BLOGELEUSIS: FILOSOFÍA, y más allá...


Según Walter Burkert, los antiguos misterios "eran rituales de iniciación de carácter voluntario, personal y secreto que aspiraban a un cambio de mentalidad mediante la experiencia de lo sagrado." (Cultos mistéricos antiguos)

Con los decretos imperiales de 391/392, que prohibieron todos los cultos paganos, y con la destrucción de los santuarios por los godos al mando de Alarico en 394, los misterios súbitamente desaparecieron...

¿Desaparecieron? ¿O dejaron de ser algo meramente exterior, para madurar y convertirse en lo que siempre pretendieron ser: una experiencia interior, dirigida a enriquecer al sujeto, y al margen de cualquier formalismo abstracto, vacío?

Este blog -creado precisamente en Madrid, la ciudad situada en el centro, y presidida por la estatua de Cibeles, la Gran Madre- pretende recoger el espíritu de esos misterios, sean los de Eleusis, Dionisos, Méter, Isis o Mitra, y combinarlos con el saber filosófico, para estimular el avance espiritual de aquellos que quieran participar en su creación.

Igual que en las iniciaciones del pasado, habrá en él dos niveles: el preparatorio, en el que se incluirán materiales destinados a los estudiantes de Secundaria y Bachillerato, que acaban de iniciarse en el camino del conocimiento; y el especializado, en el que el autor incluirá temas filosóficos de nivel superior, o situados en los márgenes del pensamiento filosófico "oficial". También se incluirán referencias a sus publicaciones, a fin de que puedan ser localizadas, comentadas, y desde luego criticadas, por aquellos que se encuentren interesados por los problemas a los que dichas publicaciones se refieren.


En estos tiempos que corren, oscilantes entre el dogmatismo fanático de las religiones oficiales y el más burdo de los materialismos, los defensores del auténtico progreso espiritual no pueden desesperar, ni ceder un ápice de terreno. Hoy, como siempre, este ha de ser nuestro lema:

"Fortes viri adversa fortuna probabuntur"

viernes, 28 de septiembre de 2012

A las filósofas que amo (3): Diotima de Mantinea



Diotima de Mantinea, iniciadora de Sócrates
    en los misterios del amor a la filosofía


Explicamos una y mil veces la filosofía de Platón, y afirmamos que dicha filosofía tiene sus antecedentes en el pensamiento de su maestro Sócrates; pero apenas mencionamos que el propio Sócrates afirma en El Banquete que fue iniciado en los misterios de la filosofía por Diotima de Mantinea, una sacerdotisa o vidente que, además de prescribir una serie de sacrificios, mediante los cuales los atenienses lograron liberarse de una plaga que azotó la ciudad durante al menos diez años, inició a Sócrates en la "filosofía del amor". 
Después de definir el amor como hijo de Poros (abandancia) y Penía (necesidad), Diotima sostiene la tesis de que el amor es, ante todo, un "demonio" (daimon o demon), caracterizado por el anhelo de la inmortalidad. Se trata, pues, de un ser intermedio entre la ignorancia y la sabiduría, que impulsa al individuo que busca el conocimiento a filosofar. En realidad, todos los seres humanos poseen un deseo de fama eterna, pero solo el sabio reconoce la diferencia entre la procreación física y la espiritual. Diotima le enseña a Sócrates que existen dos tipos de amor: el físico y el espiritual. Mientras el amor físico trata de preservar a la persona y alcanzar la inmortalidad a través de la descendencia, el amor espiritual da a luz ideas y pensamientos, que de por sí son inmortales. El fin ulterior del amor es, por tanto, ayudarnos a ascender al conocimiento de lo divino, a través de la belleza. 
Seamos, por un momento, tan modestos como Sócrates, y dejemos que la experta y profunda Diotima nos inicie también a nosotros en los secretos del amor a lo bello:


"(...) Quiero referirte la conversación que cierto día tuve con una mujer de Mantinea, llamada Diotima. Era mujer muy entendida en punto a amor, y lo mismo en muchas otras cosas. ella fue la que prescribió a los atenienses los sacrificios, mediante los que se libraron durante diez años de una peste que los estaba amenazando. todo lo que sé sobre el amor, se lo debo a ella. voy a referiros lo mejor que pueda, y conforme a los principios en que hemos convenido Agatón y yo, las conversación que con ella tuve; y para ser fiel a tu método, Agatón, explicaré primero lo que es el amor, y en seguida cuáles son sus efectos. Me parece más fácil referiros fielmente la conversación que tuve con la extranjera. Había dicho a Diotima casi las mismas cosas que acaba de decirnos Agatón: que el amor era un gran dios, y el amor de lo bello; y ella se servía de las mismas razones que acabo de emplear yo contra Agatón, para probarme que el Amor no es ni bello ni bueno. Yo la repliqué: ¿Qué piensas tú, Diotima, entonces? ¡Qué!, ¿será posible que el amor sea feo y malo?
—Habla mejor, me respondió: ¿crees que todo lo que no es bello, es necesariamente feo?
—Mucho que lo creo.
—¿Y crees que no se puede carecer de la ciencia sin ser absolutamente ignorante? ¿No has observado que hay un término medio entre la ciencia y la ignorancia?
—¿Cuál es?
—Tener una opinión verdadera sin poder dar razón de ella; ¿no sabes que esto, ni es ser sabio, puesto que la ciencia debe fundarse en razones; ni es ser ignorante, puesto que lo que participa de la verdad no puede llamarse ignorancia? La verdadera opinión ocupa un lugar intermedio entre la ciencia y la ignorancia.
Confesé a Diotima, que decía verdad.
—No afirmes, pues, replicó ella, que todo lo que no es bello es necesariamente feo, y que todo lo que no es bueno es necesariamente malo. Y por haber reconocido que el Amor no es ni bueno ni bello, no vayas a creer que necesariamente es feo y malo, sino que ocupa un término medio entre estas cosas contrarias.

