BLOGELEUSIS: FILOSOFÍA, y más allá...


Según Walter Burkert, los antiguos misterios "eran rituales de iniciación de carácter voluntario, personal y secreto que aspiraban a un cambio de mentalidad mediante la experiencia de lo sagrado." (Cultos mistéricos antiguos)

Con los decretos imperiales de 391/392, que prohibieron todos los cultos paganos, y con la destrucción de los santuarios por los godos al mando de Alarico en 394, los misterios súbitamente desaparecieron...

¿Desaparecieron? ¿O dejaron de ser algo meramente exterior, para madurar y convertirse en lo que siempre pretendieron ser: una experiencia interior, dirigida a enriquecer al sujeto, y al margen de cualquier formalismo abstracto, vacío?

Este blog -creado precisamente en Madrid, la ciudad situada en el centro, y presidida por la estatua de Cibeles, la Gran Madre- pretende recoger el espíritu de esos misterios, sean los de Eleusis, Dionisos, Méter, Isis o Mitra, y combinarlos con el saber filosófico, para estimular el avance espiritual de aquellos que quieran participar en su creación.

Igual que en las iniciaciones del pasado, habrá en él dos niveles: el preparatorio, en el que se incluirán materiales destinados a los estudiantes de Secundaria y Bachillerato, que acaban de iniciarse en el camino del conocimiento; y el especializado, en el que el autor incluirá temas filosóficos de nivel superior, o situados en los márgenes del pensamiento filosófico "oficial". También se incluirán referencias a sus publicaciones, a fin de que puedan ser localizadas, comentadas, y desde luego criticadas, por aquellos que se encuentren interesados por los problemas a los que dichas publicaciones se refieren.


En estos tiempos que corren, oscilantes entre el dogmatismo fanático de las religiones oficiales y el más burdo de los materialismos, los defensores del auténtico progreso espiritual no pueden desesperar, ni ceder un ápice de terreno. Hoy, como siempre, este ha de ser nuestro lema:

"Fortes viri adversa fortuna probabuntur"

jueves, 23 de diciembre de 2010

Gustav Meyrink: "Petróleo, petróleo": Predicciones de un vidente


   ¿Quién no experimentó un escalofrío de estremecimiento ante la noticia del derramamiento de petróleo que tuvo lugar en el verano de 2010 en el Golfo de México, que amenazaba extenderse sin control por las costas americanas, y quizás, llevado por las corrientes, alcanzar hasta la misma Europa?
   Lo curioso es que esta catástrofe ya había sido "predicha" por Gustav Meyrink, el visionario escritor austríaco, famoso por su novela El Golem.
   En el relato "Petróleo, petróleo", cuya primera traducción al castellano, previamente aparecida en la excelente revista Cuadernos del Matemático, nº 45 (Diciembre, 2010), os ofrezco a continuación, Meyrink anticipa desastres que en su época eran ficticios, y ahora constituyen una sombría realidad.
   ¿Se limitó a sacar las naturales consecuencias de la dependencia creciente de Occidente respecto del oro negro? ¿O, más bien, como experto en el esoterismo y en las ciencias ocultas, poseía una clarividencia especial, que le permítió anticipar el futuro? Sea como fuere, sus novelas y relatos, que hoy vuelven a estar de moda, constituyen una delicia para todos los que nos interesamos por las cuestiones relacionadas con lo que está "más allá de la filosofía oficial".
   En el enlace: http://www.youtube.com/watch?v=MpNu7k_OBZ0&feature=related  tenéis un magnífico video (aunque en alemán, pero con bellísimas y sugerentes imágenes) sobre este estremecedor relato.

PETRÓLEO, PETRÓLEO…


Gustav MEYRINK[1]




A fin de asegurarme la prioridad de esta profecía,
hago constar que el presente relato fue escrito en 1903.


