ella se estremeció y ocultó su rostro entre las manos:
Ay, Otto —susurró ella de una manera que claramente mostraba que cada palabra le hería en lo más profundo del corazón—; estoy sin blanca, y soy completamente pobre.
Pero, Rupa —exclamó Otto conmocionado—, ¿cómo es posible?
Mi padre —respondió ella con voz ahogada por las lágrimas— tenía una gran fortuna, pero la perdió jugando en la Bolsa. Estoy convencida de que Wolfgang me ha engañado, cuando me explicó el asunto de la herencia. Las deudas deben haber sido mucho más grandes que los bienes de que disponía, y seguramente cubrió gran parte de la suma de su propio bolsillo.
A esta noticia le siguió un largo silencio. Rupertine sollozaba, ahogada por el dolor; finalmente, Otto dijo:
¡Bueno, Rupa, tranquilízate! ¡Ay, eres una locuela! Lo que acabas de decirme me ha sorprendido mucho, la verdad; pero, ¿qué significa? Todo se solucionará.
Y sonriendo, prosiguió:
Las desgracias mejoran el corazón. Presta atención, cabecita dorada, pues de nuestra situación, puedes extraer una ganancia inconmensurable:


"No puede ser de otra manera:
Todos los hombres deben padecer.
Lo que en la tierra vive y se mueve
La desdicha no puede detener.
El peso de la cruz
Oprime nuestros hombros,
Hasta la tumba,
Y allí terminará —
¡Contento debes estar!”22





            Luego, le dio a Rupertine todo el dinero y un paquete de facturas.
Aquí tienes, querido ministro de finanzas: organiza, arbitra y disponlo todo a tu gusto. Pero a estos viejos hebreos —dijo, entregándole cuatro facturas que había retenido—, estos Shylocks, con sus tirabuzones rizados, les pongo de manifiesto, y han de saberlo de tus bellos labios, que habrán de esperar hasta que esté repuesto. Adieu, querido ministro, id con Dios.


25.


Pero la necesidad crecía y crecía, y todo se precipitaba, cada vez más rápidamente, cuesta abajo.
¡Ah, si sólo se hubiese tratado de preocuparse del pan de cada día, la miseria, con su horrible rostro arrugado, sus cabellos grises revueltos y sus ojos fijos, no se aposentaría ya entre los hombre! Pues la miseria podría ahuyentarse, y para siempre, solo con que todos lo quisiesen, pues no está indisolublemente ligada a la vida de los hombres, como ocurre con la muerte. Pero han de quererlo todos, pues el individuo particular no puede paliarla, aunque dispusiese de todos los millones del mundo, y estuviese dispuesto a repartirlos con sus liberales manos.
Los “Shylocks”, como había llamado Otto a sus acreedores, fueron haciéndose más importunos, hasta volverse desafiantes y groseros. Al mismo tiempo, fue expandiéndose el rumor de que Otto se encontraba en situación apurada. Se rumoreaba que aquel supuesto barón, rico y frívolo, no era más que un aventurero, un antiguo camarero, que había copiado de los nobles señores a los que había servido sus maneras arrogantes; y su mujer… ¡Bah! ¡A saber quién sería! Había, pues, que salvar tan rápido como fuese posible todo lo que pudiese salvarse. De manera que el Palacio Corradin se vio constantemente rodeado de acreedores.
Rupertine estaba profundamente indignada, pues una persona como ella, mimada y consentida e incapaz de sufrir nada, no sabía cómo desenvolverse bajo estas nuevas circunstancias. Finalmente, llegó a perder la cabeza, y sólo con gran esfuerzo lograba fingir serenidad ante Otto.
Éste observaba todo lo que estaba pasando. Su versátil carácter flojeaba bajo el peso plomizo de los pensamientos, que se amontonaban sobre su espíritu, envenenándolo poco a poco.
Rupa le dijo una mañana tristemente, cuando volvía la joven con el rostro demudado, después de haber mantenido una tormentosa discusión con dos judíos, que venían a reclamarle sus débitos a Otto, Rupa, ¿te han dado mucho que hacer esos execrables canallas?
¡Ah, Otto, ha sido horrible!
Es verdad; pero no podemos perder el tinoindicó él; óyeme: tenemos que echarles algo a esos perros, si no queremos que se vuelvan salvajes. Les empeñarás a todos esos Abraham, Isaac, Moisés y David los trapos que te compré; diles que les cortaré sus luengas barbas y sus rizos de profeta, si se atreven a no darme al menos la mitad del precio de su compra. ¿Entiendes? Mírales encolerizada con tus ojos azules, cíñete mi daga y exclama: “¡Tiembla Bizancio!” Tendrán que hacerte caso. Luego ve a casa del marchante de pianos De Luca, y pregúntale si admite que le devolvamos el piano de cola. Puedes decirle que vamos a emprender un viaje dentro de pocos días. Es un hombre amable, y estoy seguro de que hará cuanto esté en su mano.
Rupa se enjugó los ojos con el pañuelo y murmuró: “Haré lo que quieras.”
Otto se mostró muy afligido.
Cuando esté curado, te compraré una docena de Érards y Blüthner23, y yo mismo me pondré a aprender a tocar el piano. Luego, nos mudaremos a una casa próxima a las de esos Isaac, David o Abraham, y entonces habrás de ver qué cara ponen esos desvergonzados muertos de hambre, cuando estemos tocando día y noche en nuestros instrumentos, hasta que caigan en la desesperación y nos paguen el cincuenta por ciento. ¡Oh, entonces me daré el gusto de bailar sobre sus tumbas!
Rupertine no pudo por menos que reírse.
Lo único que importa es no perder la cabeza dijo Otto cuando vio de nuevo iluminarse aquel rostro que le era tan querido, con un brillo del que había estado privado largo tiempo; eso es: no perder la cabeza. Nadie puede reprimir nuestra individualidad, y créeme, si nos a concedieran tan solo diez minutos de respiro para rebuscar en nuestra cámara del tesoro, saldrían de aquí con sus manos llenas de tesoros.
Quizás empezó de nuevo, pasados unos instantes sería bueno si pasásemos revista a nuestros amigos. Tendríamos que pensar, enseguida, quién podría querer ayudarnos. Desgraciadamente añadió, tras una breve reflexión, yo no conozco a nadie. La mayoría de mis amigos no están boyantes, que digamos; y otros apenas podrían prestarme unos cientos de táleros, que poco nos ayudarían. Y mi prima tampoco vive sobre un lecho de rosas. Quedan los marchantes de arte; pero ya comprenderás, Rupa, que no puedo hacerme ilusiones sobre ellos, y que serían, en cualquier caso, los últimos que podrían ayudarnos… Reflexiona tú, a ver en qué condiciones se hallan tus amigos; no pueden estar todos como los míos… Piensa un poco, haz el favor…
En ese momento, la cocinera requirió la presencia de Rupertine, y ella salió de la habitación.


