BLOGELEUSIS: FILOSOFÍA, y más allá...


Según Walter Burkert, los antiguos misterios "eran rituales de iniciación de carácter voluntario, personal y secreto que aspiraban a un cambio de mentalidad mediante la experiencia de lo sagrado." (Cultos mistéricos antiguos)

Con los decretos imperiales de 391/392, que prohibieron todos los cultos paganos, y con la destrucción de los santuarios por los godos al mando de Alarico en 394, los misterios súbitamente desaparecieron...

¿Desaparecieron? ¿O dejaron de ser algo meramente exterior, para madurar y convertirse en lo que siempre pretendieron ser: una experiencia interior, dirigida a enriquecer al sujeto, y al margen de cualquier formalismo abstracto, vacío?

Este blog -creado precisamente en Madrid, la ciudad situada en el centro, y presidida por la estatua de Cibeles, la Gran Madre- pretende recoger el espíritu de esos misterios, sean los de Eleusis, Dionisos, Méter, Isis o Mitra, y combinarlos con el saber filosófico, para estimular el avance espiritual de aquellos que quieran participar en su creación.

Igual que en las iniciaciones del pasado, habrá en él dos niveles: el preparatorio, en el que se incluirán materiales destinados a los estudiantes de Secundaria y Bachillerato, que acaban de iniciarse en el camino del conocimiento; y el especializado, en el que el autor incluirá temas filosóficos de nivel superior, o situados en los márgenes del pensamiento filosófico "oficial". También se incluirán referencias a sus publicaciones, a fin de que puedan ser localizadas, comentadas, y desde luego criticadas, por aquellos que se encuentren interesados por los problemas a los que dichas publicaciones se refieren.


En estos tiempos que corren, oscilantes entre el dogmatismo fanático de las religiones oficiales y el más burdo de los materialismos, los defensores del auténtico progreso espiritual no pueden desesperar, ni ceder un ápice de terreno. Hoy, como siempre, este ha de ser nuestro lema:

"Fortes viri adversa fortuna probabuntur"

lunes, 26 de noviembre de 2012

1º y 2º de Bachillerato: Wittgenstein y Russell: Encuentros y desencuentros entre dos genios

   Así describe Bertrand Russell en su Autobiografia a Wittgenstein, calificándolo de genio:

   "Wittgenstein era austríaco, y su padre inmensamente rico; quería ser ingeniero y por eso se había marchado a Manchester. Allí, a raíz de sus estudios, se interesó en los principios de las matemáticas y averiguó quién se dedicaba a dicho tema. Alguien mencionó mi nombre y Wittgenstein se instaló en el Trinity. Tal vez él haya sido el ejemplo más perfecto que jamás he conocido del genio tal como uno se lo imagina tradicionalmente: apasionado, profundo, intenso y dominante. Tenía una especie de pureza que no he encontrado en nadie más, salvo en G. E. Moore. Recuerdo que una vez lo llevé a una reunón de la Sociedad Aristotélica; allí había algunas personas un tanto necias y yo las traté con cortesía. Al salir, Wittgenstein me recriminó con furia mi degradación moral por no haberle dicho a esa gente lo idiota que era. Su vida era tumultuosa, turbulenta, y su fuerza personal extraordinaria. (...) Solía visitarme cada día a medianoche y quedarse caminando de un extremo al otro de la habitación durante tres horas en agitado silencio, como una bestia enjaulada. Una vez le pregunté: "¿Estás pensado en la lógica o en tu pecados?"; "En ambos", me contestó y siguió andando. Yo no me atrevía a sugerirle que ya era hora de acostarse, pues a ambos nos parecía probable que se suicidara al salir de casa. Al terminar su primer curso en Trinity vino a verme y me preguntó: "¿Cree usted que soy un perfecto idiota?". Yo le dije: "¿Para qué quieres saberlo?". Y él me respondió: "Porque si lo soy me haré ingeniero aeronáutico, pero si no lo soy me convertiré en filósofo". Yo le dije: "Mi querido amigo, no sé si eres o no un idiota, pero si durante las vacacionesme escribes un ensayo sobre el tema filosófico que más te interese, yo lo leeré y te lo diré". Así lo hizo, y a comienzos del curso siguiente me presentó su trabajo. Nada más leer la primera frase quedé convencido de que Wittgenstein era un hombre de genio y le aseguré que bajo ningún concepto debía hacerse ingeniero aeronáutico. A principios de 1914 vino a verme, presa de una gran agitación: "Me voy a Cambridge, me marcho inmediatamente". "¿Por qué?", le pregunté. "Porque mi cñado se ha instalado en Londres y yo no soporto estar cerca suyo." De esta forma pasó el resto del invierno en el extremo norte de Noruega. En los primeros tiempos le pregunté una vez a G. E. Moore qué opinaba de Wittgenstein. "Tengo un gran concepto de él", me dijo. Le pregunté por qué y me respondió: "Porque en mis clases es el único que se muestra perplejo".
   Cuando llegó la guerra, Wittgenstein, que era muy patriota, se alistó como ofiial en el ejército austríaco. Los primeros meses aún fue posible escribirle y tener noticias suyas, pero en poco tiempo se se cortó la comunicación. Ya no supe de él hasta pasado un mes después del armisticio, cuando recibí una carta suya desde Monte Cassino contándome que algunos días después del fin de la guerra había caido prisionero de los italianos, aunque por suerte había logrado conservar el manuscrito de un libro  que por lo visto había escrito en las trincheras, y que quería que yo leyera. Wittgenstein era de la clase de hombres que cuando pensaba sobre lógica era capaz de no darse cuenta de minucias tales como bombas explotando a su alrededor. (...) Se trataba de la obra que más tarde se publicaría  con el título de Tractatus Logico-Philosophicus. Lógicamente era muy importante encontrarse con Wittgenstein para hablar personalmente de su libro, y como era mejor que el encuentro tuviera lugar en un país neutral, decidimos vernos en La Haya. Entonces surgió un problema inesperado. Antes de estallar la guerra, el padre de Wittgenstein había transferido toda su fortuna a Holanda, así que al final seguía siendo tan rico como al comienzo de la contienda. Justo en la época del armisticio, el señor Wittgenstein murió legando a su hijo el grueso de su fortuna. Éste, sin embargo, llegó a la conclusión de que el dinero es un obstáculo para el filósofo y entregó hasta el último céntimo de su fortuna a su hermano y hermanas. A raíz de esto no podía pagarse el pasaje de Viena a La Haya, y como era muy orgulloso no quiso aceptar mi dinero. Por fin se encontró una solución al problema. En Cambridge se encontraban guardados sus muebles y sus libros, y él me expresó su deseo de vendérmelos. En la tienda de muebles que los guardaba me asesoraron respecto a su valor y yo los compré al precio que me indicaron. En realidad, eran mucho más valiosos de lo que él creía, y para mí fue el mejor negocio de mi vida. Gracias a esta venta Wittgenstein pudo viajar a La Haya, y allí nos pasamos una semana discutiendo su libro línea por línea (...) (pp. 470-472)




