BLOGELEUSIS: FILOSOFÍA, y más allá...


Según Walter Burkert, los antiguos misterios "eran rituales de iniciación de carácter voluntario, personal y secreto que aspiraban a un cambio de mentalidad mediante la experiencia de lo sagrado." (Cultos mistéricos antiguos)

Con los decretos imperiales de 391/392, que prohibieron todos los cultos paganos, y con la destrucción de los santuarios por los godos al mando de Alarico en 394, los misterios súbitamente desaparecieron...

¿Desaparecieron? ¿O dejaron de ser algo meramente exterior, para madurar y convertirse en lo que siempre pretendieron ser: una experiencia interior, dirigida a enriquecer al sujeto, y al margen de cualquier formalismo abstracto, vacío?

Este blog -creado precisamente en Madrid, la ciudad situada en el centro, y presidida por la estatua de Cibeles, la Gran Madre- pretende recoger el espíritu de esos misterios, sean los de Eleusis, Dionisos, Méter, Isis o Mitra, y combinarlos con el saber filosófico, para estimular el avance espiritual de aquellos que quieran participar en su creación.

Igual que en las iniciaciones del pasado, habrá en él dos niveles: el preparatorio, en el que se incluirán materiales destinados a los estudiantes de Secundaria y Bachillerato, que acaban de iniciarse en el camino del conocimiento; y el especializado, en el que el autor incluirá temas filosóficos de nivel superior, o situados en los márgenes del pensamiento filosófico "oficial". También se incluirán referencias a sus publicaciones, a fin de que puedan ser localizadas, comentadas, y desde luego criticadas, por aquellos que se encuentren interesados por los problemas a los que dichas publicaciones se refieren.


En estos tiempos que corren, oscilantes entre el dogmatismo fanático de las religiones oficiales y el más burdo de los materialismos, los defensores del auténtico progreso espiritual no pueden desesperar, ni ceder un ápice de terreno. Hoy, como siempre, este ha de ser nuestro lema:

"Fortes viri adversa fortuna probabuntur"

lunes, 28 de octubre de 2013

Kant: El político moral y el político moralista



 

Cuando uno contempla desilusionado y ahíto los vaivenes de la política actual -especialmente de la política española- le viene a la mente el famoso texto de Kant, incluido en su opúsculo La paz perpetua (1795), en el que expone la diferencia entre el "político moral" y el "político moralista". Aquí lo tenéis, para escarnio de los politicastros que padecemos:   