26.


         Entonces, su miseria entró en la terrible fase en la que, primero suavemente, pero luego cada vez con mayor brusquedad, comenzaron a hacerse mutuos reproches. A menudo, pasaba Rupertine horas junto al lecho de Otto, sin que hablasen ni una palabra. Ambos temían una explosión, y el ambiente se volvió cada vez más enrarecido entre ellos.
        Unos días después de que hubiese tenido lugar la anterior conversación, en la que Otto había pensado en acudir a sus amigos, le dijo a Rupertine:
Y bien, Rupa, ¿has encontrado a algún amigo que pueda ayudarnos?
La verdad, Otto dijo ella, con rostro sombrío, mis amigos tampoco pueden contribuir con gran cosa. Además, no quiero ocultarte que yo tampoco estaría en condiciones de mendigar dinero.
¡Qué rara eres, Rupa! –respondió él, con exaltación- ¿Cómo viviremos, entonces? Ese orgullo me parece que está fuera de lugar. Estamos en una gran, en una extrema necesidad, y debemos liarnos la manta a la cabeza y ceder ante las circunstancias. ¿Por qué no quieres escribirle a Wolfgang?
¿Cómo has dicho? –gritó salvajemente Rupertine, al tiempo que sus ojos lanzaban llamas.
Otto se asustó. Con la agitación, la pregunta se le había escapado. Se arrepintió de haberla pronunciado; y también se hubiera arrepentido, aunque no hubiese provocado tamaña reacción en ella. De manera que quiso apaciguarla, y dijo:
Wolfgang siempre será amigo nuestro.
Pero en Rupertine la tempestad ya se había desencadenado:
¡Eres un bárbaro –exclamó temblando, con las manos convulsivamente cerradas-; si no, no lo hubieses pensado, y mucho menos hubieses podido decirlo!
Rupa, Rupa –advirtió Otto, con ira trabajosamente contenida.
Pero ella ya no pudo contenerse, y profirió, llena de desprecio, y con ciego apasionamiento:
¡Eso ha sido algo bajo y vulgar, algo malvado!”
Otto se estremeció; se levantó de su lecho, y apoyándose en su brazo derecho, grito, sin ser ya dueño de sus palabras y con el rostro tremendamente pálido:
¡No te conviene ese lenguaje, pues sólo tú eres culpable de mi desgracia! ¿Por qué no viniste inmediatamente, cuando te llegó mi carta implorándotelo? Tu lugar estaba a mi lado, y allí te llamaba el deber; pues eras mi mujer, aun sin mediar la bendición del sacerdote; lo que fue bajo, vulgar y malvado fue que me empujases a la desesperación, y que te arrojases a los brazos de Wolfgang. No estaríamos en estos apuros, si no me hubieses clavado entonces, fría y despiadadamente, la daga en mi joven corazón. Deberías haberte dicho, y ese desdichado filósofo que estaba a tu lado también debería habértelo dicho, que mi lacerante pasión no podría soportar separarme de ti, y que eso habría de precipitarme por un mal camino. Eres tú la que has asestado un golpe mortal a mi salud.
El espíritu de Rupertine estaba confuso. La habitación daba vueltas alrededor de ella, y tuvo que agarrarse al respaldo de una silla, para no caerse. Se puso la mano sobre el corazón, que rebosaba de un dolor candente. Entonces se le pasó por la mente, de forma clara, objetiva y precisa, la luminosa casita blanca de Wolfgang, encantadora, llena de paz y rodeada de su velo de verdura, suscitando sus anhelos. Lanzó un profundo gemido, parecido al estertor de la muerte, y cayó de rodillas.
Pero Otto no la dejó tranquila. Se sentía en posesión de la razón, y no había forma de contener ya su pasión; y Rupertine aún tuvo que escuchar mucho más:
Ahora cosechas lo que has sembrado. Quien siembra vientos, recoge tempestades. Yo tenía un deseo lánguido y loco por ti. ¡Oh, mi amor hacia ti carecía de límites! Pero tú jamás, jamás me has querido, Rupa. Aunque sabías que me debatía, luchando con la muerte, te lanzaste, con una sonrisa indiferente, a los brazos de Wolfgang, besándolo. No es posible que me hayas amado nunca; si me hubieses querido, habrías visto hace tiempo la necesidad que me aniquilaba. Quien ama de veras, afronta la muerte por el amado, mata su orgullo con sangre fría, mendiga y, si es necesario apesta, para calmar el hambre de quien ama;pero tú dices, con frialdad: No puedo pedir dinero a nadie. ¿Eso es amor? –gritó con sarcasmo.
Se golpeó con el puño en la frente; y prosiguió:
Oh, no me mires así, con esa cara de interrogación. Ya sé lo que vas a decirme: ¿Por qué no has trabajado, gandul? ¿Por qué han estado tus manos tan ociosas? Oh, han estado ociosas porque te quería, y te quiero aún, porque no podía tener otra cosa en mi cabeza que sembrar tu camino de flores.
De pronto, recogiendo sus últimas fuerzas, saltó de la cama, y dijo:
Voy a probarte que aún te amo y que puedo hacer de todo, con tal de que el sol brille de nuevo en nuestro camino. Hoy mismo voy a hacer un lienzo con Paolo y Francesca en el Infierno del Dante24.
Rupertine se apresuró a correr a su lado; Otto vaciló, y tuvo que cogerle entre sus brazos, mientras vertía un nuevo torrente de sangre por la boca. Ambos perdieron el sentido.
Fue Rupertine la primera en recuperarse. Le levantó, como si fuese ligero como una pluma, y volvió a acostarle en su lecho. Sus ojos estaban secos, y, dueña de sí, dispuso lo necesario para cuidar del enfermo.
Mi marido se está muriendo. Estamos en la más extrema necesidad. Mándame lo que puedas. Dirección: Palazzo Corradin.”
Expidió el telegrama carta, y luego tornó a sentarse al lado de Otto, estrechando su mano con fuerza.


27.