Victor Hawley Wager
Diotima de Mantinea, 1937

—Sin embargo, repliqué yo, todo el mundo está acorde en decir que el Amor es un gran dios.
—¿Qué entiendes tú, Sócrates, por todo el mundo? ¿Son los sabios o los ignorantes?
—Entiendo todo el mundo sin excepción.
—¿Cómo, replicó ella sonriéndose, podría pasar por un gran dios para todos aquellos que ni aun por dios le reconocen?
—¿Cuáles, la dije, pueden ser esos?
—Tú y yo, respondió ella.
—¿Cómo puedes probármelo?
—No es difícil. Respóndeme. ¿No dices que todos los dioses son bellos y dichosos? ¿O te atreverías a sostener que hay uno que no sea ni dichoso ni bello?
—¡No, por Júpiter!
—¿No llamas dichosos a aquellos que poseen cosas bellas y buenas?
—Seguramente.
—Pero estás conforme en que el Amor desea las cosas bellas y buenas, y que el deseo es una señal de privación.
—En efecto, estoy conforme en eso.
—¿Cómo entonces, repuso Diotima, es posible que el Amor sea un dios, estando privado de lo que es bello y bueno?
—Eso, a lo que parece, no puede ser en manera alguna.
—¿No ves, por consiguiente, que también tú piensas que el Amor no es un dios?
—¡Pero qué!, la respondí, ¿es que el Amor es mortal?
—De ninguna, manera.
—Pero, en fin, Diotima, dime qué es.
—Es, como dije antes, una cosa intermedia entre lo mortal y lo inmortal.
—¿Pero qué es por último?
—Un gran demonio, Sócrates; porque todo demonio ocupa un lugar intermedio entre los dioses y los hombres.
—¿Cuál es, la dije, la función propia de un demonio?
—La de ser intérprete y medianero entre los dioses y los hombres; llevar al cielo las súplicas y los sacrificios de estos últimos, y comunicar a los hombres las órdenes de los dioses y la remuneración de los sacrificios que les han ofrecido. Los demonios llenan el intervalo que separa el cielo de la tierra; son el lazo que une al gran todo. De ellos procede toda la esencia adivinatoria y el arte de los sacerdotes con relación a los sacrificios, a los misterios, a los encantamientos, a las profecías y a la magia. La naturaleza divina como no entra nunca en comunicación directa con el hombre, se vale de los demonios para relacionarse y conversar con los hombres, ya durante la vigilia, ya durante el sueño. El que es sabio en todas estas cosas es demoníaco; y el que es hábil en todo lo demás, en las artes y oficios, es un simple operario. Los demonios son muchos y de muchas clases, y el Amor es uno de ellos.
—¿A qué padres debe su nacimiento? pregunté a Diotima.
—Voy a decírtelo, respondió ella, aunque la historia es larga.
Cuando el nacimiento de Venus, hubo entre los dioses un gran festín, en el que se encontraba, entre otros, Poros hijo de Metis. Después de la comida, Penia se puso a la puerta, para mendigar algunos desperdicios. En este momento, Poros, embriagado con el néctar (porque aún no se hacia uso del vino), salió de la sala, y entró en el jardín de Júpiter, donde el sueño no tardó en cerrar sus cargados ojos. entonces, Penia, estrechada por su estado de penuria, se propuso tener un hijo de Poros. fue a acostarse con él, y se hizo madre del Amor. Por esta razón el Amor se hizo el compañero y servidor de Venus, porque fue concebido el mismo día en que ella nació; además de que el Amor ama naturalmente la belleza y Venus es bella. Y ahora, como hijo de Poros y de Penia, he aquí cuál fue su herencia. Por una parte es siempre pobre, y lejos de ser bello y delicado, como se cree generalmente, es flaco, desaseado, sin calzado, sin domicilio, sin más lecho que la tierra, sin tener con qué cubrirse, durmiendo a la luna, junto a las puertas o en las calles; en fin, lo mismo que su madre, está siempre peleando con la miseria. Pero, por otra parte, según el natural de su padre, siempre está a la pista de lo que es bello y bueno, es varonil, atrevido, perseverante, cazador hábil; ansioso de saber, siempre maquinando algún artificio, aprendiendo con facilidad, filosofando sin cesar; encantador, mágico, sofista. Por naturaleza no es ni mortal ni inmortal, pero en un mismo día aparece floreciente y lleno de vida, mientras está, en la abundancia, y después se extingue para volver a revivir, a causa de la naturaleza paterna. Todo lo que adquiere lo disipa sin cesar, de suerte que nunca es rico ni pobre. Ocupa un término medio entre la sabiduría y la ignorancia, porque ningún dios filosofa, ni desea hacerse sabio, puesto que la sabiduría es aneja a la naturaleza divina, y en general el que es sabio no filosofa. Lo mismo sucede con los ignorantes; ninguno de ellos filosofa, ni desea hacerse sabio, porque la ignorancia produce precisamente el pésimo efecto de persuadir a los que no son bellos, ni buenos, ni sabios, de que poseen estas cualidades; porque ninguno desea las cosas de que se cree provisto.