 Era viernes, al mediodía, cuando el Dr. Kunibald Jessegrim vertió lentamente la solución de estricnina en el arroyo. Un pez muerto apareció en la superficie, panza arriba.
   “Así de muerto estarías tú ahora”, se dijo a sí mismo Jessegrim, mientras se estiraba, contento de haber arrojado lejos de sí la idea de suicidarse, junto con el veneno.
   Tres veces se había enfrentado a lo largo de su vida cara a cara con la muerte, y cada vez lo había retenido un oscuro presentimiento de que estaba aún llamado a hacer grandes cosas. El deseo de alcanzar una venganza total, salvaje, le había encadenado siempre de nuevo a la existencia.
   La primera vez que quiso poner fin a su vida fue cuando le robaron su invento; luego, años más tarde, cuando le echaron del trabajo porque no cejaba en su empeño de perseguir y desenmascarar al ladrón que se lo había robado; y ahora, porque… porque…
   Kunibald Jessegrim gimió sordamente, al sentir como se reavivaba un profundo sufrimiento en su interior.
   Todo lo que le era querido y alguna vez había amado, había desaparecido. Y sólo el ciego, mezquino e inmotivado odio de una multitud, enardecida por eslóganes, y alzada contra cualquier cosa que fuese diferente, le había forzado a esto.
   ¡La de cosas que pudo haber hecho, inventado y propuesto! Pero nada más comenzar, tuvo que pararse, viendo cómo se alzaba ante él el “muro chino”, formado por el filantrópico rebaño de los amantes del hombre, y del típico: “Sí, pero…”
   “¡El azote de Dios! ¡Eso es! ¡Oh, Señor todopoderoso! ¡Déjame ser un destructor, un Atila!” - Un acceso de rabia se propagó por el corazón de Jessegrim.
   El líder timur, Gengis Khan, que cayó desde Asia y asoló los campos de Europa con sus hordas mogolas; los jefes vándalos, que sólo encontraron reposo tras arruinar las obras de arte romanas…: Todos ellos eran de su especie: hermanos indomables y fuertes, nacidos en un nido de águilas.
   Un enorme e ilimitado amor hacia estas criaturas del dios Shiva se despertó en su interior. Sintió que los espíritus de estos muertos estarían con él…; y como una exhalación, una forma de ser completamente diferente tomó posesión de su cuerpo.
   Si se hubiese podido ver en ese instante en un espejo, el milagro de la Transfiguración habría dejado de serlo: Así de rápida y profundamente se precipitan los oscuros poderes de la naturaleza en la sangre del hombre.
   El Dr. Jessegrim poseía profundos conocimientos de química, de manera que no le resultó difícil abrirse paso. Un hombre como él se las arregla bien en América; de manera que pronto ganó dinero, haciéndose incluso rico.
   Se había establecido en Tampico, en México, y valiéndose del floreciente comercio con la mescalina, una nueva droga, empleada como narcótico y anestésico, cuya preparación química conocía, ganó millones. Muchas millas cuadradas de plantaciones de los alrededores de Tampico eran suyas, y la enorme riqueza de los pozos petrolíferos prometía aumentar de forma incalculable su fortuna.
   Pero no era esto lo que anhelaba su corazón.
   Llegó Año Nuevo.
   “Mañana será 1 de enero de 1951, y los criollos tendrán una nueva ocasión de emborracharse durante tres días y bailar el fandango.” – pensó el Dr. Jessegrim, mirando desde su balcón al mar sereno.
   “Y en Europa no será mejor. En esta época es cuando aparecen en Austria los diarios, con el doble de páginas y cuatro veces más tontos: El Año Nuevo pintado como un niño; calendarios refrescantes con mujeres de fantasía y cornucopias; maravillas estadísticas, como que el jueves, a las 11 horas, 35 minutos y 16 segundos del mediodía habrían pasado exactamente 9 millones de segundos desde que el descubridor de la contabilidad cerró los ojos para alcanzar un bien merecido descanso eterno, etc., etc.”
   El Dr. Jessegrim permaneció sentado aún un buen rato, con los ojos fijos en el mar inmóvil, que brillaba de un modo singular a la luz de las estrellas.
   Hasta que el reloj dio las doce: ¡Medianoche!
   Sacó su reloj y le dio cuerda, hasta que sus dedos sintieron la resistencia de la corona. Sin embargo, lo presionó despacio, cada vez más fuerte… hasta que un pequeño crujido indicó que el resorte se había roto. El reloj se paró.