Pasaron unos pocos días. La serenidad reinaba en la habitación del enfermo. Otto le había preguntado al médico si podía levantarse, para poder disfrutar una vez más de la esplendorosa y melancólica vista de Venecia, y éste había accedido de buen grado. El infeliz estaba a las puertas de la muerte; ¿por qué habría de negársele la última alegría de la que habría de disfrutar en esta vida?
Otto estaba sentado, pues, en un cómodo butacón, cubierto por abundante ropa, para darle calor. Las puertas del balcón estaban abiertas de par en par, y el enfermo absorbía, en entrecortadas y agitadas aspiraciones, el dulce y balsámico aire primaveral. Rupertine se hallaba de rodillas junto a él, ocultando el rostro en su seno.
¡Oh, cuán dichosos recorrían los avezados ojos azules del artista Venecia y sus lagunas! Sus hundidas mejillas volvían a adquirir color, y, transcurridos algunos instantes, poniendo ambas manos sobre el cabello de Rupertine, dijo:
No puedo explicar lo bien que me encuentro… No tengo más que deudas; soy pobre como Job y moriré muy pronto, sans crainte ni espoir, como Federico el Grande25; pero quería decirte que daría todo el oro del mundo, si lo tuviese, ambas manos y hasta la salud de mi alma, si pudiese hacer que no hubiese tenido lugar nuestra disputa. Ya no me siento capaz de verme acometido por tamaña indignación. Todo mi apasionamiento, todo lo que era impuro en mí, lo ha vomitado mi alma, sin digerirlo, como un surtidor. Es como si me hubiesen quitado unas pesadas cadenas con sus bolas, que llevase desde mi nacimiento. Ahora estoy tan indeciblemente bien. ¿Podrás perdonarme, Rupa?
Todo lo he olvidado, Otto dijo ella con vehemencia—; pero dime que crees en mi amor.
Oh, he sido vergonzosamente injusto, y he estado ciego. ¿Qué no habrá hecho mi dulce cabecita dorada, mi tortolita por mí? ; y, diciendo esto, se inclinó hacia ella, la cogió entre sus brazos y la beso en la boca por última vez.
Transcurrido unos instantes, dijo:
No debemos hacernos ilusiones, Rupa. El final se aproxima, y el telón caerá muy pronto. Tirez le rideau; la farce est jouée!26 Pero no; no es verdadañadió con ese humor que le era tan peculiar: ¡Mi vida fue una tragedia, una comedia y una farsa! ¿Se dignarán a acompañarme Abraham, Moisés y sus colegas al templo de los Santi Apostoli? Me han sacado suficiente dinero para poder rendirme aún ese tributo. Tú, por tu parte, habrás de fijar el siguiente cartel:
"Otto von Düßfeld
passò quest'oggi a...
dopo penosa malatia a miglior vita."
"A miglior vita!" -repitió, sonriendo melancólicamente- ¡A mejor vida! ¡No!, No hay ninguna vida mejor que ha sido la nuestra. No; no es esto lo que has de escribir, Rupa, porque sería mentira. Escribe: ad altra vita!, a otra vida!; y añade:
L’afflittissima Moglie ne dà parte agli amici.”
No se interrumpió; no podemos olvidar a Abraham y sus cómplices. Uno de los Evangelios dice: “Amad a vuestros enemigos”. No pondremos “usureros”, usuragi, sino que hemos de elegir un concepto más amplio, una especie de olla en la que quepan todos los Isaac, sin que asomen sus guedejas patriarcales y sus barbas de Shylock; pon, pues, conoscenti, conocidos; ¡pues, ciertamente, esos canallas me han conocido!
Y al final, pon:
"La tumulazione seguirà… nella chiesa Evangelica a Santi Apostoli."27
—prosiguió—; aquí en Venecia deben reposar mis restos. No deben ser trasladados al rudo norte. ¡Oh, cómo he amado esta tierra de Italia! ¡Cuán dichoso descansaré en su suelo!... Por lo demás prosiguió con humor, tampoco tenemos dinero para permitirnos tales lujos, y cómo habrías tú de…
Se detuvo, espantado. Gruesas lágrimas rodaron por sus pálidas mejillas y dolorosamente conmovido, exclamó:
¡En qué miseria te dejo! ¡Es terrible, terrible! ¿Qué será de ti?
Tranquilízate, Otto le respondió ella, con singular entereza; no te vas a morir. Presiento que te quedarás conmigo; además, ya cuidarán de mí.
Él la entendió mal, y su rostro se transfiguró. Ella se dio cuenta de que la había malinterpretado, pero no quiso decir nada…
Entró entonces la cocinera, y le pasó un correo certificado. Rupertine lo firmó y rompió rápidamente el sobre. Contenía un cordial mensaje de Wilhelmine y seiscientos táleros.
Se lo pasó a Otto. Cuando lo hubo leído, le apretó la mano y murmuró: “¡Gracias a Dios!”
Ella se arrodilló junto a él, y le dijo:
No te olvides del cónsul prusiano. Es amigo mío, y estará a tu lado; pero añadió— ahora caigo en que antes hemos olvidado lo principal de la esquela: el lugar y la fecha. Sería: Venecia... ¿qué día es hoy, Rupa?"
Ella hizo un gesto de rechazo.
¡Oh, te ruego que no hables más de tu muerte. ¡Me haces sufrir demasiado…!
Él calló, y se recostó en el sofá.
Pasó una hora entera, que transcurrió en completo silencio. Otto tenía entre sus manos la mano derecha de Rupertine, mientras con la izquierda abrazaba su cuello.
De golpe, Rupertine advirtió que él hacía grandes esfuerzos, aunque en vano, para incorporarse y hablar. Se levantó de un salto, para ayudarle; pero él, con los ojos erráticos, cayó hacia atrás. Rupertine perdió la compostura al verlo, lanzó un grito y le miró, como enajenada.
Él lanzó un débil y breve vaguido. Un poco de espuma sanguinolenta fluyó de sus labios. Estaba muerto.