Sócrates

—Pero, Diotima, ¿quiénes son los que filosofan, si no son ni los sabios, ni los ignorantes?
—Hasta los niños saben, dijo ella, que son los que ocupan un término medio entre los ignorantes y los sabios, y el Amor es de este número. La sabiduría es una de las cosas más bellas del mundo, y como el Amor ama lo que es bello, es preciso concluir que el Amor es amante de la sabiduría, es decir, filósofo; y como tal se halla en un medio entre el sabio y el ignorante. A su nacimiento lo debe, porque es hijo de un padre sabio y rico, y de una madre que no es ni rica ni sabia. Tal es, mi querido Sócrates, la naturaleza de este demonio. En cuanto a la idea que tú te formabas, no es extraño que te haya ocurrido, porque creías, por lo que pude conjeturar en vista de tus palabras, que el Amor es lo que es amado y no lo que ama. he aquí, a mi parecer, por qué el Amor te parecía muy bello, porque lo amable es la belleza real, la gracia, la perfección y el soberano bien. Pero lo que ama es de otra naturaleza distinta como acabo de explicar.
—Y bien, sea así, extranjera; razonas muy bien, pero el Amor, siendo como tú acabas de decir, ¿de qué utilidad es para los hombres?
—Precisamente eso es, Sócrates, lo que ahora quiero enseñarte. Conocemos la naturaleza y el origen del Amor; es como tú dices el amor a lo bello. Pero si alguno nos preguntase: ¿qué es el amor a lo bello, Sócrates y Diotima, o hablando con mayor claridad, el que ama lo bello a qué aspira?
—A poseerlo, respondí yo.
—Esta respuesta reclama una nueva pregunta, dijo Diotima; ¿qué le resultará de poseer lo bello?
—Respondí, que no me era posible contestar inmediatamente a esta pregunta.
—Pero, replicó ella, si se cambiase el término, y poniendo lo bueno en lugar de lo bello te preguntase: Sócrates, el que ama lo bueno, ¿á qué aspira?
—A poseerlo.
—¿Y qué le resultaría de poseerlo?
—Encuentro ahora más fácil la respuesta; se hará dichoso.
—Porque creyendo las cosas buenas, es como los seres dichosos son dichosos, y no hay necesidad de preguntar porqué el que quiere ser dichoso quiere serlo; tu respuesta me parece satisfacer a todo.
—Es cierto, Diotima.
—Pero piensas que este amor y esta voluntad sean comunes a todos los hombres, y que todos quieran siempre tener lo que es bueno; ¿o eres tú de otra opinión?
—No, creo que todos tienen este amor y esta voluntad.
—¿Por qué entonces, Sócrates, no decimos que todos los hombres aman, puesto que aman todos y siempre la misma cosa?, ¿por qué lo decimos de los unos y no de los otros?
—Es esa una cosa que me sorprende también.
—Pues no te sorprendas; distinguimos una especie particular de amor, y le llamamos amor, usando del nombre que corresponde a todo el género; mientras que para las demás especies, empleamos términos diferentes.
—Te suplico que pongas un ejemplo.
—He aquí uno. Ya sabes que la palabra poesía tiene numerosas acepciones, y expresa en general la causa que hace que una cosa, sea la que quiera, pase del no-ser al ser, de suerte que todas las obras de todas las artes son poesía, y que todos los artistas y todos los obreros son poetas.
—Es cierto.
—Y sin embargo, ves que no se llama a todos poetas, sino que se les da otros nombres, y una sola especie de poesía tomada aparte, la música y el arte de versificar, han recibido el nombre de todo el género. Esta es la única especie, que se llama poesía; y los que la cultivan, los únicos a quienes se llaman poetas.
—Eso es también cierto.
—Lo mismo sucede con el amor; en general es el deseo de lo que es bueno y nos hace dichosos, y este es el grande y seductor amor que es innato en todos los corazones. Pero todos aquellos, que en diversas direcciones tienden a este objeto, hombres de negocios, atletas, filósofos, no se dice que aman ni se los llama amantes; sino que sólo aquellos, que se entregan a cierta especie de amor, reciben el nombre de todo el género, y a ellos solos se les aplican las palabras, amar, amor, amantes.
—Me parece que tienes razón, le dije.
—Se ha dicho, replicó ella, que buscar la mitad de sí mismo es amar. Pero yo sostengo, que amar no es buscar ni la mitad ni el todo de sí mismo, cuando ni esta mitad ni este todo son buenos; y la prueba, amigo mío, es que consentimos en dejarnos cortar el brazo o la pierna, aunque nos pertenecen, si creemos que estos miembros están atacados de un mal incurable. En efecto; no es lo nuestro lo que nosotros amamos, a menos que no miremos como nuestro y perteneciéndonos en propiedad lo que es bueno, y como extraño lo que es malo, porque los hombres sólo aman lo que es bueno. ¿No es esta tu opinión?
—¡Por Júpiter!, pienso como tú.
—¿Basta decir que los hombres aman lo bueno?
—Sí.
—¡Pero qué! ¿No es preciso añadir, que aspiran también a poseer lo bueno?
—Es preciso.
—¿Y no sólo a poseerlo, sino también a poseerlo siempre?
—Es cierto también.
—En suma, el amor consiste en querer poseer siempre lo bueno.
—Nada más exacto, respondí yo.
—Si tal es el amor en general; ¿en qué caso particular la indagación y la prosecución activa de lo bueno toman el nombre de amor? ¿Cuál es? ¿Puedes decírmelo?
—No, Diotima, porque si pudiera decirlo, no admiraría tu sabiduría ni vendría cerca de ti para aprender estas verdades.
—Voy a decírtelo: es la producción de la belleza, ya mediante el cuerpo, ya mediante el alma.
—Vaya un enigma, que reclama un adivino para descifrarle; yo no le comprendo.
—Voy a hablar con más claridad. Todos los hombres, Sócrates, son capaces de engendrar mediante el cuerpo y mediante el alma, y cuando han llegado a cierta edad, su naturaleza exige el producir. En la fealdad no puede producir, y sí sólo en la belleza; la unión del hombre y de la mujer es una producción, y esta producción es una obra divina, fecundación y generación, a que el ser mortal debe su inmortalidad. Pero estos efectos no pueden realizarse en lo que es discordante. Porque la fealdad no puede concordar con nada de lo que es divino; esto sólo puede hacerlo la belleza. La belleza, respecto a la generación, es semejante al Destino y a Lucina. Por esta razón, cuando el ser fecundante se aproxima a lo bello, lleno de amor y de alegría, se dilata, engendra, produce. Por el contrario, si se aproxima a lo feo, triste y remiso, se estrecha, se tuerce, se contrae, y no engendra, sino que comunica con dolor su germen fecundo. De aquí, en el ser fecundante y lleno de vigor para producir, esa ardiente prosecución de la belleza que debe libertarle de los dolores del alumbramiento. Porque la belleza, Sócrates, no es, como tú te imaginas, el objeto del amor.
—¿Pues cuál es el objeto del amor?
—Es la generación y la producción de la belleza.
—Sea así, respondí yo.
—No hay que dudar de ello, replicó.
—Pero, ¿por qué el objeto del amor es la generación?
—Porque es la generación la que perpetúa la familia de los seres animados, y le da la inmortalidad, que consiente la naturaleza mortal. Pues conforme a lo que ya hemos convenido, es necesario unir al deseo de lo bueno el deseo de la inmortalidad, puesto que el amor consiste en aspirar a que lo bueno nos pertenezca siempre. De aquí se sigue que la inmortalidad es igualmente el objeto del amor.
—Tales fueron las lecciones que me dio Diotima en nuestras conversaciones sobre el Amor. Me dijo un día: ¿cuál es, en tu opinión, Sócrates, la causa de este deseo y de este amor? ¿No has observado en qué estado excepcional se encuentran todos los animales volátiles y terrestres cuando sienten el deseo de engendrar? ¿No les ves como enfermizos, efecto de la agitación amorosa que les persigue durante el emparejamiento, y después, cuando se trata del sostén de la prole, no ves cómo los más débiles se preparan para combatir a los más fuertes, hasta perder la vida, y cómo se imponen el hambre y toda clase de privaciones para hacerla vivir? Respecto a los hombres, puede creerse que es por razón el obrar así; pero los animales, ¿de dónde les vienen estas disposiciones amorosas? ¿Podrías decirlo?
—Le respondí que lo ignoraba.
—¿Y esperas, replicó ella, hacerte nunca sabio en amor si ignoras una cosa como esta?
—Pero repito, Diotima, que esta es la causa de venir yo en tu busca; porque sé que tengo necesidad de tus lecciones. Explícame eso mismo sobre que me pides explicación, y todo lo demás que se refiere al amor.
—Pues bien, dijo, si crees que el objeto natural del amor es aquel en que hemos convenido muchas veces, mi pregunta no debe turbarte; porque, ahora como entes, es la naturaleza mortal la que aspira a perpetuarse y a hacerse inmortal, en cuanto es posible; y su único medio es el nacimiento que sustituye un individuo viejo con un individuo joven. En efecto, bien que se diga de un individuo, desde su nacimiento hasta su muerte, que vive y que es siempre el mismo, sin embargo, en realidad no está nunca ni en el mismo estado ni en el mismo desenvolvimiento, sino que todo muere y renace sin cesar en el, sus cabellos, su carne, sus huesos, su sangre, en una palabra, todo su cuerpo; y no sólo su cuerpo, sino también su alma, sus hábitos, sus costumbres, sus opiniones, sus deseos, sus placeres, sus penas, sus temores; todas sus afecciones no subsisten siempre las mismas, sino que nacen y mueren continuamente. Pero lo más sorprendente es que no solamente nuestros conocimientos nacen y mueren en nosotros de la misma manera (porque en este concepto también mudamos sin cesar), sino que cada uno de ellos en particular pasa por las mismas vicisitudes. En efecto, lo que se llama reflexionar se refiere a un conocimiento que se borra, porque el olvido es la extinción de un conocimiento; porque la reflexión, formando un nuevo recuerdo en lugar del que se marcha, conserva en nosotros este conocimiento, si bien creemos que es el mismo. Así se conservan todos los seres mortales; no subsisten absolutamente y siempre los mismos, como sucede a lo que es divino, sino que el que marcha y el que envejece deja en su lugar un individuo joven, semejante a lo que él mismo había sido. He aquí, Sócrates, cómo todo lo que es mortal participa de la inmortalidad, y lo mismo el cuerpo que todo lo demás. En cuanto al ser inmortal sucede lo mismo por una razón diferente. No te sorprendas si todos los seres animados estiman tanto sus renuevos, porque la solicitud y el amor que les anima no tiene otro origen que esta sed de inmortalidad.