    






























El contenido del Tractatus era tan "genial" que Wittgenstein temía no ser comprendido, ni siquiera por individuos tan talentudos como Russell o Frege. Así lo expresa en sendas cartas a Russell, fechadas el 12-06 y el 18-09, respectivamente, escritas desde el campo de concentración de Cassino, donde se encontraba prisionero:

   "(...) Me temo que nos será muy difícil llegar a entendernos. Y la leve esperanza eu me quedaba de que mi manuscrito le aportara algo, se ha desvanecido por completo. Como se imaginará, es imposible que le escriba un comentario de mi libro. Sólo podría hacerlo oralmente. Si la comprensión del libro tiene alguna importancia para usted, y si puede arreglárselas para encontrarse conmigo, por favor hágalo. Si esto fuera imposible, tenga a bien enviarme el manuscrito a Viena por un conducto seguro tan pronto como lo haya leído. Es el único ejemplar corregido que poseo, ¡y es la obra de toda mi vida! No veo el momento de verla impresa, ahora más que nunca. Es muy amargo tener que arrastrar conmigo en cautiverio la obra terminada y observar cómo la insensatez reina por doquier. Y más amargo aún es pensar que nadie la entenderá, aunque llegue a publicarse. (...) Muchos saludos, y no suponga que todo lo que no es capaz de entender es una soberana estupidez. Afectuosamente. L. Wittgenstein."

   "Estimado Russell: (...) Ya sabe usted qué difícil me resulta escribir sobre lógica. Esa es otra de las razones por las que mi libro es tan corto, y por lo tanto tan difícil. Pero nada puedo hacer.
   Ahora bien, me temo que usted no haya captado mi postulado principal, del que todo el asunto de los soportes lógicos es sólo el corolario. El punto central es la teoría de lo que puede expresarse (gesagt) -y lo que es lo mismo, de lo que puede pensarse- mediante soportes (por ejemplo, por medio del lenguaje), y lo que no puede expresarse mediante soportes, sino únicamente mostrarse (gezeigt); lo cual, a mi entender, es el problema cardinal de la filosofía.
   También he enviado mi manuscrito a Frege, quien me ha escrito hace una semana y deduzco que no ha entendido una sola palabra. Así que mi única esperanza es verlo pronto a usted y explicárselo todo, pues es muy duro no tener un alma que te comprenda."

   Cabe preguntarse: si cerebros privilegiados como los de Russell y Frege no entendieron el Tractatus, ¿puede jactarse alguien de entenderlo? Bueno, yo creo que hoy en día el contenido del libro resulta mínimente asequible para un buen número de personas, al menos parcialmente. No hay que olvidar que la manera de pensar de Wittgenstein era novedosa para su época, y en muchos aspectos trascendía el horizonte de autores como Russell y Frege, más mayores que él. Actualmente, incluso muchos alumnos de bachillerato pueden atreverse a bordear los aforismos de Wittgenstein sin sentirse tan perplejos como él ante las lecciones de Moore. De manera que no debemos perder la esperanza de llegar a comprenderlo, aunque él ya no esté vivo para alegrarse de ello.
  