28.


El entierro de Otto ya había tenido lugar, y Rupertine había visto llevarse el ataúd, sin pestañear. Desde el instante en que, presa de indescriptible desesperación, se hubo desahogado ante el cadáver de Otto, había caído en una suerte de estupor, parecido a aquel que le acometió en la época en que se figuraba que Otto la había abandonado. Con calma estremecedora, dispuso todo para el funeral y cubrir las deudas de Otto, apoyada por el cónsul prusiano, y un chamarilero judío, que se había distinguido por su comportamiento decente, y al que había conmovido la situación de aquella bella dama. Pagó todas sus deudas, con el dinero que le había enviado su amiga, y los ingresos que le produjo la venta de sus joyas y vestidos. Sólo se quedó con un traje; y del dinero apenas le quedó una suma prácticamente inapreciable.
Se sentó entonces, sola, en medio de su grande y amplia vivienda, mirando fijamente al suelo; su mirada era pensativa y sombría.
Cuando le había dicho a Otto que “ya cuidarían de ella”, había pensado en la muerte, cuya mano habría asido sin vacilar lo más mínimo. ¿Qué le quedaba aún por hacer en este mundo? Pero esta salida a su dolor le estaba ahora vedada. Algo se había desgarrado en su cerebro, y su conciencia se había vuelto mucho más simple. Podría decirse que ahora era el instinto lo que regulaba sus movimientos, y vivía en un pasado descolorido y sin mirar al futuro, atendido casi en exclusiva al presente.
Y una vez más, su fantasía puso ante ella la casita de Karenner. Se estremeció y sonrió feliz como una niña, asintiendo misteriosamente con la cabeza.
Se levantó, se puso el sombrero, y cerró todas las puertas de la vivienda que daban al corredor; luego salió al vestíbulo, e hizo una señal a un gondolero, para que le llevase ante el cónsul prusiano, a quien le pasó las llaves, rogándole que se las devolviese al propietario del Palacio.
Después, se fue a la estación, y compró un billete para Arona.


29.


En la estación de Baden, con destino a Basilea, el taquillero se disponía a cerrar la ventanilla, cuando una dama de apariencia distinguida entró rápidamente, y le preguntó cuánto costaba un billete de tercera clase hacia X. El taquillero le preguntó, sorprendido: “¿De segunda o de tercera clase?”, y cuando ella le repitió que quería uno de tercera, le dijo el precio. Se asustó, y le preguntó entonces por el precio del viaje hasta Heidelberg. Cuando se lo hubo dicho, solicitó el billete, y contó el dinero con mano temblorosa. Luego, saludó al taquillero y se marchó precipitadamente. El empleado, pensativo, movió la cabeza y cerró la ventanilla.
Era Rupertine. Al llegar al andén, le dijo al revisor: “Voy a Heidelberg. Tercera clase”. También él creyó haberla entendido mal y le preguntó lo mismo que el empleado de la taquilla, respondiéndole ella, con frialdad: “Tercera”; él le abrió entonces la portezuela, y ella se sentó tímidamente en un rincón, cerrando los ojos.
Llegó a Heidelberg hacia las cinco de la tarde. Un viento furioso se había desatado la pasada noche, barriendo con temible violencia la tierra. Era la época de las tormentas equinocciales. En ese momento no llovía, pero el viento traía consigo una llovizna que mojaba los caminos y los volvía resbaladizos.
Rupertine bajó del tren, y preguntó por la carretera que conduce a Darmstadt. Cuando la hubo encontrado, empezó a recorrerla, lo más rápido que pudo. Varias veces estuvo a punto de caer al suelo, derribada por las ráfagas de viento, pero luchó con ellas, haciendo grandes esfuerzos para mantenerse en pie. Sus ojos miraban fijamente en la lejanía, y siempre en la misma dirección, hacia la que caminaba cada vez más aprisa.
Llegó la tarde, y le siguió la noche. El viento había remitido algo, y ahora caía una fina llovizna, que calaba hasta los huesos; pero Rupertine no parecía sentirla. De vez en cuando sentía un estremecimiento febril. Sus cabellos se habían despeinado, y le caían, en desorden y empapados, hasta la cintura.
Sus pies no desmayaban; seguía caminando, con paso rápido y regular, y con la misma mirada fija, aunque ya había oscurecido por completo; pero no importaba, conocía bien su meta, e iba derecha hacia ella.
De cuando en cuando, cantaba en voz baja, como si fuese un pájaro soñador, aquella canción, que no se le iba de la cabeza:


"...El peso de la cruz
Oprime nuestros hombros,
Hasta la tumba,
Y allí terminará —
¡Contento debes estar!”


Pasó la noche, y alboreó el nuevo día.
Se cruzó con algunos carreteros, que iban y venían en sus carros rechinantes, y también con algún eventual caminante. Todos la miraban, asombrados, sacudiendo sus cabezas. Ella se apartaba a un lado, y proseguía su camino.
De pronto, una sonrisa de felicidad iluminó su rostro, pues había visto algo maravilloso.
Redobló sus pasos, y pudo ver, al fin, frente a ella lo que buscaba: la pequeña villa blanca, cuya luz la había iluminado desde Venecia, día y noche, hasta llegar allí.
Se detuvo ante la valla del jardín, y miró con ternura la casita. Luego, abrió la puerta, y voló por el jardín hacia la puerta, donde se desplomó sin fuerzas, lanzando un grito estremecedor.
Así la encontró Wolfgang, cuando acudió apresuradamente, al oír el chillido. Le bastó una mirada a aquel cuerpo que yacía allí inerte, para saber quién era. Palideció, y tuvo que apoyarse en la puerta, conmovido en lo más hondo, y falto de fuerzas; mas logró reponerse. La cogió entre sus brazos, la abrazó y besó, y luego la llevó hasta su habitación, que permanecía inalterada desde que ella le había dejado.


30.