—Después que me habló de esta manera, le dije lleno de admiración: muy bien, muy sabia Diotima, pero ¿pasan las cosas así realmente?
—Ella, con un tono de consumado sofista, me dijo: no lo dudes, Sócrates, y si quieres reflexionar ahora sobre la ambición de los hombres, te parecerá su conducta poco conforme con estos principios, si no te fijas en que los hombres están poseídos del deseo de crearse un nombre y de adquirir una gloria inmortal en la posteridad; y que este deseo, más que el amor paterno, es el que les hace despreciar todos los peligros, comprometer su fortuna, resistir todas las fatigas y sacrificar su misma vida. ¿Piensas, en efecto, que Alceste hubiera sufrido la muerte en lugar de Admete, que Aquiles la hubiera buscado por vengar a Patroclo, y que vuestro Codro se hubiera sacrificado por asegurar el reinado de sus hijos, si todos ellos no hubiesen esperado dejar tras sí este inmortal recuerdo de su virtud, que vive aún entre nosotros? De ninguna manera, prosiguió Diotima. Pero por esta inmortalidad de la virtud, por esta noble gloria, no hay nadie que no se lance, yo creo, a conseguirla, con tanto más ardor cuanto más virtuoso sea el que la prosiga, porque todos tienen amor a lo que es inmortal. Los que son fecundos con relación al cuerpo aman las mujeres, y se inclinan con preferencia a ellas, creyendo asegurar, mediante la procreación de los hijos, la inmortalidad la perpetuidad de su nombre y la felicidad que se imaginan en el curso de los tiempos. Pero los que son fecundos con relación al espíritu... Aquí Diotima, interrumpiéndose, añadió: porque los hay que son más fecundos de espíritu que de cuerpo para las cosas que al espíritu toca producir. ¿Y qué es lo que toca al espíritu producir? La sabiduría y las demás virtudes que han nacido de los poetas y de todos los artistas dotados del genio de invención. Pero la sabiduría más alta y más bella es la que preside al gobierno de los Estados y de las familias humanas, y que se llama prudencia y justicia. Cuando un mortal divino lleva en su alma desde la infancia el germen de estas virtudes, y llegado a la madurez de la edad desea producir y engendrar, va de un lado para otro buscando la belleza, en la que podrá engendrar, porque nunca podría conseguirlo en la fealdad. En su ardor de producir, se une a los cuerpos bellos con preferencia a los feos, y si en un cuerpo bello encuentra un alma bella, generosa y bien nacida, esta reunión le complace soberanamente. Cerca de un ser semejante pronuncia numerosos y elocuentes discursos sobre la virtud, sobre los deberes y las ocupaciones del hombre de bien, y se consagra a instruirle, porque el contacto y el comercio de la belleza le hacen engendrar y producir aquello, cuyo germen se encuentra ya en él. Ausente o presente piensa siempre en el objeto que ama, y ambos alimentan en común a los frutos de su unión. De esta manera el lazo y la afección que ligan el uno al otro son mucho más íntimos y mucho más fuertes que los de la familia, porque estos hijos de su inteligencia son más bellos y más inmortales, y no hay nadie que no prefiera tales hijos a cualquiera otra posteridad, si considera y admira las producciones que Homero, Hesiodo y los demás poetas han dejado; si tiene en cuenta la nombradía y la memoria imperecedera, que estos inmortales hijos han proporcionado a sus padres; o bien si recuerda los hijos que Licurgo ha dejado tras sí en Lacedemonia y que han sido la gloria de esta ciudad, y me atrevo a decir que de la Grecia entera. Solón, lo mismo, es honrado por vosotros como padre de las leyes, y otros muchos hombres grandes lo son también en diversos países, ya en Grecia, ya entre los bárbaros, porque han producido una infinidad de obras admirables y creado toda clase de virtudes. Estos hijos les han valido templos, mientras que los hijos de los hombres, que salen del seno de una mujer, jamás han hecho engrandecer a nadie.
Quizá, Sócrates, he llegado a iniciarte hasta en los misterios del amor; pero en cuanto al último grado de la iniciación y a las revelaciones más secretas, para las que todo lo que acabo de decir no es más que una preparación, no sé si, ni aún bien dirigido, podría tu espíritu elevarse hasta ellas. Yo, sin embargo, continuaré sin que se entibie mi celo. Trata de seguirme lo mejor que puedas.
El que quiere aspirará este objeto por el verdadero camino, debe desde su juventud comenzar a buscar los cuerpos bellos. Debe además, si está bien dirigido, amar uno sólo, y en el engendrar y producir bellos discursos. En seguida debe llegar a comprender que la belleza, que se encuentra en un cuerpo cualquiera, es hermana de la belleza que se encuentra en todos los demás. En efecto, si es preciso buscar la belleza en general, sería una gran locura no creer que la belleza, que reside en todos los cuerpos, es una e idéntica. Una vez penetrado de este pensamiento, nuestro hombre debe mostrarse amante de todos los cuerpos bellos, y despojarse, como de una despreciable pequeñez, de toda pasión que se reconcentre sobre uno sólo. Después debe considerar la belleza del alma como más preciosa que la del cuerpo; de suerte, que una alma bella, aunque esté en un cuerpo desprovisto de perfecciones, baste para atraer su amor y sus cuidados, y para ingerir en ella los discursos más propios para hacer mejor la juventud. Siguiendo así, se verá necesariamente conducido a contemplar la belleza que se encuentra en las acciones de los hombres y en las leyes, a ver que esta belleza por todas partes es idéntica a sí misma, y hacer por consiguiente poco caso de la belleza corporal. De las acciones de los hombres deberá pasar a las ciencias para contemplar en ellas la belleza; y entonces, teniendo una idea más amplia de lo bello, no se verá encadenado como un esclavo en el estrecho amor de la belleza de un joven, de un hombre o de una sola acción, sino que lanzado en el océano de la belleza, y extendiendo sus miradas sobre este espectáculo, producirá con inagotable fecundidad los discursos y pensamientos más grandes de la filosofía, hasta que, asegurado y engrandecido su espíritu por esta sublime contemplación, sólo perciba una ciencia, la de lo bello.
Préstame ahora, Sócrates, toda la atención de que eres capaz. El que en los misterios del amor se haya elevado hasta el punto en que estamos, después de haber recorrido en orden conveniente todos los grados de lo bello y llegado, por último, al término de la iniciación, percibirá como un relámpago una belleza maravillosa, aquella ¡oh Sócrates!, que era objeto de todos sus trabajos anteriores; belleza eterna, increada e imperecedera, exenta de aumento y de disminución; belleza que no es bella en tal parte y fea en cual otra, bella sólo en tal tiempo y no en tal otro, bella bajo una relación y fea bajo otra, bella en tal lugar y fea en cual otro, bella para estos y fea para aquellos; belleza que no tiene nada de sensible como el semblante o las manos, ni nada de corporal; que tampoco es este discurso o esta ciencia; que no reside en ningún ser diferente de ella misma, en un animal, por ejemplo, o en la tierra, o en el cielo, o en otra cosa, sino que existe eterna y absolutamente por sí misma y en sí misma; de ella participan todas las demás bellezas, sin que el nacimiento ni la destrucción de estas cansen ni la menor disminución ni el menor aumento en aquellas ni la modifiquen en nada. Cuando de las bellezas inferiores se ha elevado, mediante un amor bien entendido de los jóvenes, hasta la belleza perfecta, y se comienza a entreverla, se llega casi al término; porque el camino recto del amor, ya se guíe por sí mismo, ya sea guiado por otro, es comenzar por las bellezas inferiores y elevarse hasta la belleza suprema, pasando, por decirlo así, por todos los grados de la escala de un solo cuerpo bello a dos, de dos a todos los demás, de los bellos cuerpos a las bellas ocupaciones, de las bellas ocupaciones a las bellas ciencias, hasta que de ciencia en ciencia se llega a la ciencia por excelencia, que no es otra que la ciencia de lo bello mismo, y se concluye por conocerla tal como es en sí. ¡Oh, mi querido Sócrates!, prosiguió la extranjera de Mantinea, si por algo tiene mérito esta vida, es por la contemplación de la belleza absoluta, y si tú llegas algún día a conseguirlo, ¿qué te parecerán, cotejado con ella, el oro y los adornos, los niños hermosos y los jóvenes bellos, cuya vista al presente te turba y te encanta hasta el punto de que tú y muchos otros, por ver sin cesar a los que amáis, por estar sin cesar con ellos, si esto fuese posible, os privaríais con gusto de comer y de beber, y pasaríais la vida tratándolos y contemplándolos de continuo? ¿Qué pensaremos de un mortal a quien fuese dado contemplar la belleza pura, simple, sin mezcla, no revestida de carne ni de colores humanos y de las demás vanidades perecederas, sino siendo la belleza divina misma? ¿Crees que sería una suerte desgraciada tener sus miradas fijas en ella y gozar de la contemplación y amistad de semejante objeto? ¿No crees, por el contrario, que este hombre, siendo el único que en este mundo percibe lo bello, mediante el órgano propio para percibirlo, podrá crear, no imágenes de virtud, puesto que no se une a imágenes, sino virtudes verdaderas, pues que es la verdad a la que se consagra? Ahora bien, sólo al que produce y alimenta [351] la verdadera virtud corresponde el ser amado por Dios; y si algún hombre debe ser inmortal, es seguramente este.
—Tales fueron, mi querido Fedro, y vosotros que me escucháis, los razonamientos de Diotima. Ellos me han convencido, y a mi vez trato yo de convencer a los demás, de que, para conseguir un bien tan grande, la naturaleza humana difícilmente encontraría un auxiliar más poderoso que el Amor. Y así digo, que todo hombre debe honrar al Amor. En cuanto a mí, honro todo lo que a él se refiere, le hago objeto de un culto muy particular, le recomiendo a los demás, y en este mismo momento acabo de celebrar, lo mejor que he podido, como constantemente lo estoy haciendo, el poder y la fuerza del Amor. Y ahora, Fedro, mira si puede llamarse este discurso un elogio del Amor; y si no, dale el nombre que te acomode." (PLATÓN, El Banquete, o del amor)