   "Yo concibo un político moral, es decir, uno que considere los
principios de la prudencia política como compatibles con la moral; pero no concibo un
moralista político, es decir, uno que se forje una moral ad hoc, una moral favorable a las
conveniencias del hombre de Estado.
   He aquí la máxima fundamental que deberá seguir el político moral: Si en la
constitución del Estado o en las relaciones entre Estados existen vicios que no se han
podido evitar, es un deber, principalmente para los gobernantes, estar atentos a remediarlos
lo más pronto posible y a conformarse al derecho natural, tal como la idea de la razón nos
lo presenta ante los ojos; y esto deberá hacerlo el político aun sacrificando su egoísmo.
Romper los lazos políticos que consagran la unión de un Estado o de la Humanidad antes
de tener preparada una mejor constitución, para sustituirla a la anterior, sería proceder
contra toda prudencia política, que en este caso concuerda con la moral. Pero es preciso,
por lo menos, que los gobernantes tengan siempre presente la máxima que justifica y hace
necesaria la referida alteración. El Gobierno debe irse acercando lo más que pueda a su fin
último, que es la mejor constitución, según leyes jurídicas. Esto puede y debe exigirse de la
política. Un Estado puede regirse ya como república, aun cuando la constitución vigente
siga siendo despótica, hasta que poco a poco el pueblo llegue a ser capaz de sentir la
influencia de la mera idea de autoridad legal -como si ésta tuviese fuerza física- y sea apto
para legislarse a sí propio, fundando sus leyes en la idea del derecho. Si un movimiento
revolucionario, provocado por una mala constitución, consigue ilegalmente instaurar otra
más conforme con el derecho, ya no podrá ser permitido a nadie retrotraer al pueblo a la
constitución anterior; sin embargo, mientras la primera estaba vigente, era legítimo aplicar
a los que, por violencia o por astucia, perturbaban el orden las penas impuestas a los
rebeldes. En lo que se refiere a la relación con otras naciones, no puede pedirse a un Estado
que abandone su constitución, aunque sea despótica -la cual, sin duda, es la más fuerte para
luchar contra enemigos exteriores-, mientras le amenace el peligro de ser conquistado por
otros Estados. Así, pues, queda permitido, en algunos casos, el aplazamiento de las
reformas hasta mejor ocasión.
   Puede suceder que los moralistas, que, al realizar sus ideales, se equivocan y se hacen
déspotas, cometan numerosos pecados contra la prudencia política, adoptando o
defendiendo medidas de gobierno precipitadas; la experiencia, rectificando estos agravios a
la Naturaleza, acudirá a encarrilarlos por el buen camino. Pero, en cambio, los políticos que
construyen una moral para disculpar los principios de gobierno más contrarios al derecho,
los políticos que sostienen que la naturaleza humana no es capaz de realizar el bien
prescrito por la idea de la razón, son los que, en realidad, perpetúan la injuria a la justicia y
hacen imposible toda mejora y progreso.
   Estos hábiles políticos se ufanan de poseer una ciencia práctica; pero lo que tienen es la
técnica de los negocios y, disponiendo del poder que por ahora domina, están dispuestos a
no olvidar su propio provecho y a sacrificar al pueblo, y, si es posible, al mundo entero.
Son como verdaderos juristas -juristas de oficio, no legisladores- cuando se ven ascendidos
a políticos. No siendo su misión la de meditar sobre legislación, sino la de cumplir los
mandatos actuales de la ley, toda constitución vigente les parece perfecta; y si ésta es
cambiada en las altas esferas de la corte, el nuevo estatuto les parece el mejor del mundo;
todo marcha según el orden mecánico pertinente al caso. Pero si esa adaptabilidad a todas
las circunstancias les inspira la vanidosa pretensión de poder juzgar los principios jurídicos
de una constitución política en general, según el concepto del derecho -a priori, pues, y no
por experiencia-; si se precian de conocer a los hombres -cosa que no es de extrañar, ya que
tratan a diario con muchos-, no conociendo empero «al hombre» ni sabiendo de lo que es
capaz, pues tal conocimiento exige una profunda observación antropológica; si, provistos
de esos pobres conceptos se acercan al derecho político y de gentes para estudiar lo que la
razón prescribe, haránlo de seguro con su menguado espíritu leguleyesco, siguiendo su
habitual proceder -el de un mecanismo de leyes coactivas y despóticas-. Lejos de esto, los
conceptos de la razón exigen una potestad legal, fundada en los principios de la libertad,
únicos capaces de instituir una constitución jurídica conforme a derecho. El hábil político
cree poder resolver el problema de una buena constitución dejando a un lado la idea,
apelando a la experiencia y viendo cómo estaban dispuestas las constituciones que hasta
hoy se han mantenido mejor, aunque la mayor parte eran o son contrarias al derecho. Los
principios que ponen en práctica -aunque sin manifestarlo- dicen poco más o menos lo que
las siguientes máximas sofísticas:
   1.ª Fac et excusa. ["Haz y excúsate] Aprovecha la ocasión favorable para apoderarte violentamente
de underecho del Estado sobre el pueblo o sobre otros pueblos vecinos. La legitimación será
mucho más fácil y suave después del hecho; la fuerza quedará disculpada, sobre todo en el
primer caso, cuando la potestad interior es al mismo tiempo autoridad legisladora a quien
hay que obedecer sin discusión. Vale más hacerlo así que no empezar buscando motivos
convincentes y discutiendo las objeciones contra ellos. Esta misma audacia parece en cierto
modo oriunda de una interior convicción de la legitimidad del acto, y el dios del «buen
Éxito» es luego el mejor abogado.
   2.ª Si fecisti, nega. ["Si hicieste algo, niégalo"] Los vicios de tu Gobierno, 
que han sido causa, por ejemplo, de la desesperación y del levantamiento del pueblo, niégalos; 
niega que tú seas culpable; afirma que se trata de una resistencia o desobediencia de los súbditos.
Si te has apoderado de una nación vecina, échale la culpa a la naturaleza del hombre, el cual, si no se adelanta a la agresión de otro, puede tener por seguro que sucumbirá a la fuerza.
   3.ª Divide et impera. ["Divide y vencerás"] Esto es: si en tu nación hay ciertas personas
privilegiadas que te han elegido por jefe -primus inter pares-, procura dividirlas y enemistarlas con el pueblo;ponte luego del lado de este último, haciéndole concebir esperanzas de mayor libertad; así conseguirás que todos obedezcan a tu voluntad absoluta. Si se trata de Estados extranjeros, hay un modo bastante seguro de reducirlos a tu dominio, y es sembrar entre ellos la discordia y aparentar que defiendes al más débil.
   A nadie, en verdad, engañan estas máximas, tan universalmente conocidas. Tampoco es
el caso de avergonzarse de ellas, como si su injusticia apareciese patente a los ojos de
todos. Las grandes potencias no se avergüenzan nunca por los juicios que haga la masa;
avergüénzanse unas de otras. Pero en lo que se refiere a estas máximas, no es la publicidad,
sino el mal éxito de las tretas, lo que puede avergonzar a un Estado -ya que todos están de
acuerdo acerca de la moralidad de las tales máximas-. Queda, pues, siempre intacto el
honor político a que aspiran, a saber: el engrandecimiento del poder por cualquier medio
que sea."

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