Transcurrieron seis días, que Rupertine pasó en medio de intensos delirios febriles. Una inflamación cerebral hacía hervir su sangre, haciendo trabajar su mente con increíble potencia y salvajismo.
Luego, experimentó una leve mejoría. Los médicos creyeron que se podría albergar alguna esperanza, y le dieron ánimos a Wolfgang, quien se sentó, quieto, junto a ella, observándola sin descanso.
Por sus palabras incoherentes, pudo entender que Otto ya no se contaba entre los vivos, y que ambos debían haber pasado muchas estrecheces en Venecia. Experimentó un intenso dolor por la muerte de su mejor amigo, y se hizo grandes reproches por no haber atendido al destino de Rupertine. Cuando se imaginaba su terrible situación, impotente, en tierra extranjera, y cuál había sido el curso de su huída, se le encogía dolorosamente el corazón, y casi deseó gritar en voz alta. La compasión no le abandonó ya, y llegó a convertirse en una verdadera tortura. Todo lo que había soportado por ella había desaparecido de su memoria, y angustiosamente rogaba: “No dejes que muera, no dejes que muera.”
Rupertine abrió los ojos, y pareció volver en sí. Le miraba, presa de estupor, y él podía advertir en sus ojos todos los movimientos que agitaban su interior. Primero mostró asombro; luego, temor y gran angustia; pero, poco a poco, su mirada fue dulcificándose, hasta que terminó fijándose, con profunda ternura en Karenner.
Él le asió de la mano, la besó y murmuró:
¡Mi buena y amada Rupa!
¡Ah, Wolfgang dijo ella, qué bien se encuentra ahora tu Rupa! He padecido mucho, y añadió, vacilante también Otto. Hemos sido muy felices, hasta el último instante. Ha sido terrible.
Se detuvo, agotada. Wolfgang le pidió, encarecidamente, que no hablase más, y que se cuidase.
respondió ella; quiero ser obediente, y estarme quieta. Pero hay algo que me pesa en el alma, y no puedo quitármelo de encima. Wolfgang, ¿puedo pedirte una cosa?
Rupa -exclamó él, conmovido-: todo lo que poseo es tuyo, y todas mis fuerzas te pertenecen.
¡Qué bueno y noble eres! Te lo agradezco de todo corazón dijo, al tiempo que una beatífica sonrisa cubría su rostro—. Cuando estábamos pasando todas aquellas dificultades, tuve que dirigirme a Wilhelmine von Berg, y ella me mandó seiscientos táleros; ¿verdad que le devolverás el dinero?
Wolfgang no pudo responder. Tenía el corazón en un puño. Se limitó a apretarle la mano y a asentir con la cabeza.
Ella cerró los ojos. En sus labios seguía flotando aquella plácida sonrisa.
Así, permaneció tranquila hasta la tarde, momento en que le acometieron nuevos delirios, muy superiores en intensidad a los anteriores. Con frenética velocidad, pasó el contenido de los últimos meses ante su fantasía, siguiéndose una imagen a otra.
Eres una terrible carga para él… ¡Vete, vete!... Le ahogas… Estás estrangulando a un hombre tan noble…. Otra imagen, la última: nosotros dos…, "¿No estamos juntos? Quien pretenda separarnos, ha de robar una celeste antorcha, y, como a zorros, cazarnos con su llamarada… ¡No llores! ¡Ven, ven enseguida! ¿Oyes? Quédate conmigo… ¡Bah! Sepárate de mí, pero Wolfgang (su voz bajaba, hasta convertirse en un susurro) debe creer que estás conmigo.