lunes, 24 de septiembre de 2012

2º de Bachillerato: Los antecedentes del Superhombre de Nietzsche en la novela popular


   

   En la colección de ensayos  titulada El superhombre de masas Umberto Eco traza una magnífica genealogía de la noción nietzscheana del "superhombre", a partir de la tesis expuesta por el filósofo marxista italiano A. Gramsci en su escrito "Letteratura popolare" (Letteratura e vita nazionale, III). Según Gramsci," puede afirmarse que buena parte de la autodenominada "superhumanidad" nietzscheana tiene su origen o modelo doctrinal no ya en Zaratustra, sino simplemente en El conde de Montecristo de A. Dumas". 
   Eco retoma esta idea, y rastrea el origen del concepto del superhombre en los protagonistas de las novelas por entregas y folletines del XIX, como Los misterios de París, de Eugène Sue, Los miserables de V. Hugo, Ilusiones perdidas de Balzac, o Los tres mosqueteros, Memorias de un médico y El conde de Montecristo, de Dumas, padre. En estas novelas, aparecen personajes herederos directos del héroe satánico romántico -como Rodolphe de Gerolstein, J. Valjéan, el criminal Vautrin, Athos, G. Balsamo o el propio Montecristo-, que se posicionan al margen de la ley, y que, para solventar los problemas a los que se enfrentan, practican un código ético  situado más allá de lo que la sociedad considera "bueno" o "malo", centrado en el ejercicio despótico de su voluntad de poder. Tales personajes, además, suelen encontrarse amparados por alguna sociedad secreta, que, como dice Eco, supone  la "encarnación colectiva del superhombre", y que es la que se encarga de dominar a las masas. El Übermensch nietzscheano, en resumen, "nace en el crisol de la novela por entregas y solo posteriormente llegará a la filosofía." En palabras del célebre semiótico italiano:

   "[El mito fundamental de la novela popular es] la figura del héroe en cuanto Superhombre. Un superhombre que, como bien notara Gramsci, antes que en la páginas de Nietzsche -o de sus falsificadores ideológicos nazis- aparece en las páginas de la novela popular, populista y democrática, como portavoz de una solución autoritaria -paternalista, garantizda y fundada en sí misma- de las contradiciones de la socidad, por encima de las cabezas de sus miembros pasivos. (...)
   Ideología del superhombre y de la sociedad secreta.- (...) La novela popular se ve obligada a enseñar que, por muchas contradicciones sociales que existan, existen también fuerzas capaces de subsanarlas. Ahora bien, esas fuerzas no pueden ser la populares, pues el pueblo no tiene poder y, si lo alcanza, surge la revolución y por ende la crisis. Los encargados de subsanar tales contradicciones deben pertenecer, pues, a la clase dominante. Y como en cuanto integrantes de la clase dirigente no tendrían el menor interés en llevar a cabo este cometido, habrá de pertenecer por fuerza a una estirpe de justicieros que vislumbran en lontananza una justicia más amplia y más amónica. Y como la sociedad no reconoce esa necesidad de justicia y nunca comprendería sus propósitos, habrán de perseguirlos e intentar realizarlos en contra de la sociedad y de las leyes. Para poder hacerlo deberń estar dotados de cualidades excepcionales y poseer una fuerza carismática que legitime su decisión aparentemente subversiva. Así nace el Superhombre.

   "Los tres mosqueteros actúan como superhombres, poniendo su capaciad para discernir entre el bien y el mal por encima de las consideraciones legalistas y miopes de las autoridades oficiales. (...) Otros, como Joseph Balsamo [el protagonista de las Memorias de un médico de Dumas], dotado de cualidades sobrenaturales -pues no olvidemos que es el inmortal Cagliostro-, se vale además de una sociedad secreta, la secta de los Iluminados de Baviera (...). La sociedad secreta que decide sobre el bien y el mal es íntimamente reaccionaria y actúa conforme a un principio místico propio, sin buscar la relación con las masas. (...) Montecristo es un superhombre que decide el castigo de todos los malvados sin abrigar la menor sombra de duda sobre la legitimidad de su gesto -garantizado por su enorme poder económico (...). El Rodolphe de Gerolstein de Los misterios de París es un superhombre que, desde lo alto de su carisma de rey, juzga y manda lo mismo que oprime, y así, por obra y gracia de su decisión, (...) causa la destrucción final de todos los prevaricadores, [y] el premio de los buenos (...) a los que] les concede paternalmete la dicha y la seguridad (siempre y cuando no se rebelen ante sus decisiones). (...)
  "Rasgo característico de todos ellos consiste en decidir por su cuenta qué es lo que constituye el bien para la plebe oprimida y cómo debe ser vengada. Al superhombre no se le pasa en ningún momento por la cabeza que el populacho pueda y deba decidir por su cuenta, y por lo tanto nunca lo vemos iluminarlo ni consultarle. En medio del frenesí de su virtud, vuelve a situar una y otra vez a la plebe en su papel de subaltera, y actúa con una violencia represiva tanto más mistificada por cuanto adopta los ropajes de Salvación.
   "Así, pues, su rebelión se convierte fatalmente en un ajuste de cuentas entre dos poderes rivales que, en el fondo, son dos facetas de una misma realidad. Para nada cuentan las razones morales o de necesidad histórica por las cuales surge la sociedad secreta; lo que cuenta es su negativa a manifestarse y a provocar la toma de conciencia popular. De ese modo, la sociedad secreta, encarnación colectiva del superhombre, fracasa en su ilusorio proyecto de resistencia y liberación, y se convierte en una forma más de dominio. Aunque nacida contra el Poder y contra el Estado, actúa como un Estado dentro del Estado, y se convierte irremisiblemente en un Estado oculto.
   "Quien es víctima de su fascinación, vive su experiencia onírica como el lector de la novela popular, que pide a las páginas fantásticas que lo consuelen con imágenes de justicia impartidas por otros, que le hagan olvidar que en la realidad esa justicia le ha sido arrebatada." (Umberto Eco, El superhombre de masas. Retórica e ideología en la novela popular, De Bolsillo, Barcelona, 2012, pp. 101-106)

   ¡Cuántas veces habremos visto repetido este esquema, popularizado aún más, si cabe, en el ámbito del cine: vaqueros, detectives, superhéroes y justicieros de todo tipo constituyen la versión vulgarizada del superhombre nietzscheano, que a su vez recoge, si Gramsci y Eco tienen razón, el arquetipo elaborado en la novelística folletinesca de la primera mitad del siglo XIX! Actúan como exutorio de una sociedad fracasada que, incapaz de combatir el mal y la injusticia por sí misma, se consuela de su impotencia proyectando sus ansias de libertad y justicia en personajes imaginarios con los que ha podido identificarse el "hombrecito" (W. Reich) del menguado siglo XX, y con los que se identifica, sin duda, su tocayo del siglo XXI.

jueves, 20 de septiembre de 2012

A las filósofas que amo (2): Egeria, la hispana viajera


 

   Aunque no podemos decir que Egeria (o Eteria) fuese propiamente una filósofa, me he decidido a incluirla en este blog por la admiración que siempre he sentido por esta viajera y escritora galaica del siglo IV, cuyo Itinerario constituye, a mi entender, un auténtico viaje espiritual e iniciático, de corte marcadamente cristiano.
   La verdad es que de Egeria no nos han quedado apenas datos contrastables. Al parecer, era oriunda de la provincia romana hispana de Gallaecia (quizás del Bierzo, quizás de Cauca [Coca]).Tampoco sabemos nada sobre su familia, aunque se ha creído que era pariente del emperador Teodosio, dadas las facilidades que encontró por parte de las autoridades a lo largo de su periplo por Oriente. Sobre su filiación religiosa cristiana no hay duda, pero sí lo hay respecto de su ortodoxia, pues A. Lambert sugirió que quizás fue seguidora de Prisciliano, el malogrado gnóstico hispano, debido a su origen galaico y a su carácter de mujer atrevida, audaz e independiente.En cualquier caso, la lectura del Itinerario, su diario de viaje, da testimonio de ella como una mujer de ascendencia noble, posición económica acomodada y notable cultura. También da muestras de gran religiosidad y de una curiosidad fuera de lo normal, pues a lo largo del viaje la vemos preguntar incansablemente a multitud de eremitas, santones y ascetas de todo tipo, acerca de los santos lugares que va visitando.
   Egeria emprendió un viaje realmente maravilloso, que le llevó a visitar los Santos Lugares (Egipto, Palestina, Siria, Mesopotamia, Asia Menor, Constantinopla...) entre los años 381 y 384. A veces la he imaginado a lomo de caballos, camellos, o sencillamente a pie, incansable,   atravesando lugares de ensueño como Jericó, Alejandría, Tebas, el Mar Rojo o el Sinaí  (al que ascendió, intentando emular al mismísimo Moisés). También me emocionó ver cómo, al final de su obra, se dirige a sus compañeras de Monasterio, que la esperan allá en la lejana Hispania, comunicándoles que  su intención es ir a Éfeso, para "orar ante el sepulcro del santo y binaventuradlo apóstol Juan", aunque no sabe si para entonces estará "viva o muerta", ya que su salud debía haber quedado muy quebrantada por el esfuerzo del viaje.