   Jessegrim se rió sarcásticamente: “Así, así es como os voy a romper el resorte, queridos…”
   Una terrible explosión sacudió la ciudad. Venía de lejos, del Sur, y los barcos creyeron que el origen del fenómeno se situaba en las cercanías de la gran península, aproximadamente entre Tampico y Veracruz. Nadie había visto el resplandor de la deflagración, ni tampoco los faros dieron señal alguna. ¿Truenos ahora? ¿Y con un cielo completamente despejado? ¡Imposible! Debía haber sido un terremoto.
   Todos se santiguaron; sólo los taberneros maldijeron con rabia, pues todos los clientes salieron corriendo de las tabernas, dirigiéndose a las colinas de la ciudad, donde contaban historias siniestras.
   El Dr. Jessegrim ni se enteró de todo esto; se había retirado a su estudio y canturreaba algo así como: “Adiós Tirol, patria mía…”
   Estaba de un humor excelente; sacó un mapa del cajón, hizo un círculo en él con él compás, y lo comparó con su libreta de notas, alegrándose de que todo estuviese en orden: La zona con petróleo se extendía hasta Omaha, quizás aún más al norte; esto era indudable; y él sabía que los campos petrolíferos debían formar enormes lagos subterráneos, tan grandes como la Bahía de Hudson.
   Lo sabía, había contado con ello… a lo largo de doce años.
   En su opinión, todo México se alzaba sobre enormes cavernas en el interior de la tierra, que en gran parte, al menos en la medida en que se encontraban llenas de petróleo, estaban mutuamente conectadas.
   La tarea de su vida había sido entonces hacer saltar uno tras otro los espacios que las separaban…; y a lo largo de los años -¡a costa de un montón de dinero!- había ocupado en ello a multitud de trabajadores.
   En esto se había gastado muchos de los millones que había ganado comerciando con la mescalina.
   Pues si alguna vez hubiese tenido éxito en encontrar un pozo petrolífero, todo se habría perdido. El gobierno, oponiéndose, como siempre, le habría incautado los explosivos.
   Esta noche debían caer los últimos muros, entre el mar y la península, y más al norte, junto a San Luis de Potosí. La explosión estaría controlada automáticamente.
   El Dr. Kunibald Jessegrim se metió en el bolsillo el par de billetes de mil dólares que aún le quedaban, y se dirigió a la estación del tren. A las cuatro de la mañana salía el rápido hacia Nueva York: ya nada le retenía en México.
   Ciertamente que acababa de aparecer en todos los periódicos un telegrama expedido por todas las ciudades costeras del Golfo de México con las abreviaturas del Código-Cable internacional: “Ephraim Kalbsniere Beerenschleim”; lo que, traducido, quería decir, aproximadamente: “La superficie marina cubierta totalmente de petróleo. Causa desconocida. Todo apesta a lo largo y ancho del mar. El Gobernador del Estado.”
   A los yanquis esto les interesó enormemente, porque sin duda el suceso causaría una poderosa impresión en la Bolsa y en la cotización del petróleo, ¡y la circulación del capital es la mitad de la vida!; los banqueros de Wallstreet, interpelados por el Gobierno, para saber si este acontecimiento produciría una bajada o subida de los precios, se encogieron de hombros y rechazaron pronunciarse, hasta que no se conociesen bien las causas del fenómeno; algo muy sabio, pues si en Bolsa se hace lo contrario de lo que la razón manda, se puede ganar mucho dinero.
   En el ánimo de los europeos la noticia no produjo ningún impacto especial: En primer lugar, estaban protegidos por aduanas; y en segundo lugar, se estaban redactando nuevas leyes, que planificaban introducir la llamada “conscripción de voluntarios por tres años”, medida que unida a la supresión del nombre propio de los varones, debía hacer los ánimos más aptos para el servicio militar, promoviendo el patriotismo.
   Entretanto, el petróleo fluía sin problemas, tal como había calculado el Dr. Jessegrim, desde las cavernas subterráneas de México, derramándose por el mar, y formando una película opalescente, que se extendía más y más, impulsada por la Corriente del Golfo, de manera que aparentemente pronto llegaría a recubrir toda la superficie del océano.