De pronto, se irguió y quiso saltar de la cama. Wolf debió utilizar toda su fuerza para contenerla y devolverla al lecho.
Otto gritó, ¡Ayúdame, león mío! Y se puso a luchar, con las fuerzas que da la desesperación con Wolfgang, quien apenas pudo dominarla.
Cuando se tranquilizó un poco, sus dedos parecían tocar un vals sobre la cama y preguntaba, con ternura: "¿Verdad que Venecia es indescriptible, maravillosamente bella?" “¡Buenos días, queridos paisanos!
Y luego, cantaba, con dulce voz:
"Coracero, cabalga duro,
Y ten el ánimo alegre;
Canta canciones frívolas,
Y sé bueno con las mujeres."
Calló un rato, y sonrió, divertida.
Paje, ¿dónde está mi abanico y mi velo? —volvió a empezar¡Ah, qué Itinéraire! ¿No tienes mi ojo, al que no empaña ningún velo?... Caro Foscari… Stimatissimo cugino Vendramin… Beatissima Gaspara… ¡Atrás, Loredano!… Has matado a mi amado… ¿Un beso? ¡Desvergonzado!
Lanzó un grito desgarrador y se mordió sus manos, convulsamente cerradas.
Le he matadolamentó—; he asesinado a mi Otto… Ah, no me despojéis de todo; tened piedad… Abraham… Isaac… ¡Dejadme! Pero sí, tenéis derecho a cogerlo…
Y luego, empezó a cantar de nuevo en voz baja, tremendamente conmovedora:
"No puede ser de otra manera:
Todos los hombres deben padecer.
Lo que en la tierra vive y se mueve
La desdicha no puede detener.
El peso de la cruz
Oprime nuestros hombros,
Hasta la tumba,
Y allí terminará —
¡Contento debes estar!”
Esto último no lo cantó, sino que lo dijo, hasta tres veces y de formas diferentes: una vez con voz solemne y profunda; luego con ternura, como le habla una madre a su hijo, y finalmente, de forma cortante y áspera.
Calló, y permaneció sin moverse, con la boca abierta, mirando al vacío. Pasado un rato, cantó, con tristeza:
"¿Qué sacó ella de su delantal de lino?
Blanco como la nieve es el cendal.
Míralo, tú que eres tan guapo y distinguido,
Amor de mi corazón, tan solo mío:
¡Ha de ser tu sudario mortal!"
Wolfgang no pudo soportarlo más. Aun siendo un hombre dotado de una firmeza poco común, le ahogaba la melancolía. Quiso irse a la ventana, para sentir el frío exterior por un instante sobre su abrasada frente, y trató de dejar la mano de Rupertine; pero ella no lo permitió, sino que la asió con ardor entre las suyas, y le rogó: "No me dejes, por favor; no me abandones".
Se reclinó, y estuvo unos instantes, completamente quieta. De repente, Wolfgang sintió una presión de acero en su mano, y a la vez vio como la luz de sus ojos se apagaba, a la vez que emitía un único y profundo suspiro. — Estaba liberada [erlöst]. Su corazón dulce, tempestuoso y apasionado, que había sido impetuoso en el dolor e incapaz de padecer, había dejado de latir. Había ingresado en la paz eterna.
Profundamente conmovido, Wolfgang le cerró los ojos. Aquel hombre tan fuerte había quedado aplastado por este último y durísimo golpe. En el breve período de dos años, le habían sido arrebatados por la muerte todos aquellos a los que había querido con amor sencillo y callado, pero inconmovible: su madre, el viejo Del Fino, Otto y ahora Rupertine.
Se desplomó al lado del cadáver; arrodillándose, se cubrió el rostro con las manos, y lloró amargamente.
 FIN