Gracias a la pax romana, una ciudadana del Imperio
podía viajar desde Gallaecia hasta Mesopotamia casi
sin obstáculos. Así lo hizo la valiente Egeria,
en busca de la iluminación espiritual



   En su narración, Egeria les describe a sus hermanas conventuales con detalle el modo de viajar a través del cursus publicus romano, la red de vías utilizadas por las legiones en sus desplazamientos (una red de 80.000 km), empleando como hospedaje las mansio (casas de postas), o acogiéndose a la hospitalidad de los monasterios implantados en Oriente desde hacía años, pero todavía casi desconocidos en Occidente. Varias menciones a lo largo del manuscrito sugieren la posibilidad de que contara con algún tipo de salvoconducto oficial que le permitió recurrir a protección militar en territorios especialmente peligrosos.
   El Itinerarium se divide en dos partes: la primera (tras un comienzo que se ha perdido), narra el viaje, y comienza bruscamente cuando Egeria está a punto de subir al monte Sinaí, una vez visitadas las localidades de Jerusalén, Belén, Galilea y Hebrón. Luego, se dirige al monte Horeb y regresa a Jerusalén atravesando el país de Gesén. Asciende después al Monte Nebo, y cuando se cumplen tres años de su partida, vuelve de nuevo a Jerusalén y decide regresar a Hispania. Durante su regreso, visita Tarso, Mesopotamia y Edesa, donde adquiere una copia de la legendaria (y probablemente falsa) carta del rey Agbar a Jesús, y la respuesta que le dio éste. Desde allí, pone rumbo a Bitinia y Constantinopla. El diario del viaje termina en ese punto, aunque antes de concluir aún expresa su deseo de visitar, como dijimos anteriormente, la ciudad de Éfeso. La segunda parte del diario describe la liturgia tal y como se celebraba en Palestina, durante las fiestas de Pascua y Semana Santa.
   Así, mientras su contemporánea, la pagana Hipatia, defendía la filosofía griega ante el fanatismo religioso, sucumbiendo heroicamente en el empeño, Egeria, la devota cristiana, buscaba el conocimiento guiada por su fe en ese mismo Dios al que invocaban los crueles asesinos de Hipatia. Me pregunto de qué habrían hablado, si hubiesen llegado a conocerse. En cualquier caso, ¡qué mujeres! Resulta imposible no enamorarse de ellas, al menos intelectualmente.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Miguel Servet: Archiblasfemo y archihereje

   
 
   
   Aunque pude haber pasado este verano leyendo a los escritores de moda, como Ken Follet o C. Ruiz Zafón, preferí dedicar mi tiempo libre a estudiar la Restitución de cristianismo de Miguel Servet (1509/11 - 1553), uno de mis filósofos más admirados,  por lo atrevido de su pensamiento y por su carácter de "archiblasfemo" y "archihereje", que le otorgó el singular honor de haber sido quemado en efigie por los católicos y en persona por los protestantes. 
   Servet no fue solamente un seguidor de los planteamientos de la Academia Neoplatónica de Florencia y de los anabaptistas, sino que también fue un "uomo universale" del Renacimiento, ya que cultivó todos los campos del saber abiertos en su época: medicina, geografía, estudios bíblicos, teología y filosofía (sin olvidar otra de las disciplinas más valoradas por los filósofos del Renacimiento: la astrología).
   En la Restitución del cristianismo (1553) -libro en el que se detectan múltiples influencias, que van desde el neoplatonismo de Filón, Plotino, Jámblico y Dionisio Areopagita al hermetismo de Hermes Trismegisto, e incluso los oráculos zoroástricos y la cábala judía- Servet negaba decididamente el dogma de la Trinidad, del que no encontraba ningún testimonio en la Biblia. Para Servet, la doctrina de la Trinidad, introducida en el concilio de Nicea en el año 325, significó el comienzo de la caída de la Iglesia, y su alejamiento del comunismo y simplicidad que habían caracterizado el mensaje inicial de Cristo. Desde entonces, el poder temporal del papado había convertido a la Iglesia en "la más vil de las bestias y la más descarada de las rameras", preocupada únicamente por obtener poder y dinero. En este sentido, Servet rechazó de plano tanto el poder temporal de la Iglesia, como el culto exterior y sus riquezas, consciente de que todo ese  aparato se dirige a engañar y oprimir al pueblo, especialmente a los pobres que, según sus propias palabras, "son los que pierden siempre".
   Para Servet, la doctrina cristiana es sencilla: Cristo es Dios manifestado estrictamente como hombre, mientras que el Padre es Dios, el Sumo Uno de los neoplatónicos, inmerso en el silencio inefable, como habían mantenido antiguamente gnósticos y herméticos. El Dios de Servet es un ser dinámico, que se encuentra comprometido en perpetua autoelaboración a través de emanaciones de sí, y en constante autoexpresión de sí mismo por medio de intermediarios tales como la razón, la sabiduría y la palabra, comparables a los rayos que proceden del sol. El hombre queda erigido en el centro de la cadena del ser, siendo Cristo el que, como "luz pura", ilumina el corazón y el entendimiento de los hombres, permitiéndolos así unirse al principio divino. No existe, por tanto, el "Verbo", esa supuesta "tercera persona" de una Trinidad que no aparece por ninguna parte.

Placa dedicada a Miguel Servet, en Madrid
   Asimismo, Servet sostiene que es ilícito, y un verdadero abuso, bautizar a los niños pequeños, cuando éstos no pueden tener ningún conocimiento de las verdades espirituales y no pueden dedicirse a aceptarlas o rechazarlas con plena conciencia: el bautismo es cosa de individuos adultos, libres y plenamente formados intelectualmente, que pueden calibrar con pleno juicio la importancia del paso que van a dar. Para Servet, el afán de bautizar a los niños recién nacidos es consecuencia del deseo eclesiástico de dominar las mentes de los hombres desde su más tierna infancia, y atenta directamente contra el carácter espiritual del mensaje de Cristo. Afirma, incluso, que habría que postergar el bautismo hasta la edad de los treinta años, según el ejemplo de Cristo. Por lo demás, el bautismo, practicado por hombres adultos y libres. constituye una comunidad espiritual que es la base de la verdadera Jerusalén Celestial, de la que las Iglesias romanas y protestante no son más que un remedo aberrante, una burla grosera, centrada en lel lavado de las mentes y en la persecución de mezquinos intereses materiales.
   El Espíritu Divino se manifiesta, en diversos grados, a través de toda la creación; y lo hace, especialmente, en la circulación pulmonar de la sangre (descubierta por Servet antes que lo hiciera Harvey), así como en el ritmo de inspiración y espiración, que dota de vida al individuo.
   Estas tesis "alumbradas", en las que un Dios luminoso ilumina directamente al ser humano, sin mediación eclesial alguna, nos pueden parecer hoy en día bastante inofensivas, pero en plena época del enfrentamiento entre Católidos y Protestantes fueron tenidas por peligrosísmas, hasta el punto de que Jerónimo Aleandro, a la sazón nuncio apostólico en Alemania y gran enemigo de Lutero, en una carta a un amigo, escrita el 17 de abril de 1532, le decía que los "herejes de Alemania, luteranos o zwinglianos, si son tan verdaderos cristianos evangélicos y defensores de la fe como presumen, deberían castigar a este español dondequiera se le  encontrase, pues no es menos contrario  a su confesión que a los católicos". Al mismo tiempo, Servet era denunciado al Consejo Supremo de la Inquisición Española, para que sus libros y su estatua fuesen quemados en público, a falta del mismo Servet, que hacía tiempo había huido de su país, temiendo por su vida.
   En 1553, el protestante Guillermo Trie le escribía a su primo católico Antonio Arneys un carta parecida en la que decía: "Se ampara por ahí a un hereje [se refiere, claro está, a nuestro médico y filósofo] que bien merece ser quemado doquiera se encuentre. Me refiero a un hombre que será condenado tanto por los papistas como por nosotros, o al menos debería serlo. Porque, aunque discrepamos en muchas cosas, si tenemos esto en común: que en una sola esencia de Dios hay tres personas (...) Por eso, cuando un hombre dice que la Trinidad, que nosotros defendemos, es un Cerbero y monstruo del infierno (...) [está sosteniendo] una herejía detestable capaz de acabar con toda la religión cristiana."