   Las costas quedaron desiertas, y la población se retiró al interior. ¡Una lástima para unas ciudades, antes tan florecientes!
   Además, la visión del mar era estremecedoramente más bella: una superficie sin límites, que centelleaba y rutilaba con todos los colores: rojo, verde y violeta… y luego profunda, profundamente negra, como una fantasía procedente de un fabuloso mundo estelar.
   El líquido aceitoso era más espeso de lo que solía ser el petróleo, y al entrar en contacto con el agua salada del mar, no sufría otro cambio que la pérdida progresiva de su color.
   Los sabios creían que una investigación precisa de las causas de este fenómeno sería de gran valor científico; y puesto que la fama del Dr. Jessegrim –al menos como práctico y conocedor de los pozos de petróleo mexicanos- estaba extendida por el país, no dudaron en pedirle también su opinión. Y esta fue breve y concluyente, aun cuando no abordaba el tema en el sentido que se esperaba: “Según mis cálculos, si el petróleo sigue fluyendo al ritmo actual, todos los océanos estarán cubiertos por él en unas 27 o 29 semanas, de manera que ya no lloverá nunca más, puesto que el agua no podrá evaporarse; y, en el mejor de los casos, lloverá solamente petróleo.”
    Esta frívola profecía generó una tormenta de desaprobaciones; pero fue ganando verosimilitud día a día, y como el flujo invisible no se agotaba, sino que, al contrario, parecían aumentar extraordinariamente, un estremecimiento de pánico recorrió toda la Humanidad.
    Periódicamente podían leerse nuevos informes de los observatorios astronómicos de América y Europa -incluidos los observatorios de Praga-, que hasta entonces  siempre habían fotografiado la luna, haciéndose eco de los nuevos y maravillosos fenómenos.
   En el Viejo Continente ya nadie habló de los nuevos proyectos militares, y el padre del proyecto de ley, ocupado en una disputa por el poder, el Mayor Dressel Ritter von Glubinger ab Zinski auf Trottelgrün, cayó completamente en el olvido.
   Como siempre sucede en tiempos de confusión, cuando las señales del desastre aparecieron en el cielo, surgieron las voces de esos espíritus agitadores, nunca contentos con lo que hay, que se atrevieron a tocar instituciones antiguas y honorables: “¡Acabemos con el ejército, que se come todo nuestro dinero, hasta el último céntimo! Es mejor que construyáis máquinas, que inventéis medios eficaces para salvar del petróleo a la Humanidad desesperada.” “Pero no podemos hacer eso, advirtieron otros prudentemente: ¡No se puede privar de su medio de vida a tantos millones de hombres!”
    “¿Cómo que dejarlos sin medio de vida? Sólo se necesita licenciar a las tropas; cada uno de ellos ha aprendido algo, aunque sea el trabajo más fácil.” – fue la respuesta.
   “Bueno, las tropas, ¡vale!... ¿Pero que hacemos con los oficiales?”
   La verdad es que era un argumento de peso.
   Durante mucho tiempo, las opiniones fluctuaron de un lado a otro, y ningún partido alcanzó la victoria, hasta que llegó un mensaje en cable codificado de Nueva York: “Stachenschwein pfundwise Bauchfellentzündung Amerika”, que traducido quería decir: “La marea negra sube y sube. Situación extremadamente peligrosa. Telegrafiadnos inmediatamente si el hedor es tan insoportable ahí como entre nosotros. Un cordial saludo. América.”
   ¡Fue la gota que colmó el vaso!
   Un agitador popular y fascinante, un salvaje fanático, se alzó, poderoso como un acantilado ante la marea, y aguijoneó al pueblo con la fuerza de su oratoria a cometer los actos más impensables.
   “Dejaos de niñerías y licenciad a los soldados; haced que los oficiales sirvan por una vez para algo; démosles nuevos uniformes, si eso les hace felices –si es por mí, de color vede rana con manchas rojas-; pero mandadles a la orilla del mar a recoger el petróleo con papel secante, para meterlo en bidones, mientras la Humanidad piensa cómo controlar esta terrible desgracia.
   La multitud asintió con júbilo.
   La idea de que estas medidas no podrían tener ningún efecto y que sería mejor luchar contra la marea negra con medios químicos, no encontraron eco alguno.
   “Ya lo sabemos… Todo eso lo sabemos.” –dijeron-. Pero entonces, ¿qué hacemos con los oficiales que sobran, eh?