NOTAS:
1 Otto alude irónicamente en el texto a la tríada "tesis-antítesis-síntesis" de la dialéctica hegeliana.
2 Nueva alusión filosófica, esta vez a la filosofía pesimista de Arthur Schopenhauer (1788-1860).
3 Fragmento del poema de J. W. Goethe Vanitas! Vanitatum Vanitas!, puesto en música por Louis Spohr en 1806.
4 Apocalipsis, 21, 4.
5 El Velo della Veronica (o Testa di Cristo), es un óleo del Correggio, pintado hacia 1521, y conservado actualmente en el Getty Museum de los Ángeles.
6 "Recuerda conservar la mente serena en los momentos difíciles; así como templada en los favorables y lejos de la alegría exagerada [, Delio, que has de morir.]" (Horacio, Odas, II, 3)
7 "¡Oh tú, amor, tirano de los dioses y de los hombres!" Cita de Schopenhauer (WWV, IV), a partir de Shakespeare, Enrique VI, III, 2-3.
8 Goethe, Zahme Xenien, Cap.8, Axioma.
9 “¡Alegre en la tristeza; triste cuando está alegre!” Motto de Giordano Bruno.
10 "Ahora os toca a vosotros", Virgilio, Eneida, I, 135.
11 Shakespeare, El Rey Lear, Acto III.
12 J. W. GOETHE, Fausto, I, 19, v. 3456-58
13 TÁCITO, Anales, Libro IV, 2ª Parte, LIII.
14 W.Shakespeare, El Rey Lear, Acto V, escena 3ª.
15 Esta “Canción prusiana” [Preusenlied] es una canción patriótica, que llegó a tener en ocasiones el estatus de himno nacional prusiano. Sus primeras cinco estrofas fueron compuestas por Berhard Thiersch en 1830 en Halberstadt, como regalo de cumpleaños para Friedrich Wilhelm III. La música fue compuesta en 1832 por el Director musical del Segundo Regimiento de Granaderos de la Guardia August Neithardt. En 1851 Th. Schneider le añadió una sexta estrofa.
16 Otto parodia unos versos del drama de J. Ch. F. Schiller, La Doncella de Orleans (1801), Acto I, Escena 3: “Kann ich Armeen aus der Erde stampfen? / Wächst mir ein Kornfeld auf der Hand?” (“¿No puedo sacar ejércitos de la tierra? / ¿No me crece un campo de trigo en la mano?”)
17 Capota.
18 Esta popular canción, en dialecto veneciano, atribuida a Pietro Pagello (1807-1898), ha sido recogida por numerosos viajeros: aparece, por ejemplo, en las Cartas de un viajero, de George Sand (escritas entre 1834-36, publicadas en 1837, y reeditadas en 1857), y en De Madrid a Nápoles, de Pedro Antonio de Alarcón. Sobre ella compuso Reynaldo Hahn (1874-1947), su pieza “Sopra l’acua indormenzada” (1901).
19 Santa Lucia es la canción más conocida de Teodoro Cottrau (1827-1879). Compuesta en 1848, alude al barrio costero de Nápoles llamado “Borgo Santa Lucia”, que observa un marinero desde su barca, mientras navega por la bahía napolitana. Mainländer altera la letra de la canción, alejándose bastante del original.
20 “¡Un beso!”
21 Quizás, "Diotima".
22 “Gib dich zufrieden und sei stille”: Canción protestante, obra de Paul Gerhardt (1607-1676), a la que puso música J. S. Bach (BWV 511).
23 Nombres de dos famosos fabricantes de pianos del siglo XIX: Sébastien Érard (1752-.1851) y Julius Ferdinand Blüthner (1824-1910)
24 Divina Comedia, Canto V, vv.73-142.
25 "Sin temor ni esperanza."
26 "¡Que caiga el telón; la comedia ha terminado!"
27 “La afligidísima mujer de Otto von Düβfeld comunica a sus amigos que hoy, día…, después de una penosa enfermedad, su marido ha pasado a mejor vida. El entierro tendrá lugar en la Iglesia Evangélica de Los Santos Apóstoles.”

1 comentario:

  1. Muchas gracias por compartirla de manera gratuita y brindarnos la oportunidad de disponer de otra lectura interesante este verano.

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