Monumento a Servet, encadenado (Zaragoza)

   Como consecuencia de estas condenas, todos los ejemplares de la Restitución del cristianismo fueron destruidos (sólo han sobrevivido tres, hasta hoy), y Servet fue arrestado y encarcelado por Calvino en Ginebra. Tras un largo proceso, para que "no infectase al mundo con sus herejías y blasfemias; por ser incorregible y sin remedio", fue sentenciado a morir "sujeto a una estaca, quemado con todos sus libros, hasta reducirlo a cenizas". Era el 27 de octubre de 1553.
   Servet y su defensa de la libertad de pensamiento son quizás más actuales que nunca en los tiempos que corren, en los que han vuelto a reaparecer los viejos fantasmas del fanatismo e intolerancia (que, en realidad, nunca se han ido). Se trata de un filósofo valiente y lúcido, que , sin duda, tiene mucho que decir a una época como la nuestra, en la que, como afirma su gran biógrafo, el profesor R. Bainton, "nos horrorizamos ante ese gran hombre convertido en cenizas por ser fiel a sus ideas religiosas, pero no dudamos en reducir a polvo ciudades enteras bajo el pretexto de defender nuestra cultura."

jueves, 13 de septiembre de 2012

1º y 2º de Bachillerato: "1984" de George Orwell


   Mucha gente no sabe hoy en día de donde procede la expresión  "Gran Hermano"; pero los que tenemos cierta edad SÍ lo sabemos, y cada vez que la escuchamos, sentimos un estremecimiento de terror... Un terror que responde, seguramente, a algo muy real. En 1984 -que podría ser, igualmente 2012, o 2024-, no existe la libertad, y todos los movimientos de los seres humanos están controlados por el Gran Hermano, un siniestro y enigmático personaje, que preside un opresivo y omnipresente Nuevo Orden Mundial. Aunque Orwell, limitado en su capacidad visionaria por la época que le tocó vivir, parecía identificar ese mundo dictatorial con el antiguo bloque soviético o el fascismo, hoy podemos darnos cuenta de que sus presagios iban mucho más allá. Expresiones como "neolengua", "manipulación de la historia",  "policía del pensamiento", "libertad es esclavitud", etc. son, quizás, más actuales hoy que nunca.
   Aunque existe una versión más reciente de la novela orwelliana, protagonizada por el siempre eficaz John Hurt, no he podido encontrarla completa; de manera que os enlazo con la versión más antigua, en blanco y negro y subtitulada. No obstante, lo mejor, sin duda, es leer la novela, que encontraréis aquí: George Orwell y 1984. ¡Despertad! 

lunes, 10 de septiembre de 2012

Frederic Myers y las fronteras de la psicología




Siempre que se alude al pensamiento psicológico anglosajón de finales del siglo XIX citamos a William James, pero olvidamos mencionar a Frederic W. H. Myers (1843-1901), íntimo amigo de James y creador del concepto de "telepatía".
Myers, igual que otros muchos intelectuales de su época (Sidgwick, W. Crookes, E. Bulwer-Lytton, A. R. Wallace, Sir A. Conan-Doyle...), fue alguien obsesionado con el mundo de lo oculto y sobrenatural, al que no consideraba ajeno, ni contrario, al pensamiento cientifista y positivista de  fondo del que todos ellos partían. Muy influido por Platón (especialmente por su teoría sobre el alma y la reminiscencia, expuesta en el Fedón), Myers intentó encontrar un método rigurosamente científico, capaz de explorar los fenómenos "paranormales", en el marco de una teoría de la evolución espiritualista, que combinaba las aportaciones de Darwin con el misticismo de Platón, Plotino, J. Böhme y Schelling. La creación de la Society for Psychical Research hacia 1882, fue la consecuencia  más conocida de sus esfuerzos por investigar lo trascendente.
   En su obra principal: La personalidad humana: su supervivencia y sus manifestaciones supranormales (póstuma, 1903), Myers partía de tres creencias fundamentales, que constituían la base de su "psiquiatría gótica" (como la llamaron André Breton y el propio William James): 1) La supervivencia humana tras la muerte; 2) la existencia de una especie de "memoria cósmica", en la que se recogen todas las escenas y pensamientos del universo, y 3) un progreso moral y espiritual  continuo, tendente hacia una meta situada en el infinito.
   Según Myers, la distinción entre mente y materia es difusa, porque, por un lado, la materia es mucho más espiritual o mental de lo que pudiera creerse, y, por otro, lo mental puede tener efectos directos e insospechados sobre el mundo material. El descubrimiento de la radiación electromagnética constituía la prueba, según Myers, de que nosotros sólo captamos una parte del "espectro de la consciencia", por lo que buena parte de la realidad permanece oculta para nuestra percepción habitual, y únicamente podemos acceder a ella en determinados momentos en los que nuestra consciencia rompe con las limitaciones del hemisferio izquierdo del cerebro, y se expande libremente, más allá de los estrechos límites de la lógica. 
   Distingue Myers tres grados de percepción, que son, al mismo tiempo, tres grados de realidad: el umbral, que corresponde al ámbito de lo percibido; lo supraliminar, que coincide con la identidad personal y social del hombre, y el dominio de lo subliminal, que abarca los sueños, presentimientos, formas alteradas de conciencia, etc. Dicha identidad subliminal, aunque coincide parcialmente con el inconsciente freudiano, tiene más que ver con ese "continuo de consciencia cósmica", descrito por William James, "en el que se sumergen nuestras mentes como en la mar materna o una reserva de agua."
   El ámbito de lo "supernormal", como él lo llamaba (o de la "consciencia cósmica", como la bautizó Richard Maurice Bucke), se extiende mas allá de las dualidades aparentes que establece la razón lógica, y correpondería aproximadamente a la X nouménica, la "cosa en sí" de Kant. Según esta interpretación (que coincide con la de Bergson o A. Huxley), el cerebro no produce la consciencia, sino que se limita a filtrar o concretizar su naturaleza infinita, focalizándole en un punto temporal concreto.
   Es la consciencia supernormal la que explicaría los presentimientos, los fenómenos coincidentes (llamados luego por Jung fenómenos de "sincronicidad acausal"), las comunicaciones "telepáticas" y la "telestesia" , o clarividencia. Es muy importante resaltar que para Myers esa conexión "a distancia" entre la mente de los sujetos (vivos o muertos),  capaz de  trascender las fronteras del tiempo y del espacio, es, sobre todo, emocional y simbólica (o "imaginal", en el sentido que daba a este término H. Corbin), no causal: Es como si varios sujetos compartieran a la vez un mismo SIGNIFICADO, viviéndolo con una intensidad emocional capaz de conectarlos muy estrechamente entre sí. Dicha conciencia superior sería, además, signo de que el sujeto ha alcanzado un nivel más elevado dentro de la evolución espiritual del universo, la cual está dirigida, según Myers, por  una energía cuya máxima expresión es la fuerza del amor: ésa es la fuerza subliminal más fuerte y penetrante; la potencia "metapsicológica" por excelencia.