Traducción y notas: Manuel Pérez Cornejo

[1] Gustav Meyer nació en Viena el 19 de enero de 1868. Hijo natural de Marie Meyer, actriz de la corte del teatro de Munich, y de Carl Freiherr von Varnbühler, ministro de Estado, estudió en la Academia Comercial de Praga, ciudad que lo marcaría para siempre. A los veinte años ingresó como empleado en el Banco Morgenstern, pero una acusación de fraude arruinó su carrera financiera, al tiempo que lo libraba de una profesión que consideraba detestable. Se dedicó entonces a la literatura, primero como traductor -sobre todo de Dickens-, y luego como escritor de relatos fantásticos y satíricos, entre los que cabe destacar El soldado ardiente (1903), Orquídeas (1904) y El museo de cera (1908).
   A los 24 años intentó suicidarse, pero abandonó la idea cuando vio que alguien desconocido introducía por debajo de su puerta un folleto titulado La vida postrera. Asombrado por esta coincidencia, Meyer se interesó por el esoterismo, que siempre juega un papel importante en sus obras, entre las que destaca El Golem (1915), ambientada en el ghetto judío de Praga, ciudad en la que frecuentó la logia teosófica “La estrella azul”.
   Gracias al éxito de esta novela, Meyer pudo adquirir una pequeña propiedad cercana al lago de Starnberg, en Baviera, donde se dedicó con intensidad al estudio del ocultismo y la parapsicología. Explorando los archivos de su familia, descubre que desciende en línea directa de un oficial bávaro de nombre MEYRINK, cuyo nombre adopta de inmediato, pasando a ser desde 1917 su apellido legal, por decreto del rey de Baviera.
   A partir de 1916 y hasta 1932, año de su muerte, no cesa de publicar: El rostro verde (1916), La noche de Walpurgis (1917), El dominico blanco (1921), La muerte violeta (1922), En el umbral del más allá (1923) y Cuentos de un alquimista (1925), obras todas en las que se combinan elementos folklóricos, la alquimia, la cábala, las religiones orientales y la masonería, envueltos en un ambiente onírico, en el que se confunden fantasía y realidad.
   Para Meyrink –quien inducido por su amigo Alfred Kubin, autor del clásico La otra parte (1909), abandonó el protestantismo para abrazar el budismo mahayana-, el estado normal de existencia del hombre no iniciado es el sueño, mientras que el iniciado es alguien que ha conectado con la fuente última del ser, y, por tanto, está despierto. Este despertar, propiciado por el Dios que habita en nuestro interior, es lo que Meyrink llama “el segundo nacimiento”, para el cual es imprescindible superar las polaridades y escisiones de la realidad (expresadas a través de la pareja de opuestos “masculino” – “femenino”), y así acceder a la trascendencia.
   En El cuerno mágico del burgués alemán, recopilación de textos aparecida en 1913, aparece el profético relato Petróleo, petróleo…, cuyo contenido, tan inquietantemente actual, merecía sin duda traducirse al castellano.




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