Miguel Brieva: Humor y filosofía

   
   Miguel Brieva (Sevilla, 1974) es una de mis debilidades, lo confieso. Este joven humorista español se sirve de viñetas de estilo de los años 50 y 60 y textos cortos, en las que destaca el desajuste permanente entre la iconografía que utiliza, que parece sacada del antiguo TBO, y unas reflexiones que llevan el consumismo a extremos contradictorios, absurdos, macabros o irreales. En palabras del propio Brieva:

  "La fastidiosa hiper-reproducción de nuestro mundo a través de todos los soportes visuales y publicitarios, junto con el progresivo desvanecimiento de nuestra propia identidad nos hace volver los ojos con nostalgia, fetichismo o inexplicable fascinación estética hacia iconografías del pasado."
    Aunque su humor parece centrado en cuestiones políticas, Brieva extiende sus reflexiones mucho más allá, reflexionando en torno a temas independientes de la política, como la estupidez humana, o la muerte. La manera de presentar estos temas le entronca con el esperpento español.

   
   A mi entender, Brieva podría sintonizar (un tanto vagamente) con la filosofía crítica, puesto que sus tiras cómicas vapulean de manera despiadada los iconos de la sociedad mercantilista actual, poniendo de manifiesto su vacuo consumismo.

http://apuntesnovatossobreeducacionyarte.files.wordpress.com/2010/02/miguel-brieva-sin_filosofia_la_escuela_se_vacia.jpg?w=354&h=536
   
   Por lo demás, se trata de un humorista muy vinculado a la filosofía. El 18-06-2011, en la Casa Sin Fin de la Calle Pizarro, en Cáceres, presentó su exposición "Filosofía de masas", que no tenía desperdicio. Quero agradecerle desde aqu,í, además, el apoyo que prestó a los profesores de Filosofía hace años, cuando, preludiando el 15-M, luchábamos un grupo reducido de "indignados filosóficos" en la Puerta del Sol para que nuestra desciplina no fuese aún más depauperada en los Planes del Bachillerato: él se encargó de diseñar unas camisetas que hicieron época. Su humor nos hizo resistir, y levantó los ánimos, haciéndolo todo mucho más fácil. Gracias de nuevo, Miguel.
   Aquí os abro un enlace con el Blog de Miguel Brieva; dos entrevistas con él: Entrevista 1 a Miguel Brieva, Entrevista 2 a Miguel Brieva.
   Y aquí, un enlace con sus dibujos: Viñetas de Miguel Brieva. Disfrutadlos, que tienen mucha miga.

domingo, 25 de noviembre de 2012

1º de Bachillerato: No todo es lógica: Bertrand Russell y la redacción de los Principia Mathematica


  

Así relata Bertrand Russell en su Autobiografía sus inicios en la lógica matemática y las circunstancias que rodearon la redacción de los Principia Mathematica:

"En julio de 1900 se celebró en París un Congreso Internacional de Filosofía, coincidiendo con la Exposición de aquel mismo año. Whitehead y yo decidimos asistir a dicho congreso, y yo acepté una invitación para leer un ensayo allí. (...) El congreso supuso un punto crucial en mi vida intelectual, porque allí me encontré con Peano. Le conocía ya de nombre y había visto algo de su obra, pero no me había tomado la molestia de dominar su notación. En las discusiones del congreso, observé que siempre era más preciso que cualquier otro y que invariablemente se llevaba el gato al agua en cualquier discusión en que tomara parte. Al pasar los días, me dije que aquello debía obedecer a su lógica matemática. Por lo tanto, resolví pedirle todas sus obras. Me las entregó y, tan pronto como concluyó el congreso, me retiré a Fernhurst para estudiar sosegadamente cada una de las palabras escritas por él y sus discípulos. Fue claro para mí que su notación proporcionaba un instrumento de análisis lógico como el que yo buscara durante años, y que estudiándole estaba adquiriendo una nueva y poderosa técnica para la obra que deseaba realizar desde hacía mucho tiempo. (...) Fue una época de embriaguez intelectual. Mis sensaciones se asemejaban a las que se experimentan tras escalar una montaña en medio de la niebla cuando, al llegar a la cima, la niebla se desipa súbitamente y el panorama se hace visible en cuarenta millas a la redonda. Durante años me había esforzado por analizar las nociones fundamentales de las matemáticas, como los números ordinales y cardinales. De pronto, en el curso de una semanas, descubrí las que parecían ser respuestas definitivas a los problemas que habían burlado mis esfuerzos durante años. Y mientras descubría estas respuestas, iba introduciendo una nueva técnica matemática, mediante la cual esferas anteriormente abandonadas a las vaguedades de los filósofos fueron conquistadas por la precisión de fórmulas exactas. Intelectualmente, el mes de septiembre de 1900 fue el punto más elevado de mi existencia. (...) Envié a Peano un ensayo para su revista, dando cuerpo a mis nuevas ideas. A principios de octubre me puse a escribir The Principles of Mathematics, sobre los cuales ya había hecho cierto número de intentos fallidos. Las partes III, IV, V y VI del libro, tal como se publicaron fueron escritas aquel otoño. También escribí entonces las partes I, II y VII, pero tuve que rehacerlas más tarde, de modo que el libro no quedó terminado en forma definitiva hasta mayo de 1902. (...)
   "De manera bastante extraña, el final del siglo señaló el final de esta sensación de triunfo, y, a partir de aquel momento, empecé a ser asaltado simultáneamente por problemas intelectuales y emocionales que me hundieron en la más negra desesperacion que jamás he sufrido. (...) La esposa de Whitehead se estaba convirtiendo en una inválida y solía padecer intensos dolores a causa de una dolencia cardíaca. Parecía aislada de todo y de todos por muros de dolorosa agonía; el sentido de la soledad de cada alma humana me abrumó repentinamente. (...) [Entregado a la lógica] había olvidado todos los problemas más profundos y me había contentado con una inteligencia ligera y petulante. De pronto, la tierra parecía hundirse bajo mis pies, y me hallé en una esfera completamente distinta. En el curso de cinco minutos cruzaron por mi cerebro reflexiones como las siguientes: la soledad del alma humana es insoportable; nada puede penetrarla, excepto esa excelsa intensidad de la suerte de amor que han predicado los maestros religiosos; todo lo que no brote de este motivo es pernicioso o, por lo menos, inútil; se concluye de ello que la guerra es un error, que la educación de un internado es abominable, que el uso de la fuerza debe ser desaprobado y que en las relaciones humanas debe penetrarse hasta el meollo de la soledad de cada persona y dirigirse a él. (...)
   Al término de aquellos cinco minutos me había convertido en una persona completamente diferente. Durante algún tiempo me poseyó una especie de iluminación mística. Tenía la impresión de conocer los pernsamientos mas íntimos de todo aquel con quien me encontraba en la calle, y, aunque sin duda se trataba de una ilusión, me sentía realmente en más estrecho contacto que antes con todos mis amigos y muchos de mis conocidos. Habiendo sido imperialista, en aquellos cinco minutos me convertí en (...) pacifista. Habíendome preocupado durante años exclusivamente la exactitud y el análisis, me sentí rebosante de sentimientos semimísticos respecto de la belleza, profundamente interesado por los niños y con un deseo casi tan hondo como el de Buda por hallar alguna filosofía que hiiese soportable la vida humana. Me poseía una extraña agitación, que contenía un agudo dolor, pero también cierto elemento de triunfo, en virtud del hecho de que podía dominar el dolor y hacer de ello, según pensaba, una puerta de acceso a la sabiduría. La penetración mística que me imaginaba poseer se ha desvaído grandemente, y el hábito de análisis se ha reafirmado. Pero algo de lo que creí ver en aquel momento ha permanecido siempre conmigo, determinando mi actitud durante la primera guerra mundial, mi interés por los niños, mi indiferencia por las desdichas de menos monta y cierto tono emocional en todas mis relaciones humanas.
   "[Entonces] me puse a escribir la deducción lógica de las matemáticas, que posteriormente se convertiría en los Principia Mathematica. Creía que la obra estaba casi terminada cuando, en el mes de mayo, sufrí un revés intelectual casi tan severo como el revés emocional que padeciera en febrero. Cantor tenía una prueba de que no existe el número mayor, y a mí se me antojaba que el número de todas la cosas del universo debía ser el mayor posible. De acuerdo con ello, examine su prueba con alguna minuciosidad y me esforcé por aplicarla a la clase de todas las cosas que existen. Ello me llevó a considerar aquellas clases que no son miembro de sí mismas y a inquirir si la clase de tales clases es o no un miembro de sí misma. Descubrí que cada una de las respuestas lleva implícita su réplica contradictoria. Al principio supuse que podría superar fácilmente la contradicción y que probablemente habría algún error trivial en el razonamiento. Gradualmente, sin embargo, fue estando claro que no era ése el caso. (...) Resultó sobre un análisis lógico que había una afinidad con la antigua contradicción griega sobre Epiménides de Creta, quien dijo que todos los cretenses eran unos embusteros. Puede crearse una contradicción esencialmente similar a la de Epiménides, entregando a una persona una hoja de papel en la que se haya escrito: "La afirmación de la otra cara de esta hoja es falsa". La persona en cuestión da vuelta a la hoja y halla en el reverso: "La afirmación de la otra cara de esta hoja es falsa". Parecía indigno de un hombre hecho y derecho perder el tiempo en tales trivialidades, pero ¿qué hacer? Había algo erróneo, puesto que tales contradicciones eran ineluctables sobre premisas ordinarias. Trivial o no, la cuestión era un desafío. Durante la segunda mitad de 1901 supuse que la solución sería fácil, pero, al término de este tiempo, había llegado a la conclusión de que se trataba de una obra enorme. Por tanto, decidi terminar The Principles of Mathematics, dejando en suspenso la solución." (B. RUSSELL, Autobiografía, Edhasa, Barcelona, 2010, pp. 215-220)

martes, 20 de noviembre de 2012

Un fraude histórico-filosófico contemporáneo: Los Protocolos de los Sabios de Sión