viernes, 7 de septiembre de 2012

A las filósofas que amo (1): Hildegard von Bingen

  
La filosofía medieval incluye siempre los nombres de San Agustín o Santo Tomás de Aquino, y quizás también los de otros filósofos "menores", como Hugo y Ricardo de San Víctor o Guillermo de Ockham; pero no se incluye en ella casi nunca a una de mis pensadoras más queridas y admiradas: Hildegard von Bingen, quien supone, a mi entender, la práctica de una vía diferente, a medio camino entre la filosofía, la mística, la poesía y la música, que trasciende los límites del seco pensamiento escolástico. La suya es, sencillamente, una vía "femenina" para acceder a la contemplación de la divinidad, al mismo tiempo a través de los sentidos, el entendimiento y el corazón, en el marco de un pensamiento marcadamente VISIONARIO, es decir, más "visual" (en el sentido contemplativo del término) que estrictamente racional. Para Hildegad, el conocimiento entra, literalmente, por los ojos y por los oídos, a través de las imágenes y la música, "caminos" por los que podemos acceder a la sabiduría celestial, que siempre se expresa en forma simbólica, más que conceptual. Por eso, sus manuscritos están iluminados con maravillosas pinturas, cuyo objetivo es comunicar la "iluminación" experimentada por la vidente a los espíritus de sus lectores, hasta conseguir "iluminarlos".
   Hildegard, que vivió entre 1098 y 1179, creció junto a su pariente Jutta de Sponheim en una clausura próxima al monasterio benedictino de Disibodenberg, cerca de Maguncia; luego, al morir Jutta, fue designada sucesora suya, como "magistra", e inició hacia 1141 la redacción de sus primeros escritos visionarios, compilados luego bajo el título de Scivias: Conoce los caminos, que completó hacia 1161, gracias a la colaboración del monje Volmar y la joven monja Richardis von Stade, que actuaron como secretarios y testigos de sus visiones (Volmar, hasta su muerte en 1173 y Richardis hasta que se trasladó a otro monasterio, lo que causo un enorme disgusto a Hildegard). También mantuvo una intensa actividad como médica, experta en remedios naturales (Causas et curae y Physica), y como compositora, con una serie de soberbias obras litúrgicas reunidas en el volumen Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales (h. 1150), al tiempo que está en contacto epistolar con personajes tan señeros como Bernardo de Claraval, el papa Eugenio III y el propio emperador Federico Barbarroja. 
   Tras experimentar una "visión" muy especial, que le ordenaba fundar su propio monasterio en Bingen, a orillas del Rin, en la colina del Rupertsberg, Hildegard se puso a cumplir con el mandato divino con enorme empeño. Mantuvo su decisión de separarse del monasterio de Disibodenberg con enorme obstinación, a pesar de la oposición cerril de su abad, Kuno, y también la de muchos monjes y monjas de su cenobio, impregnados del ambiente machista característico de la época: ¡Qué soberbia la de aquella monjita pretenciosa, envanecida por sus sospechosas visiones, que tenía el atrevimiento de crear su propio grupo religioso, al margen de la tutela masculina! ¿No estaría poseída por el mismísimo demonio? Lo cierto es que, detrás de estos recelos había también importantes motivos económicos, puesto que el monasterio recibía importantes dotes por las monjas, que pertenecían a familias ricas, además, las curas practicadas por Hildegard atraían a muchos peregrinos y enfermos, que llenaban las arcas del monasterio.
   Mientras que el Liber vitae meritorum (1158-1163) contiene su ética cristiana, basada en la lucha entre los vicios y virtudes -lucha que también protagoniza el bellísimo drama litúrgico Ordo Virtutum, en el que el diablo seduce al alma humana, engañándola hasta que encuentra la salvación practicando las virtudes (sobre todo la humildad)-, Scivias, escrito durante más de diez años, contiene, por así decirlo, la "metafísica" de Hildegard (si es que este término puede aplicarse a los vuelos de su razón poético-religiosa, que atiende más a los "ojos del corazón" que a los razonamientos intelectuales). En Scivias Hildegarda cuenta una serie de visiones procedentes de la "Luz viva", que le exponen el orden del universo, tanto celestial (Trinidad, Jerarquías Angélicas, Cristo, la Virgen) como terrenal (hombre e Iglesia), en su terrible lucha con las fuerzas malignas del vicio y el pecado, simbolizadas, como no, por el demonio, serpiente, dragón o el Anticristo, el cual aparece representado en una serie de imágenes muy pregnantes, no exentas de un ingenuo dramatismo (que a veces resulta, incluso, un poco divertido para la mentalidad actual, pero que debió impactar profundamente a sus contemporáneos).
   Ante los embates del Maligno, el hombre ha de conocer los caminos de la vida, tanto buenos como malos, para elegir cuál quiere recorrer, porque Dios ha hecho al hombre libre, a fin de que sus actos sean loables o condenables, y le ha otorgado su razón para que, a través de la "ciencia especulativa"  (que es como un espejo del orden divino), conozca la verdad y el bien. La lucha se prolonga desde los orígenes del ser humano hasta el momento del Juicio Final, en el que sobrevendrá la serena y eterna calma de un "fulgor sin fin".
   Scivias es una  auténtica sinfonía de conceptos y símbolos, dirigida a motivar lo que los filósofos orientales iranios llaman el "mundo imaginalis": las imágenes, más que las palabras, son el vehículo del pensamiento en este libro, un tanto enigmático. A ellas se unen las composiciones musicales reunidas en Sinfonía, que responden más a la tradicion neoplatónica, representada por Regino de Prüm, que a la pitagórica de Boecio: Para Regino, la música vocal es, al mismo tiempo, natural e inspirada por Dios. Análogamente, para Hildegard, en la música vocal, la palabra designa al cuerpo, y el canto, al espíritu, que a través de la entonación musical despierta a la vida eterna. Gracias a la música es posible alcanzar la Sapientia divina, que Hildegard representa simbólicamente como una feminea forma, y metafísicamente como una armonía que, a modo de energía circular, abraza el cosmos entero; de ahí la importancia que en sus obras musicales y coreográficas tiene la estructura anular o en círculo.
   Muchos de estos aspectos de la vida y obra de Hildegard aparecen recogidos en la película Vision. Aus dem Leben von Hildegard von Bingen, dirigida por Margarethe von Trotta en 2009. La película es bastante fiel a la vida de la abadesa, aunque, a mi juicio, posee algunos matices femenistas, e incluso de carácter homoerótico, a la hora de describir las relaciones entre Hildegard y la joven Richardis, que no sé si resultan fieles a la época y a la figura de la "Sibila del Rhin". Pues, si bien es verdad que nuestra filósofa se mostró valiente y genial en muchos aspectos de su vida, en otros fue una mujer de su tiempo, conservadora y tradicional, en todo aquello que se refería a la sexualidad, o al orden social establecido, que a su juicio, era el querido por Dios.
   Aquí tenéis la película sobre Hildegard (no sé si en el orden correcto, porque tuve algún problema al secuenciarla, pero podéis encontrarla sin problemas en la red), así como una muestra de sus composiciones. Si sirven para que os aficionéis a su música y a sus escritos, me alegraré de compartir con vosotros algo tan bueno.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Música iniciática: Bob Dylan

   ¿Qué canción elegir del inconmensurable Dylan para nuestra sección iniciática? Entre los muchos temas que siempre me han fascinado de él, elijo cuatro: Things have changed, una crítica durísima de los falsos valores sobre los que se sustenta nuestra sociedad actual; Hurricane (una denuncia del racismo que no ha perdido un ápice de su vigor); una canción de amor, en directo: One more cup of coffe y el estremecedor Señor (Tales of yankee power) en la antológica versión en vivo de 1978. Para mí, este es el Dylan eterno, el que nunca pasará; el actual me parece un tanto decadente y repetitivo, aunque casi, casi tan ácido como siempre.  Historia viva e inmortal de la música contemporánea. Va por ti, maestro.