  Uno de los libros más debatidos, misteriosos e influyentes de la historia contemporánea es Los Protocolos de los Sabios de Sión. Se trata, sin duda, de uno de los fraudes histórico-filosóficos más lamentables, fruto de una siniestra maquinación antisionista, como demuestra el genial Umberto Eco en su novela más reciente: El cementerio de Praga. Sin embargo, muchos próceres europeos, y no pocos intelectuales (generalmente vinculados, aunque no siempre, con la extrema derecha), les han concedido crédito a lo largo de todo el siglo XX. Mi opinión es que se trata de un libro que hay que conocer y leer, pues ninguna información puede ser dejada de lado por el que se ha decidido a emprender el camino del conocimiento. Por lo demás, algunos pasajes de esta obra espuria no están exentos de interés y de cierta capacidad predictiva. En este documental del Canal Historia se expone de manera sencilla y directa la historia de este libro fatídico, y de las consecuencias que ha tenido desde su aparición.


jueves, 15 de noviembre de 2012

1º de Bachillerato: Principia mathematica

Principia mathematica (Principios de la matemática) es un conjunto de tres libros con las bases de la matemática, escritos por Bertrand Russell y Alfred North Whitehead y publicados entre 1910 y 1913. En él se lleva a cabo el llamado "programa logicista", consistente en derivar la mayor parte de los conocimientos matemáticos de la época a partir de un un conjunto de principios o axiomas. Los Principia  contenían teoría de conjuntos, números cardinales, ordinales y reales. Aunque no estaban incluidos algunos teoremas del análisis del número reales, parecía que, efectivamente, todas las matemáticas podían ser derivadas adoptando el mismo formalismo. Quedaba todavía por saber si se podían encontrar contradicciones derivadas de los axiomas en los que se basaban los Principia, y si, por tanto, existían afirmaciones matemáticas que no podían ser probadas o demostradas falsas en este sistema. Esta cuestión fue resuelta por Kurt Gödel en 1931, mediante su teorema de incompletitud, que establece que incluso la aritmética básica no puede demostrar la consistencia de ningún sistema matemático más complejo.




lunes, 12 de noviembre de 2012

Perla filosófica para el Día Internacional de la Filosofía 2012: Futuras generaciones


  





   El próximo día 15 de noviembre se celebra el Día Mundial de la Filosofía. La UNESCO ha elegido este año Guatemala como sede, seguramente teniendo en cuenta la milenaria cultura maya, tan de moda últimamente por sus supuestas profecías sobre el "final de los tiempos". El tema de este año es "Futuras generaciones".
   Como cada año, queremos celebrar este día en el blog recogiendo una "perla filosófica" de Ortega y Gasset sobre las generaciones "jóvenes" y su necesaria aportación histórica:

La idea de las generaciones José Ortega y Gasset

[Primera parte de El tema de nuestro tiempo, 1923]

"Lo que más importa a un sistema científico es que sea verdadero. Pero la exposición de un sistema científico impone a éste una nueva necesidad: además de ser verdadero es preciso que sea comprendido. No me refiero ahora a las dificultades que el pensamiento abstracto, sobre todo si innova, opone a la mente, sino a la comprensión de su tendencia profunda, de su intención ideológica, pudiera decirse, de su fisonomía.
Nuestro pensamiento pretende ser verdadero; esto es, reflejar con docilidad lo que las cosas son. Pero sería utópico y, por lo tanto, falso suponer que para lograr su pretensión el pensamiento se rige exclusivamente por las cosas, atendiendo sólo a su contextura. Si el filósofo se encontrase solo ante los objetos, la filosofía sería siempre una filosofía primitiva. Mas junto a las cosas, halla el investigador los pensamientos de los demás, todo el pasado de meditaciones humanas, senderos innumerables de exploraciones previas, huellas de rutas ensayadas al través de la eterna selva problemática que conserva su virginidad, no obstante su reiterada violación.
Todo ensayo filosófico atiende, pues, dos instancias: lo que las cosas son y lo que se ha pensado sobre ellas. Esta colaboración de las meditaciones precedentes le sirve, cuando menos, para evitar todo error ya cometido y da a la sucesión de los sistemas un carácter progresivo.
Ahora bien: el pensamiento de una época puede adoptar ante lo que ha sido pensado en otras épocas dos actitudes contrapuestas —especialmente respecto al pasado inmediato, que es siempre el más eficiente, y lleva en sí infartado, encapsulado, todo el pretérito—. Hay, en efecto, épocas en las cuales el pensamiento se considera a sí mismo como desarrollo de ideas germinadas anteriormente, y épocas que sienten el inmediato pasado como algo que es urgente reformar desde su raíz. Aquéllas son épocas de filosofía pacífica; éstas son épocas de filosofía beligerante, que aspira a destruir el pasado mediante su radical superación. Nuestra época es de este último tipo, si se entiende por «nuestra época» no la que acaba ahora, sino la que ahora empieza.
Cuando el pensamiento se ve forzado a adoptar una actitud beligerante contra el pasado inmediato, la colectividad intelectual queda escindida en dos grupos. De un lado, la gran masa mayoritaria de los que insisten en la ideología establecida; de otro, una escasa minoría de corazones de vanguardia, de almas alerta que vislumbran a lo lejos zonas de piel aún intacta. Esta minoría vive condenada a no ser bien entendida: los gestos que en ella provoca la visión de los nuevos paisajes no pueden ser rectamente interpretados por la masa de retaguardia que avanza a su zaga y aún no ha llegado a la altitud desde la cual la terra incognita se otea. De aquí que la minoría de avanzada viva en una situación de peligro ante el nuevo territorio que ha de conquistar el vulgo retardatario que hostiliza a su espalda. Mientras edifica lo nuevo, tiene que defenderse de lo viejo, manejando a un tiempo, como los reconstructores de Jerusalén, la azada y el asta.
Esta discrepancia es más honda y esencial de lo que suele creerse. Trataré de aclarar en qué sentido.
Por medio de la historia intentamos la comprensión de las variaciones que sobrevienen en el espíritu humano. Para ello necesitamos primero advertir que esas variaciones no son de un mismo rango. Ciertos fenómenos históricos dependen de otros más profundos, que, por su parte, son independientes de aquéllos. La idea de que todo influye en todo, de que todo depende de todo, es una vaga ponderación mística, que debe repugnar a quien desee resueltamente ver claro. No; el cuerpo de la realidad histórica posee una anatomía perfectamente jerarquizada, un orden de subordinación, de dependencia entre las diversas clases de hechos. Así, las transformaciones de orden industrial o político son poco profundas; dependen de las ideas, de las preferencias morales y estéticas que tengan los contemporáneos. Pero a su vez, ideología, gusto y moralidad no son más que consecuencias o especificaciones de la sensación radical ante la vida, de cómo se sienta la existencia en su integridad indiferenciada. Esta que llamaremos «sensibilidad vital» es el fenómeno primario en historia y lo primero que habríamos de definir para comprender una época.
Sin embargo, cuando la variación de la sensibilidad se produce sólo en algún individuo, no tiene trascendencia histórica. Han solido disputar sobre el área de la filosofía de la historia dos tendencias, que, a mi juicio, y sin que yo pretenda ahora desarrollar la cuestión son parejamente erróneas. Ha habido una interpretación colectivista y otra individualista de la realidad histórica. Para aquélla, el proceso sustantivo de la historia es obra de las muchedumbres difusas; para ésta, los agentes históricos son exclusivamente los individuos. El carácter activo, creador de la personalidad, es, en efecto, demasiado evidente para que pueda aceptarse la imagen colectivista de la historia. Las masas humanas son receptivas: se limitan a oponer su favor o su resistencia a los hombres de vida personal e iniciadora Mas, por otra parte, el individuo señero es una abstracción. Vida histórica es convivencia. La vida de la individualidad egregia consiste, precisamente, en una actuación omnímoda sobre la masa. No cabe, pues, separar los «héroes» de las masas. Se trata de una dualidad esencial al proceso histórico. La humanidad, en todos los estadios de su evolución, ha sido siempre una estructura funcional, en que los hombres más enérgicos —cualquiera que sea la forma de esta energía— han operado sobre las masas, dándoles una determinada configuración. Esto implica cierta comunidad básica entre los individuos superiores y la muchedumbre vulgar. Un individuo absolutamente heterogéneo a la masa no produciría sobre ésta efecto alguno; su obra resbalaría sobre el cuerpo social de la época sin suscitar en él la menor reacción; por tanto, sin insertarse en el proceso general histórico. En varia medida ha acontecido esto no pocas veces, y la historia debe anotar al margen de su texto principal la biografía de esos hombres «extravagantes». Como todas las demás disciplinas biológicas, tiene la historia un departamento destinado a los monstruos: una teratología.
Las variaciones de la sensibilidad vital que son decisivas en historia se presentan bajo la forma de generación. Una generación no es un puñado de hombres egregios, ni simplemente una masa: es como un nuevo cuerpo social íntegro, con su minoría selecta y su muchedumbre, que ha sido lanzado sobre el ámbito de la existencia con una trayectoria vital determinada. La generación, compromiso dinámico entre masa e individuo, es el concepto más importante de la historia, y, por decirlo así, el gozne sobre que ésta ejecuta sus movimientos.
Una generación es una variedad humana, en el sentido riguroso que dan a este término los naturalistas. Los miembros de ella vienen al mundo dotados de ciertos caracteres típicos, que les prestan fisonomía común, diferenciándolos de la generación anterior. Den de ese marco de identidad pueden ser los individuos del más diverso temple, hasta el punto de que, habiendo de vivir los unos junto a los otros, a fuer de contemporáneos, se sienten a veces como antagonistas. Pero bajo la más violenta contraposición de los pro y los anti descubre fácilmente la mirada una común filigrana. Unos y otros son hombres de su tiempo, y por mucho que se diferencien, se parecen más todavía. El reaccionario y el revolucionario del siglo XIX son mucho más afines entre sí que cualquiera de ellos con cualquiera de nosotros. Y es que, blancos o negros, pertenecen a una misma especie, y en nosotros, negros o blancos, se inicia otra distinta.
Más importante que los antagonismos del pro y el anti, dentro del ámbito de una generación, es la distancia permanente entre los individuos selectos y los vulgares. Frente a las doctrinas al uso que silencian o niegan esta evidente diferencia de rango histórico entre unos y otros hombres, se sentiría uno justamente incitado a exagerarla. Sin embargo, esas mismas diferencias de talla suponen que se atribuye a los individuos un mismo punto de partida, una línea común sobre la cual se elevan unos más, otros menos, y viene a representar el papel que el nivel del mar en topografía. Y, en efecto, cada generación representa una cierta altitud vital, desde la cual se siente la existencia de una manera determinada. Si tomamos en su conjunto la evolución de un pueblo, cada una de sus generaciones se nos presenta como un momento de su vitalidad, como una pulsación de su potencia histórica. Y cada pulsación tiene una fisonomía peculiar, única; es un latido impermutable en la serie del pulso, como lo es cada nota en el desarrollo de una melodía. Parejamente podemos imaginar a cada generación bajo la especie de un proyectil biológico (1), lanzado al espacio en un instante preciso, con una violencia y una dirección determinadas. De una y otra participan tanto sus elementos más valiosos como los más vulgares.
Mas con todo esto, claro es, no hacemos sino construir figuras o pintar ilustraciones que nos sirven para destacar el hecho verdaderamente positivo, donde la idea de generación confirma su realidad. Es ello simplemente que las generaciones nacen unas de otras, de suerte que la nueva se encuentra ya con las formas que a la existencia ha dado la anterior. Para cada generación, vivir es, pues, una faena de dos dimensiones, una de las cuales consiste en recibir lo vivido —ideas, valoraciones, instituciones, etc.— por la antecedente; la otra, dejar fluir su propia espontaneidad. Su actitud no puede ser la misma ante lo propio que ante lo recibido. Lo hecho por otros, ejecutado, perfecto, en el sentido de concluso, se adelanta hacia nosotros con una unción particular: aparece como consagrado, y, puesto que no lo hemos labrado nosotros, tendemos a creer que no ha sido obra de nadie, sino que es la realidad misma. Hay un momento en que las ideas de nuestros maestros no nos parecen opiniones de unos hombres determinados, sino la verdad misma, anónimamente descendida sobre la tierra. En cambio, nuestra sensibilidad espontánea, lo que vamos pensando y sintiendo de nuestro propio peculio, no se nos presenta nunca concluido, completo y rígido, como una cosa definitiva, sino que es una fluencia íntima de materia menos resistente. Esta desventaja queda compensada por la mayor jugosidad y adaptación a nuestro carácter, que tiene siempre lo espontáneo.
El espíritu de cada generación depende de la ecuación que esos dos ingredientes formen, de la actitud que ante cada uno de ellos adopte la mayoría de sus individuos. ¿Se entregará a lo recibido, desoyendo las íntimas voces de lo espontáneo? ¿Será fiel a éstas e indócil a la autoridad del pasado? Ha habido generaciones que sintieron una suficiente homogeneidad entre lo recibido y lo propio. Entonces se vive en épocas cumulativas. Otras veces han sentido una profunda heterogeneidad entre ambos elementos, y sobrevinieron épocas eliminatorias y polémicas, generaciones de combate. En las primeras, los nuevos jóvenes, solidarizados con los viejos, se supeditan a ellos: en la política, en la ciencia, en las artes siguen dirigiendo los ancianos. Son tiempos de viejos. En las segundas, como no se trata de conservar y acumular, sino de arrumbar y sustituir, los viejos quedan barridos por los mozos. Son tiempos de jóvenes, edades de iniciación y beligerancia constructiva.
Este ritmo de épocas de senectud y épocas de juventud es un fenómeno tan patente a lo largo de la historia, que sorprende no hallarlo advertido por todo el mundo. La razón de esta inadvertencia está en que no se ha intentado aún formalmente la instauración de una nueva disciplina científica, que podría llamarse metahistoria, la cual sería a las historias concretas lo que es la fisiología a la clínica. Una de las más curiosas investigaciones metahistóricas consistiría en el descubrimiento de los grandes ritmos históricos. Porque hay otros no menos evidentes y fundamentales que el antedicho; por ejemplo, el ritmo sexual. Se insinúa, en efecto, una pendulación en la historia de épocas sometidas al influjo predominante del varón a épocas subyugadas por la influencia femenina. Muchas instituciones, usos, ideas, mitos, hasta ahora inexplicados, se aclaran de manera sorprendente cuando se cae en la cuenta de que ciertas épocas han sido regidas, modeladas por la supremacía de la mujer. Pero no es ahora ocasión adecuada para internarse en esta cuestión."


viernes, 9 de noviembre de 2012

La crisis dilucidada (y 13) : El Imperio neoliberal y las formas políticas aristotélicas

   A la búsqueda de claves para entender la crisis actual, topo con este magnífico texto de Hardt y Negri, que no tiene desperdicio:   

   

   "A lo largo de todo el período moderno se produjo un movimiento continuo hacia la privatización de la propiedad pública. En Europa, las grandes extensiones de tierras creadas como consecuencia de la desintegración del Imperio romano y el ascenso de la cristiandad fueron transferidas finalmente a manos privadas en el curso de la acumulación primitiva capitalista.(...) durante la consolidación de la sociedad industrial, la construcción y destrucción de los espacios públicos se desarrolló en una espiral siempre creciente. Es verdad que cuando hubo necesidad de acumulación (para poder fomentar una aceleración o un salto en el desarrollo, para concentrar y movilizar los medios de producción o para hacer la guerra, entre otros motivos), la propiedad pública se expandió expropiando amplios sectores de la sociedad civil y transfiriendo riquezas y propiedades a la colectividad. Sin embargo, las manos privadas pronto volvieron a apoderarse de esa propiedad pública. En cada proceso, la posesión comunal, considerada natural, se transformó, a expensas públicas, en una segunda y tercera naturaleza que finalmente funciona en favor del provecho privado. Por ejemplo, se creó una segunda naturaleza al construir presas en los grandes ríos del oeste estadounidense e irrigar valles secos, y luego esta nueva riqueza fue a parar a las manos de los magnates de los negocios agrícolas. el capitalismo pone en marcha un ciclo continuo de reapropiación privada de los bienes públicos: la expropiación de lo que es común.
   El ascenso y la caída del Estado del bienestar registrados durante el siglo XX son un ciclo más de esta espiral de apropiaciones públicas y privadas. La crisis del Estado del bienestar significó principalmente que las estructuras de asistencia y distribución públicas, que se habían construido con fondos públicos, fueran privatizadas y expropiadas para que el sector privado obtuviera ganancias. La actual tendencia neoliberal a la privatización de los servicios de energía y comunicaciones es otra curva de la espiral que consiste en asignar a los negocios privados las redes de energía y comunicación construidas con enormes desembolsos de los dineros públicos. Los regímenes de mercado y el neoliberalismo sobreviven en virtud de estas apropiaciones de segunda, tercera y enésima naturaleza. Las tierras comunes, que alguna vez se consideraron la base del concepto de lo público, se expropian y transfieren a manos privadas y nadie puede elevar un dedo en contra. Lo público queda así disuelto, privatizado, incluso como concepto. O, en realidad, la relación inmanente entre lo público y lo común es reemplazada por el poder trascendente de la propiedad privada. (...)
   Rousseau decía que la primera persona que quiso obtener una porción de la naturaleza para que fuera de su excluisiva posesión y la transformó en la forma trascendente de la propiedad privada fue quien inventó el mal. El bien, por el contrario, es lo común." (Michael Hardt / Antonio Negri, Imperio, Paidós, Barcelona, 2002, pp. 279.280)

   Claro que este otro, en el que se alude a la comparación entre el Imperio creado por el Mercado mundial contemporáneo y las formas de gobierno que distingue Aristóteles no está tampoco nada mal:

   "Para Polibio, el Imperio Romano representaba el pináculo del desarrollo político porque reunía las tres formas "buenas" de poder [distinguidas por Aristóteles]: la monarquía, la aristocracia y la democracia, encarnadas en las figuras del emperador, el senado y los comitia populares. El imperio impedía que estas buenas formas cayeran en el círculo vicioso de la corrupción por el cual la monarquía se transforma en tiranía, la aristocracia en oligarquía y la democracia en oclocracia o anarquía. (...) El imperio [global de los Mercados] con el que tenemos que vérnoslas hoy también está constituido -mutatis mutandis- por un equilibrio funcional entre estas tres formas de poder: la unidad monárquica del poder y su monopolio global de la fuerza; las articulaciones aristocráticas que se establecen a través de las grandes empresas transnacionales y los Estados-nación, y los comitia democráticos y representativos, encarnados ahora en la forma de los Estados-nación junto con los diversos tipos de ONG, las organizaciones de los medios y otros organismos "populares". Podría decirse que la constitución imperial [actual] reúne las tres buenas clasificaciones tradicionales de gobierno en una relación que es formalmente compatible con el modelo de Polibio, aun cuando, por cierto, sus contenidos son muy diferentes de las fuerzas sociales y políticas del Imperio romano. (...) 
   Hasta podría sostenerse que nuestra experiencia de la constitución (...) del imperio es, en realidad, el desarrollo y la coexistencia de las formas "malas" de gobierno, antes que de las formas "buenas", como pretende la tradición. En realidad, a primera vista, vemos todos los elementos de la constitución mixta como si los miráramos a través de una lente deformante. La monarquía, antes que sustentar la legitimación y la condición trascendente de la unidad del poder, se presenta como una fuerza policial global y, por lo tanto, como una forma de tiranía. La aristocracia transnacional parece preferir la especulación financiera a la virtud empresaria y, por consiguiente, se presenta como una oligarquía parasitaria. Finalmente, las fuerzas democráticas que en este marco debieran constituir el elemento activo y abierto de la maquinaria imperial se expresan más como fuerzas corporativas, como un conjunto de supersticiones y fundamentalismos, con lo cual dejan traslucir un espíritu conservador, si no ya francamente reaccionario. Tanto en el interior de los Estados individuales como en el plano internacional, esta esfera limitada de "democracia" imperial está configurada como un pueblo (una particularidad organizada que defiende privilegios y propiedades establecidas) antes que como multitud (la universalidad de las prácticas libres y productivas).

   Aquí tenéis más información sobre Michael Hardt (1960) y Antonio Negri (1933), aunque nada puede sustituir la lectura de Imperio, el "Manifiesto Comunista del siglo XXI", un libro a veces discutible, pero siempre sugerente y muy lúcido.